Mes: febrero 2015

Catarsis etílica de un viajero temporalnoespacial

¿Por qué razón viajarías al pasado? Sólo para intentar cambiarlo… pensalo así: lo único plausible es el viaje temporal, no el espacial, solamente sos capaz de moverte, de navegar, por el mar de tus experiencias vividas. Entonces, ¿qué razón válida tendrías para aventurarte en tal viaje?, ¿la curiosidad? ¿la necesidad imperiosa de revivir algún momento? No, sólo lo harías para intentar corregirlo, arreglarlo. Te subirías a esa ventana temporal a la primera oportunidad, porque de alguna manera algo dentro tuyo siempre maquinó con el “que tal sí”… y querés descifrarlo, querés subirte a aquel tren, a aquella combinación de colectivos que te transportan a la persona que representa tu pasado y lo que fuiste. Pero lo terrible es que es casi imposible adentrarse en el pasado sin vestirse de aquel que fuiste, de aquello que juraste no volver a ser. Y entonces ya de primeras hay un resquemor molesto, de cosas gastadas, que te sube por la garganta cuando intentás permanecer impasible ante las consecuencias que  te provoca aquel viaje en el tiempo. ¿Sos vos realmente? ¿o sos el eco de un recuerdo reprimido? No importa. De veras, en serio, no importa. Porque el pasado no existe más que como evocación, como anhelo reprimido; por eso nadie vive en él. Y sí lo hacés no sos más que un idiota, un tipo que utiliza el silencio como una mortaja para justificar las cosas que no puede manejar, o que ni siquiera se atreve a intentar… es entonces cuándo te das cuenta: esto ya lo viví ¿para qué mierda estoy acá? ¿eh? Estoy acá porque una parte de mí pensó que el pasado es una plastilina maleable que se puede deformar a su antojo. Y los recuerdos son nada; son la voz interna que se suicida ante la sola presencia de unos ojos color madera y una risa estrepitosa. Y me vuelvo idiota; así en un suspiro. Soy pasado, soy alcohol, soy error, soy una sonrisa etílica detenida en el misterio de su voz. Y por eso me voy. Huyo de la conciencia de saberme prisionero del pasado. ¿Existe algo peor? Observo aquel momento repetirse intensamente, internamente, en un loop de movimientos estúpidos y cíclicos que me van comiendo vivo… y me muevo en la noche, en la oscuridad, apretado en cada una de mis decisiones incorrectas o al menos imperfectas; porque de eso estoy seguro, yo me muevo, y vos también, pero el llamado de tu voz es un grito imposible de no escuchar… y me transporta, y me mata, y me desarma, me muere, me sueña, me desangra… me muere, me sueña, me desangra…

Anuncios

Para leer en la oscuridad

Para respirarte

para vivir contigo una vez

y morir cien veces

 

Para adivinarte entre cosquillas,

entre sollozos;

como el ángel gris que se posa en el candil,

cuidarte con mentiras

a media luz

entre sombras.

 

Distraído en la suavidad de tu piel

perderme y encontrarte

leer en tus labios el silencio

y asumir la derrota

consumirme en tu aliento

leerte a oscuras…

despedirme a oscuras….

A quien llegue

Hace unos cuantos años tuve un sueño. Uno de esos que se recuerdan vividamente al despertar, y te dejan con cierta tristeza, casi añoranza diría, de lo que acabás de dejar; un segundo onírico que se queda con vos para siempre y se vuelve inevitable de terminar evocando de tiempo en tiempo. Curiosamente, creo que nunca le conté a nadie sobre él.

En el sueño yo buscaba a alguien, a alguien que en la vida real llevaba muchos años sin ver, pero que en su momento había sido muy importante en mi vida. Caminaba sin sentido por calles que me eran familiares, sin saber del todo bien para donde ir. Al llegar a una esquina cualquiera me encuentro con un conocido de ambos, alguien que hoy día ni siquiera recuerdo su nombre, pero que me invita a pasar a su casa, a tomar algo, a una reunión de gente o algo así, no importa. La compulsión que sentía ante la posibilidad de verla me hizo seguirlo sin cuestionármelo.

Una vez adentro todo cambió, como cambian generalmente las cosas en los sueños: se entra a una habitación y las personas que entran ya no son las mismas, o cambian de apariencia, o simplemente nos volvemos otros y nos miramos con los ojos alucinados de un tercero a la distancia. En este caso fue la apariencia de quien me invitaba la que varió; su vestimenta se había vuelto un pastiche de colores furiosos que huían inmediatamente de mi vista para perderse en la multitud. Me di cuenta que no conocía a nadie allí y que si quería encontrarla debía de moverme, recorrer la casa. Estaba lleno de personas, mirara hacia donde mirara veía grupos de hombres y mujeres bailando, moviéndose, hablando, siendo felices y divertidos. Pero algo andaba mal con ellos, y por alguna razón no me di cuenta de eso hasta que estuve completamente rodeado en medio de la habitación. Sus rostros estaban marcados, lacerados. La piel que se dejaba ver a través de las camisas, los vestidos y las remeras estaba en carne viva; aunque no completamente, sino en ciertos lugares, como el hombro, el pecho, los antebrazos; pero lucían heridas abiertas y profundas. Y sin embargo ninguno parecía notarlo. Todos seguían actuando de la misma manera, sin prestarme atención y ensimismados en sus conversaciones o en las cadencias de la música que se oía de fondo. No parecían estar sufriendo. Al contrario, sonreían y sonreían mientras yo los observaba al pasar. Entonces fue cuando lo supe, o algo en mí decidió que debía saberlo: aquello que yo veía eran las marcas de algún dolor profundo que cada uno de ellos arrastraba, las heridas de amor, las inseguridades, las almas gastadas. Todo viéndose a trasluz en sus cuerpos.

La certeza de darme cuenta de lo que veía me hizo tener miedo. Un miedo terrible, profundo e irracional que me urgía a salir de allí corriendo, a huir. Pero no de ellos, sino de mí. De mi posible reflejo.

Me sabía incapaz de enfrentarme a la imagen desnuda de mi alma. A eso que me acechaba desde cualquier posible espejo en la habitación. Así que corrí, prácticamente con los ojos cerrados, chocando a cualquiera que se interpusiera en mi camino a escapar de mi mismo. Cuando llegué al patio me apoyé en una mesa y esperé. No sé qué, pero esperé.

Como arrojado del vientre de un mar invisible, salió una mujer de la fiesta. La vi de espaldas, cuando ya había pasado junto a mí. Vestía como ella solía vestir, con el cabello largo cayéndole sobre los hombros, despeinado y grácil. Pensé que era ella, de veras estaba convencido de que al fin la había encontrado, así que salté de la mesa y la alcancé. Pero cuando giró no era ella. No era nadie. Su rostro temblaba y se deformaba sin terminar de definirse, sacudiéndose suavemente en un compás etéreo de iluminación exagerada.

Esperé, sin dejarla ir, hasta que las facciones de su rostro se transformaron en un rostro cualquiera. Luego me fui.

Esa mañana me desperté llorando.

Cuando al fin junté fuerzas para levantarme, lo primero que hice fue escribir su nombre en la palma de mi mano izquierda.

Pasé ese día trabajando, o estudiando, o lo que sea que estuviera haciendo en esa época, mirando cada tanto el dibujo de las letras que a lo largo del día iban desapareciendo más y más.

Para cuando regresé a mi casa, su nombre había desaparecido del todo. Pero algo de mí se negaba a dejarlo ir, así que para no olvidar me obligué a escribir sobre ello. Habían pasado años desde la última vez que lo había intentado, y había un miedo absurdo casi hasta de intentarlo de nuevo. Pero no podía perder su nombre. No cuando ya prácticamente había perdido su rostro.

Desde ese día volví a escribir.

Para mí, para ella, para vos.

En un descubrirme cada día, un exorcizar de palabras que me atraviesa y me desarma y me vuelve a armar. Creo que ahora no podría dejar de hacerlo incluso aunque quisiera.

Así que acá estoy, este soy yo, intentando mirarme al espejo sin bajar la vista.

Bienvenido seas.