Mes: marzo 2015

Yo Viernes; yo gris

Le hice el amor como si fuera un perro que agarra al primer cuadrúpedo de la misma especie que encuentra para satisfacerse. Como si diera lo mismo masturbarme sobre ella y arrojarla sobre un rincón para olvidarla mil veces hasta la próxima vida o el próximo viernes. Quería hacerle daño sólo porque sí. Para que viera que el mundo es una porquería. Para despertar a alguien de aquel sueño estúpido en el que viven todos. Despertarla y zamarrearla como un perro viejo o una pendeja malparida. Hacerle entender que no la amo y que nunca podría amarla, que la veo como un despojo idiota que alguien olvidó en la estación y yo levanté sólo por calentura y vil curiosidad. Que sus ojos no son dos charcos de estrellas, ni luceros negros donde perderme; son el espejo patético de una imagen y de un mundo que me asquea y me repugna.

Estoy viviendo un período oscuro y ella fue la que se subió arriba mío y arriba de él. Me siento gris. Gris  y sucio por todas partes. Ya ni me importa nada; ni ella, ni la de ayer, ni la de mañana, ni el mundo, ni sus oscilantes personitas que deambulan insomnes sobre él. La cuadra se parece afuera a un hormiguero de rimbombantes cadáveres que caminan sólo porque pueden, porque saben y porque nacen y porque esperan morir. Yo los miro desde mi incómoda silla y trato de escupirlos. Pero no soy mejor que ellos. Lo sé. Y eso es lo que más me revienta de mi mismo y me hace atropellar las paredes y las noches con mis ideas y con mi cabeza y la bilis que me sale de los labios y me chorrea en forma de palabras.

Ella no es nada. Y si pudiera la golpearía ahora mismo mientras la penetro con mi carne y con mi bronca, y si supiera que serviría de algo le escupiría en el rostro y la arrojaría en la calle como una bolsa de basura. Porque acabar no es empezar ni olvidar. Es despojarme un poco de esa capa ácida y ensuciarla a ella. Menospreciarla y hacerla tragar mi orgullo y mi bilis caliente.

Y todavía sonríe como si esperara un abrazo. Podrá esperar el mundo pero yo no voy a volver a tocarla esta noche. La voy a empujar con todo el silencio que quepa en la habitación, hasta que las ventanas y el tragaluz se hinchen de la calma mortal que precede al acto de haberme muerto una vez más y el foco de la lámpara, en toda su inconsciente y fugaz distancia, la separen de esta dimensión y de esta nube en la que sólo hay lugar para mí. Que la alcance la puerta y la escalera y que la sigan hasta la vereda y se cierren ruidosas e inexorables sobre su espalda y su pasado. Y tal vez mañana cuando llore o se sienta sucia de mí y de mi grisácea soledad que todo lo toca y lo mancha y lo pudre, entenderá que yo no soy una buena persona, que todo lo que quizá esperó de mí y del mundo no importa realmente. Y si su dios la quiere podrá al fin odiarme y olvidarme.

Será otro testigo deplorable de mi historia. Uno más de esos que se desvían del camino y se adentran en las profundidades del bosque de mi ser sólo para llegar a tener algo de lo que arrepentirse. La guardaré en las páginas manchadas de mis cuadernos y la mantendré ahí hasta que me alcance el veneno de nuevo y tenga ganas de matar, y ganas de que me odien.

Todos necesitan alguien para odiar. Yo seré el mártir incomprendido de la causa y de las ganas que tienen todos de mirar al costado, de mirar con el refilón sangrando del ojo sucio hacia la basura que se amontona y que siempre es buena tener para acumular y para saber que siempre hay un lugar donde poner la mierda. Yo contendré todo y me atragantaré con sus miradas y sus puteadas y sus buenos días y sus monedas arrojadas sobre el montón de ropa sucia y el niño apedreado durmiendo sobre ella. Para que se sientan mejor mientras yo los miro y les sonrío con mis encías manchadas de malas palabras.

Y si no me mato es sólo para no hacerle un bien al mundo. Para poder fantasear hipócritamente como un adolescente con mi muerte. Dejarla crecer como una idea que me ahoga y que me gusta ver crecer y atragantarme. Para hacerme daño simplemente porque no sé lidiar conmigo de otra forma. Soy oscuro y gris porque los demás colores me ciegan al verlos. Todo me parece estúpido. Y si sufro la soledad acurrucado en este pedazo de existencia en forma de colchón, también la sufro acompañado y rodeado de los planetas alineados, la luna, la puerta y la calle, y de la que se fue y más aún de la que nunca va a venir. Y ella es la peor de todas. No la veo y no la extraño. No la siento posible en un mundo así, en un lugar así. ¿Quién rodearía esta montaña de ideas? ¿quién se aventuraría a mirar el rostro de los vencidos? Sé que yo no. No sé si soportaría el espejo de alguien mirándome. Mirándome de verdad. Prefiero odiar y ser odiado.

Y ahora, mañana, anteayer y en mi próxima vida; cuando resucite parco y defenestrado por la incógnita resuelta de haber sobrevivido otra noche y otro viernes, voy a salir a la calle y me voy a inundar con ella, a dejar que me abofetee con su viento y con su vasta lejanía de barrio abandonado. Voy a buscar el siguiente mundo y el siguiente colectivo que me dejen lo más lejos posible de esta nube y esta lluvia; más cerca de la pobre idea que tengo de que en algún lugar voy a cambiar o que voy a dejar que me cambien. Poder acercarme a otro ser vivo indolente y menos vacío que yo, alguien que todavía no me aborrezca y no despierte en mí las ganas incontrolables de ahorcarla con mi violento y triste modo de ver la vida. Alguien que provoque que las manos dejen de temblar, o que tiemblen de alguna forma y en algún sentido sincronizado con el alma que me tocó de castigo por alguna vida pasada o por esta vida presente.

Pero cuando vuelva y la tenga encerrada en mis ojos sé que no voy a poder dejar de odiarme a mí mismo. Sé que mi perfil atiborrado de cabellos y de sonrisas falsas nunca me va a permitir mirarla de frente, con mi miedo constante y mi insolente conformidad. Voy a optar por dejarla ir y hacerme odiar.

Pero de todas formas quizá nunca salga de este cuarto ni de mi mente. Quizá ella y la de ayer y la que nunca va a venir nunca existieron. Quizá me las inventé borracho o mareado de sueños. Fueron el alargado y patético intento de prolongar mi vida y de observarme desde algún lado, y dejarme odiar e imaginar que alguien fue capaz de seguirme hasta acá. ¿Pero quien vendría hasta acá? Si acá no hay nada, acá no hay nadie. Solo una neblina de ideas, de temores, de fobias, y de canciones olvidadas que rodean a un hombre y una silueta y un corazón.

Y si alguien toca el timbre esta noche yo no voy a levantarme. Le gritaría desde acá, desde mi rincón del universo. Le gritaría afónico a los pasillos y a las veredas que no lo intenten. A la sombra que bambolea del otro lado que se aleje y se proteja. Que yo no estoy para nadie, que les puedo hacer daño y que tal vez hasta disfrute haciéndolo. Aunque sea mentira. Aunque me muera por vivir un poco. Hoy no estoy para nadie. Hoy estoy solo. Hoy muero solo. Es viernes y mi pecho y mi mente ya están acostumbrados a sangrar para adentro. Dejémoslo así…

Comportamiento del Pelotudo en época de apareamiento (o sea, un día cualquiera…)

Conversación entre hombre y mujer.

Escenarios posibles: fiesta tranqui en casa de un amigo en común – pizzería rastrera a las 11 de la noche un día cualquiera de la semana – final de un recital pedorro en algún sucucho del microcentro.

Ella, mujer bella, de labia seductora y labios tentadores.

Él, hombre promedio, caucásico y con cervezas y ratones de más en la cabeza.

 

Escuchamos una conversación ya empezada. Los personajes parecen conocerse previamente, de ahí el grado familiar de la conversación. Ella ha bebido tanto o más  que Él, lo que provoca que entorne su mirada y desate en su interlocutor comentarios filosos dispuestos a tantear el terreno.

—¿Estás bien? —dice Ella al verlo trastabillar en pleno discurso verbal.

—Sí… mejor que nunca —contesta Él, y mientras lo hace trata de hacerse sonar lo más sensual posible; intentando evocar a algún actor de alguna película de esos que se tocan el pelo a cada rato.

—Decime entonces… —arremete Ella, retomando un tema invisible, cerrando y abriendo los ojitos en forma imperceptible, como alitas de colibrí— vos, ¿cómo sos en la cama?

Esta pregunta, y sobre todo el modo y la situación en que la misma fue realizada, termina por encender en la mente de Él una serie de mecanismos imperceptibles para el ojo humano. Mecanismos que disparan en cuestión de escasos segundos una cadena de pensamientos y sentencias que se concatenan y se amontonan a modo de hormiguitas en la punta de sus labios, pensamientos que van a alimentar la imaginación hasta grados impensables minutos atrás y mucho menos horas atrás. Algunos básicos y primitivos, ligados estos mismos a la necesidad primaria del hombre desde tiempos ancestrales; el deseo inconsciente de perpetuar la especie se hace presente en su pequeña mente.

“Ya está, hoy la pongo”, piensa entonces Él, en su más rudimentario pero entendible lenguaje.

Pero ella no espera una respuesta, sino que contesta la propia como si la hubiera hecho para sí misma desde un principio. Él cierra la boca entreabierta y escucha:

—A mi me gusta tener el control. Me encanta dominar… —Y sonríe como si tuviera algo dulce entre los dientes. Él, se acomoda mejor en el asiento y busca desesperadamente en su cabeza algún tipo de contestación que lo habilite a terminar la noche como desea. Pero ella aún continúa hablando—, por ejemplo —dice, y se acerca aún más, como quien confía un secreto—, cuando estoy en mi casa con (y aquí debe insertarse algún nombre propio, sencillo como el de un perro; y pelotudo y antagónico al protagonista) me gusta…

En ese momento Él no termina de escuchar lo que Ella está diciendo. Se pierde en divagaciones, lamentos y puteadas metáforicas o literales que lo empujan a lugares oscuros de la mente, y que le desvanecen, al menos, el efecto de un par de cervezas ingeridas.

“¿Por qué carajo me habla del novio?”, piensa Él entre otras cosas, mientras desea ver a su vaso mucho más lleno del líquido espumoso.

Logra guardar las inseguridades que lo invaden, y decide retrucar el dialogo llevándolo hacia donde a Él más le conviene. Pensando en salvar todavía la noche.

—Bueno… a mi me gusta causar placer. Disfruto todavía más cuando logro que mi pareja goce tanto o más que yo.

El tono de ésta réplica es casi perfecto. Las pausas, modulaciones y merismas que Él aplica a su voz logran causar el efecto esperado. Ella no se esperaba tal declaración. Se nota en el delicioso silencio que hacen ambas partes para volver a empinar el vaso y el alcohol. La situación ha logrado equilibrarse en cierta forma.

No dura mucho. Inevitablemente y muy a pesar del esfuerzo de nuestro protagonista, la charla va derivando en lugares comunes, en situaciones controladas sobre todo por ella.

Se estira así la noche por un largo rato, hasta que ella introduce nuevamente en la conversación el leit motiv de las preguntas personales e introspectivas.

—¿Vos como me ves a mí? —dice Ella mientras agacha la mirada, como inspeccionándose con un último vistazo.

Él hace uso de toda frase melosa que se le cruza por la cabeza para describirla. Le añade sonrisas y finales de frase filosos y comprometedores a todo el discurso que le sale por la boca. No sólo a lo corporal sino también a lo espiritual y a todo lo que Ella representa para Él en ese momento.

Pero en suma tampoco tiene demasiada idea de lo que está hablando. Es como un cazador perdido en el medio del bosque: con una mochila llena de balas, pero también con un par de anteojos rotos que no le permiten ver hacia donde está apuntando.

Finalmente al ver que lo que dice no está logrando el efecto deseado, decide jugar su última carta: invierte la pregunta y espera dócil la respuesta.

—¿Cómo te veo? —repite Ella, evadiendo la pregunta por valiosos segundos antes de responder—, te veo confiable. Sos una persona confiable.

El recibe el balazo verbal como mejor puede. Toma un trago largo y profundo y piensa en los crueles sinónimos que esa palabra y adjetivo implican para Él y para esa noche: asexuado, eunuco, amigo, etc, etc… básicamente alguien que al parecer no está habilitado para hacerlo con Ella.

Ya da por pérdida la noche cuando Ella se dispone a tomar la mochila (o bolso, o paquete. . .) y se dirige hacia la puerta.

—¿Me acompañas a la parada? —pide Ella, haciendo uso de sus crueles encantos.

“¿Y para qué carajo voy a acompañarte a la parada?”, piensa Él firmemente, pero al final de cuentas termina por levantarse y decide también irse a la mierda del lugar en el que está.

En la parada la batalla de voluntades sigue repitiéndose pero en una menor escala a la vista anteriormente. Él se encuentra mentalmente agotado y entrevé en la borrachera que la cosa no va a funcionar. A todo esto sumémosle su particular cistitis crónica y la cantidad de alcohol diurético ingerido en lo que va de la noche; nuestro hombre se está meando.

Ella insiste un poco con su jueguito. Pero Él francamente ya está podrido y resuelve irse a su casa. Sin embargo ante la persuasiva insistencia de Ella, decide, para ver que pasa, entregarle una última pregunta:

—… entonces, ¿me llevás con vos? Puedo acompañarte hasta dentro de tu casa si querés.

Ella lo mira desconcertada, pero así y todo decide hacer caso omiso a la prerrogativa impuesta.

Él la saluda cordialmente. Putea por lo bajo al alcanzar la prudente distancia y cuando dobla en la esquina se apoya en un arbolito, hecha una meada, y parte rumbo a la parada de su colectivo sintiéndose un reverendo pelotudo, pero al menos ligeramente satisfecho por haber vaciado su pequeña vejiga sin salpicarse ni un poquito el pantalón, dada la situación y la escasa verticalidad.

Dialogo entre Girasontes antes del amanecer

—¡Dale vení! Usá tus extensiones para no caerte; cuidado con las rocas.

—Pero esperame, Sumi. ¡Siempre hacés lo mismo!

—Bueno, está bien, te espero. Pero si llegamos tarde, Lómina va a prohibirnos la salida. Y no querés pasar otra temporada bajo tierra, ¿no?

—¡No!… ya me pican los petálos; no me aguanto. Y sería el único de Raíz sin ver el sol otro año.

—Entonces tratá de no apegarte tanto al suelo, Lumi. Ramificate. Usá tu efencia, como te enseñó Madre.

—Uff… estoy tratando.

—Vas a notar de veras la diferencia cuando estés afuera… Todo es más fácil después de eso.

—… ¿y cómo es?

—¿Cómo es qué?

—Dale, Sumi, sabés qué… el sol. Alimentarse sin necesidad de arraigarse. Sólo vi dibujos, y la verdad que la gente de Raíz no dibuja muy bien que digamos.

—Jaja… no, supongo que no lo hacen.

—¿Entonces?… ¿me contás?

—A ver… ésta es tu tercer temporada, Lumi. Cómo sabés, los Girasontes tenemos prohibido ver el sol hasta alcanzar esa edad.

—Sí, ya sé. “Porque nos herrumbraríamos en la inconciencia de la raigambre”.

—Sí, lo tenés memorizado. Perfecto. Pero recién vas a entenderlo del todo cuando salgamos. Decime, Lumi, ¿qué sentiste la primera vez que te ramificaste? Aquella vez que te viste obligado a usar tu efencia para moverte.

—Sentí que me moría… y después tenía miedo de volver a hacerlo.

—Porque te sentías a salvo, a gusto. Pero al salir el sol, todo eso se potencia infinitamente… ahí es cuando somos plenos, cuando somos Girasontes. Por eso los mayores nos permiten recién salir cuando nuestra conciencia mental es mayor que la natural. Y ya de por sí es difícil entonces desprendernos y volver bajo tierra.

—… ¿y no duele?

—jaja… no, Lumi. Quizás un poco al comienzo, pero es un dolor bueno. Es abrir los ojos por primera vez.

—¿Y por qué sólo puedo salir al comienzo de la temporada?

—Por que es el único momento en que el sol pestañea. El sol está siempre. Pero una vez al año, se apaga por un momento, para amanecer, y para permitirle a los más jóvenes florecer. Sino se quemarían en su abrazo dorado. Deben nutrirse gradualmente, hasta ser capaces de recibirlo plenamente… Así que dale, ya sabés, no hay excusas. Si llegamos tarde corrés el peligro de marchitarte, y Madre me mataría. Sin contar lo que me haría Lómina…

—Bueno… me apuro… ¿Sumi?

—¿Qué?

—¿Te quedás junto a mí cuando amanezca?

—Sí, Lumi… sabés que sí.