Comportamiento del Pelotudo en época de apareamiento (o sea, un día cualquiera…)

Conversación entre hombre y mujer.

Escenarios posibles: fiesta tranqui en casa de un amigo en común – pizzería rastrera a las 11 de la noche un día cualquiera de la semana – final de un recital pedorro en algún sucucho del microcentro.

Ella, mujer bella, de labia seductora y labios tentadores.

Él, hombre promedio, caucásico y con cervezas y ratones de más en la cabeza.

 

Escuchamos una conversación ya empezada. Los personajes parecen conocerse previamente, de ahí el grado familiar de la conversación. Ella ha bebido tanto o más  que Él, lo que provoca que entorne su mirada y desate en su interlocutor comentarios filosos dispuestos a tantear el terreno.

—¿Estás bien? —dice Ella al verlo trastabillar en pleno discurso verbal.

—Sí… mejor que nunca —contesta Él, y mientras lo hace trata de hacerse sonar lo más sensual posible; intentando evocar a algún actor de alguna película de esos que se tocan el pelo a cada rato.

—Decime entonces… —arremete Ella, retomando un tema invisible, cerrando y abriendo los ojitos en forma imperceptible, como alitas de colibrí— vos, ¿cómo sos en la cama?

Esta pregunta, y sobre todo el modo y la situación en que la misma fue realizada, termina por encender en la mente de Él una serie de mecanismos imperceptibles para el ojo humano. Mecanismos que disparan en cuestión de escasos segundos una cadena de pensamientos y sentencias que se concatenan y se amontonan a modo de hormiguitas en la punta de sus labios, pensamientos que van a alimentar la imaginación hasta grados impensables minutos atrás y mucho menos horas atrás. Algunos básicos y primitivos, ligados estos mismos a la necesidad primaria del hombre desde tiempos ancestrales; el deseo inconsciente de perpetuar la especie se hace presente en su pequeña mente.

“Ya está, hoy la pongo”, piensa entonces Él, en su más rudimentario pero entendible lenguaje.

Pero ella no espera una respuesta, sino que contesta la propia como si la hubiera hecho para sí misma desde un principio. Él cierra la boca entreabierta y escucha:

—A mi me gusta tener el control. Me encanta dominar… —Y sonríe como si tuviera algo dulce entre los dientes. Él, se acomoda mejor en el asiento y busca desesperadamente en su cabeza algún tipo de contestación que lo habilite a terminar la noche como desea. Pero ella aún continúa hablando—, por ejemplo —dice, y se acerca aún más, como quien confía un secreto—, cuando estoy en mi casa con (y aquí debe insertarse algún nombre propio, sencillo como el de un perro; y pelotudo y antagónico al protagonista) me gusta…

En ese momento Él no termina de escuchar lo que Ella está diciendo. Se pierde en divagaciones, lamentos y puteadas metáforicas o literales que lo empujan a lugares oscuros de la mente, y que le desvanecen, al menos, el efecto de un par de cervezas ingeridas.

“¿Por qué carajo me habla del novio?”, piensa Él entre otras cosas, mientras desea ver a su vaso mucho más lleno del líquido espumoso.

Logra guardar las inseguridades que lo invaden, y decide retrucar el dialogo llevándolo hacia donde a Él más le conviene. Pensando en salvar todavía la noche.

—Bueno… a mi me gusta causar placer. Disfruto todavía más cuando logro que mi pareja goce tanto o más que yo.

El tono de ésta réplica es casi perfecto. Las pausas, modulaciones y merismas que Él aplica a su voz logran causar el efecto esperado. Ella no se esperaba tal declaración. Se nota en el delicioso silencio que hacen ambas partes para volver a empinar el vaso y el alcohol. La situación ha logrado equilibrarse en cierta forma.

No dura mucho. Inevitablemente y muy a pesar del esfuerzo de nuestro protagonista, la charla va derivando en lugares comunes, en situaciones controladas sobre todo por ella.

Se estira así la noche por un largo rato, hasta que ella introduce nuevamente en la conversación el leit motiv de las preguntas personales e introspectivas.

—¿Vos como me ves a mí? —dice Ella mientras agacha la mirada, como inspeccionándose con un último vistazo.

Él hace uso de toda frase melosa que se le cruza por la cabeza para describirla. Le añade sonrisas y finales de frase filosos y comprometedores a todo el discurso que le sale por la boca. No sólo a lo corporal sino también a lo espiritual y a todo lo que Ella representa para Él en ese momento.

Pero en suma tampoco tiene demasiada idea de lo que está hablando. Es como un cazador perdido en el medio del bosque: con una mochila llena de balas, pero también con un par de anteojos rotos que no le permiten ver hacia donde está apuntando.

Finalmente al ver que lo que dice no está logrando el efecto deseado, decide jugar su última carta: invierte la pregunta y espera dócil la respuesta.

—¿Cómo te veo? —repite Ella, evadiendo la pregunta por valiosos segundos antes de responder—, te veo confiable. Sos una persona confiable.

El recibe el balazo verbal como mejor puede. Toma un trago largo y profundo y piensa en los crueles sinónimos que esa palabra y adjetivo implican para Él y para esa noche: asexuado, eunuco, amigo, etc, etc… básicamente alguien que al parecer no está habilitado para hacerlo con Ella.

Ya da por pérdida la noche cuando Ella se dispone a tomar la mochila (o bolso, o paquete. . .) y se dirige hacia la puerta.

—¿Me acompañas a la parada? —pide Ella, haciendo uso de sus crueles encantos.

“¿Y para qué carajo voy a acompañarte a la parada?”, piensa Él firmemente, pero al final de cuentas termina por levantarse y decide también irse a la mierda del lugar en el que está.

En la parada la batalla de voluntades sigue repitiéndose pero en una menor escala a la vista anteriormente. Él se encuentra mentalmente agotado y entrevé en la borrachera que la cosa no va a funcionar. A todo esto sumémosle su particular cistitis crónica y la cantidad de alcohol diurético ingerido en lo que va de la noche; nuestro hombre se está meando.

Ella insiste un poco con su jueguito. Pero Él francamente ya está podrido y resuelve irse a su casa. Sin embargo ante la persuasiva insistencia de Ella, decide, para ver que pasa, entregarle una última pregunta:

—… entonces, ¿me llevás con vos? Puedo acompañarte hasta dentro de tu casa si querés.

Ella lo mira desconcertada, pero así y todo decide hacer caso omiso a la prerrogativa impuesta.

Él la saluda cordialmente. Putea por lo bajo al alcanzar la prudente distancia y cuando dobla en la esquina se apoya en un arbolito, hecha una meada, y parte rumbo a la parada de su colectivo sintiéndose un reverendo pelotudo, pero al menos ligeramente satisfecho por haber vaciado su pequeña vejiga sin salpicarse ni un poquito el pantalón, dada la situación y la escasa verticalidad.

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