Dialogo entre Girasontes antes del amanecer

—¡Dale vení! Usá tus extensiones para no caerte; cuidado con las rocas.

—Pero esperame, Sumi. ¡Siempre hacés lo mismo!

—Bueno, está bien, te espero. Pero si llegamos tarde, Lómina va a prohibirnos la salida. Y no querés pasar otra temporada bajo tierra, ¿no?

—¡No!… ya me pican los petálos; no me aguanto. Y sería el único de Raíz sin ver el sol otro año.

—Entonces tratá de no apegarte tanto al suelo, Lumi. Ramificate. Usá tu efencia, como te enseñó Madre.

—Uff… estoy tratando.

—Vas a notar de veras la diferencia cuando estés afuera… Todo es más fácil después de eso.

—… ¿y cómo es?

—¿Cómo es qué?

—Dale, Sumi, sabés qué… el sol. Alimentarse sin necesidad de arraigarse. Sólo vi dibujos, y la verdad que la gente de Raíz no dibuja muy bien que digamos.

—Jaja… no, supongo que no lo hacen.

—¿Entonces?… ¿me contás?

—A ver… ésta es tu tercer temporada, Lumi. Cómo sabés, los Girasontes tenemos prohibido ver el sol hasta alcanzar esa edad.

—Sí, ya sé. “Porque nos herrumbraríamos en la inconciencia de la raigambre”.

—Sí, lo tenés memorizado. Perfecto. Pero recién vas a entenderlo del todo cuando salgamos. Decime, Lumi, ¿qué sentiste la primera vez que te ramificaste? Aquella vez que te viste obligado a usar tu efencia para moverte.

—Sentí que me moría… y después tenía miedo de volver a hacerlo.

—Porque te sentías a salvo, a gusto. Pero al salir el sol, todo eso se potencia infinitamente… ahí es cuando somos plenos, cuando somos Girasontes. Por eso los mayores nos permiten recién salir cuando nuestra conciencia mental es mayor que la natural. Y ya de por sí es difícil entonces desprendernos y volver bajo tierra.

—… ¿y no duele?

—jaja… no, Lumi. Quizás un poco al comienzo, pero es un dolor bueno. Es abrir los ojos por primera vez.

—¿Y por qué sólo puedo salir al comienzo de la temporada?

—Por que es el único momento en que el sol pestañea. El sol está siempre. Pero una vez al año, se apaga por un momento, para amanecer, y para permitirle a los más jóvenes florecer. Sino se quemarían en su abrazo dorado. Deben nutrirse gradualmente, hasta ser capaces de recibirlo plenamente… Así que dale, ya sabés, no hay excusas. Si llegamos tarde corrés el peligro de marchitarte, y Madre me mataría. Sin contar lo que me haría Lómina…

—Bueno… me apuro… ¿Sumi?

—¿Qué?

—¿Te quedás junto a mí cuando amanezca?

—Sí, Lumi… sabés que sí.

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