A quien llegue

Hace unos cuantos años tuve un sueño. Uno de esos que se recuerdan vividamente al despertar, y te dejan con cierta tristeza, casi añoranza diría, de lo que acabás de dejar; un segundo onírico que se queda con vos para siempre y se vuelve inevitable de terminar evocando de tiempo en tiempo. Curiosamente, creo que nunca le conté a nadie sobre él.

En el sueño yo buscaba a alguien, a alguien que en la vida real llevaba muchos años sin ver, pero que en su momento había sido muy importante en mi vida. Caminaba sin sentido por calles que me eran familiares, sin saber del todo bien para donde ir. Al llegar a una esquina cualquiera me encuentro con un conocido de ambos, alguien que hoy día ni siquiera recuerdo su nombre, pero que me invita a pasar a su casa, a tomar algo, a una reunión de gente o algo así, no importa. La compulsión que sentía ante la posibilidad de verla me hizo seguirlo sin cuestionármelo.

Una vez adentro todo cambió, como cambian generalmente las cosas en los sueños: se entra a una habitación y las personas que entran ya no son las mismas, o cambian de apariencia, o simplemente nos volvemos otros y nos miramos con los ojos alucinados de un tercero a la distancia. En este caso fue la apariencia de quien me invitaba la que varió; su vestimenta se había vuelto un pastiche de colores furiosos que huían inmediatamente de mi vista para perderse en la multitud. Me di cuenta que no conocía a nadie allí y que si quería encontrarla debía de moverme, recorrer la casa. Estaba lleno de personas, mirara hacia donde mirara veía grupos de hombres y mujeres bailando, moviéndose, hablando, siendo felices y divertidos. Pero algo andaba mal con ellos, y por alguna razón no me di cuenta de eso hasta que estuve completamente rodeado en medio de la habitación. Sus rostros estaban marcados, lacerados. La piel que se dejaba ver a través de las camisas, los vestidos y las remeras estaba en carne viva; aunque no completamente, sino en ciertos lugares, como el hombro, el pecho, los antebrazos; pero lucían heridas abiertas y profundas. Y sin embargo ninguno parecía notarlo. Todos seguían actuando de la misma manera, sin prestarme atención y ensimismados en sus conversaciones o en las cadencias de la música que se oía de fondo. No parecían estar sufriendo. Al contrario, sonreían y sonreían mientras yo los observaba al pasar. Entonces fue cuando lo supe, o algo en mí decidió que debía saberlo: aquello que yo veía eran las marcas de algún dolor profundo que cada uno de ellos arrastraba, las heridas de amor, las inseguridades, las almas gastadas. Todo viéndose a trasluz en sus cuerpos.

La certeza de darme cuenta de lo que veía me hizo tener miedo. Un miedo terrible, profundo e irracional que me urgía a salir de allí corriendo, a huir. Pero no de ellos, sino de mí. De mi posible reflejo.

Me sabía incapaz de enfrentarme a la imagen desnuda de mi alma. A eso que me acechaba desde cualquier posible espejo en la habitación. Así que corrí, prácticamente con los ojos cerrados, chocando a cualquiera que se interpusiera en mi camino a escapar de mi mismo. Cuando llegué al patio me apoyé en una mesa y esperé. No sé qué, pero esperé.

Como arrojado del vientre de un mar invisible, salió una mujer de la fiesta. La vi de espaldas, cuando ya había pasado junto a mí. Vestía como ella solía vestir, con el cabello largo cayéndole sobre los hombros, despeinado y grácil. Pensé que era ella, de veras estaba convencido de que al fin la había encontrado, así que salté de la mesa y la alcancé. Pero cuando giró no era ella. No era nadie. Su rostro temblaba y se deformaba sin terminar de definirse, sacudiéndose suavemente en un compás etéreo de iluminación exagerada.

Esperé, sin dejarla ir, hasta que las facciones de su rostro se transformaron en un rostro cualquiera. Luego me fui.

Esa mañana me desperté llorando.

Cuando al fin junté fuerzas para levantarme, lo primero que hice fue escribir su nombre en la palma de mi mano izquierda.

Pasé ese día trabajando, o estudiando, o lo que sea que estuviera haciendo en esa época, mirando cada tanto el dibujo de las letras que a lo largo del día iban desapareciendo más y más.

Para cuando regresé a mi casa, su nombre había desaparecido del todo. Pero algo de mí se negaba a dejarlo ir, así que para no olvidar me obligué a escribir sobre ello. Habían pasado años desde la última vez que lo había intentado, y había un miedo absurdo casi hasta de intentarlo de nuevo. Pero no podía perder su nombre. No cuando ya prácticamente había perdido su rostro.

Desde ese día volví a escribir.

Para mí, para ella, para vos.

En un descubrirme cada día, un exorcizar de palabras que me atraviesa y me desarma y me vuelve a armar. Creo que ahora no podría dejar de hacerlo incluso aunque quisiera.

Así que acá estoy, este soy yo, intentando mirarme al espejo sin bajar la vista.

Bienvenido seas.

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