Yo Viernes; yo gris

Le hice el amor como si fuera un perro que agarra al primer cuadrúpedo de la misma especie que encuentra para satisfacerse. Como si diera lo mismo masturbarme sobre ella y arrojarla sobre un rincón para olvidarla mil veces hasta la próxima vida o el próximo viernes. Quería hacerle daño sólo porque sí. Para que viera que el mundo es una porquería. Para despertar a alguien de aquel sueño estúpido en el que viven todos. Despertarla y zamarrearla como un perro viejo o una pendeja malparida. Hacerle entender que no la amo y que nunca podría amarla, que la veo como un despojo idiota que alguien olvidó en la estación y yo levanté sólo por calentura y vil curiosidad. Que sus ojos no son dos charcos de estrellas, ni luceros negros donde perderme; son el espejo patético de una imagen y de un mundo que me asquea y me repugna.

Estoy viviendo un período oscuro y ella fue la que se subió arriba mío y arriba de él. Me siento gris. Gris  y sucio por todas partes. Ya ni me importa nada; ni ella, ni la de ayer, ni la de mañana, ni el mundo, ni sus oscilantes personitas que deambulan insomnes sobre él. La cuadra se parece afuera a un hormiguero de rimbombantes cadáveres que caminan sólo porque pueden, porque saben y porque nacen y porque esperan morir. Yo los miro desde mi incómoda silla y trato de escupirlos. Pero no soy mejor que ellos. Lo sé. Y eso es lo que más me revienta de mi mismo y me hace atropellar las paredes y las noches con mis ideas y con mi cabeza y la bilis que me sale de los labios y me chorrea en forma de palabras.

Ella no es nada. Y si pudiera la golpearía ahora mismo mientras la penetro con mi carne y con mi bronca, y si supiera que serviría de algo le escupiría en el rostro y la arrojaría en la calle como una bolsa de basura. Porque acabar no es empezar ni olvidar. Es despojarme un poco de esa capa ácida y ensuciarla a ella. Menospreciarla y hacerla tragar mi orgullo y mi bilis caliente.

Y todavía sonríe como si esperara un abrazo. Podrá esperar el mundo pero yo no voy a volver a tocarla esta noche. La voy a empujar con todo el silencio que quepa en la habitación, hasta que las ventanas y el tragaluz se hinchen de la calma mortal que precede al acto de haberme muerto una vez más y el foco de la lámpara, en toda su inconsciente y fugaz distancia, la separen de esta dimensión y de esta nube en la que sólo hay lugar para mí. Que la alcance la puerta y la escalera y que la sigan hasta la vereda y se cierren ruidosas e inexorables sobre su espalda y su pasado. Y tal vez mañana cuando llore o se sienta sucia de mí y de mi grisácea soledad que todo lo toca y lo mancha y lo pudre, entenderá que yo no soy una buena persona, que todo lo que quizá esperó de mí y del mundo no importa realmente. Y si su dios la quiere podrá al fin odiarme y olvidarme.

Será otro testigo deplorable de mi historia. Uno más de esos que se desvían del camino y se adentran en las profundidades del bosque de mi ser sólo para llegar a tener algo de lo que arrepentirse. La guardaré en las páginas manchadas de mis cuadernos y la mantendré ahí hasta que me alcance el veneno de nuevo y tenga ganas de matar, y ganas de que me odien.

Todos necesitan alguien para odiar. Yo seré el mártir incomprendido de la causa y de las ganas que tienen todos de mirar al costado, de mirar con el refilón sangrando del ojo sucio hacia la basura que se amontona y que siempre es buena tener para acumular y para saber que siempre hay un lugar donde poner la mierda. Yo contendré todo y me atragantaré con sus miradas y sus puteadas y sus buenos días y sus monedas arrojadas sobre el montón de ropa sucia y el niño apedreado durmiendo sobre ella. Para que se sientan mejor mientras yo los miro y les sonrío con mis encías manchadas de malas palabras.

Y si no me mato es sólo para no hacerle un bien al mundo. Para poder fantasear hipócritamente como un adolescente con mi muerte. Dejarla crecer como una idea que me ahoga y que me gusta ver crecer y atragantarme. Para hacerme daño simplemente porque no sé lidiar conmigo de otra forma. Soy oscuro y gris porque los demás colores me ciegan al verlos. Todo me parece estúpido. Y si sufro la soledad acurrucado en este pedazo de existencia en forma de colchón, también la sufro acompañado y rodeado de los planetas alineados, la luna, la puerta y la calle, y de la que se fue y más aún de la que nunca va a venir. Y ella es la peor de todas. No la veo y no la extraño. No la siento posible en un mundo así, en un lugar así. ¿Quién rodearía esta montaña de ideas? ¿quién se aventuraría a mirar el rostro de los vencidos? Sé que yo no. No sé si soportaría el espejo de alguien mirándome. Mirándome de verdad. Prefiero odiar y ser odiado.

Y ahora, mañana, anteayer y en mi próxima vida; cuando resucite parco y defenestrado por la incógnita resuelta de haber sobrevivido otra noche y otro viernes, voy a salir a la calle y me voy a inundar con ella, a dejar que me abofetee con su viento y con su vasta lejanía de barrio abandonado. Voy a buscar el siguiente mundo y el siguiente colectivo que me dejen lo más lejos posible de esta nube y esta lluvia; más cerca de la pobre idea que tengo de que en algún lugar voy a cambiar o que voy a dejar que me cambien. Poder acercarme a otro ser vivo indolente y menos vacío que yo, alguien que todavía no me aborrezca y no despierte en mí las ganas incontrolables de ahorcarla con mi violento y triste modo de ver la vida. Alguien que provoque que las manos dejen de temblar, o que tiemblen de alguna forma y en algún sentido sincronizado con el alma que me tocó de castigo por alguna vida pasada o por esta vida presente.

Pero cuando vuelva y la tenga encerrada en mis ojos sé que no voy a poder dejar de odiarme a mí mismo. Sé que mi perfil atiborrado de cabellos y de sonrisas falsas nunca me va a permitir mirarla de frente, con mi miedo constante y mi insolente conformidad. Voy a optar por dejarla ir y hacerme odiar.

Pero de todas formas quizá nunca salga de este cuarto ni de mi mente. Quizá ella y la de ayer y la que nunca va a venir nunca existieron. Quizá me las inventé borracho o mareado de sueños. Fueron el alargado y patético intento de prolongar mi vida y de observarme desde algún lado, y dejarme odiar e imaginar que alguien fue capaz de seguirme hasta acá. ¿Pero quien vendría hasta acá? Si acá no hay nada, acá no hay nadie. Solo una neblina de ideas, de temores, de fobias, y de canciones olvidadas que rodean a un hombre y una silueta y un corazón.

Y si alguien toca el timbre esta noche yo no voy a levantarme. Le gritaría desde acá, desde mi rincón del universo. Le gritaría afónico a los pasillos y a las veredas que no lo intenten. A la sombra que bambolea del otro lado que se aleje y se proteja. Que yo no estoy para nadie, que les puedo hacer daño y que tal vez hasta disfrute haciéndolo. Aunque sea mentira. Aunque me muera por vivir un poco. Hoy no estoy para nadie. Hoy estoy solo. Hoy muero solo. Es viernes y mi pecho y mi mente ya están acostumbrados a sangrar para adentro. Dejémoslo así…

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2 comments

  1. Muy bueno, Facu! Muy intempestivo! E interesante para ver esa delgada línea entre odiar al mundo y odiarse a sí mismo, que terminan siendo la misma cosa al final.

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