Mes: mayo 2015

Julián

La recepcionista tenía las tetas asimétricas. La izquierda, la teta corazón, era notablemente más grande que la de la derecha. Julián ni siquiera podía intentar simular que no estaba viéndola, era casi hipnótico.

Pero hay que entenderlo a Julián; en realidad él es un tipo sencillo, bastante predecible si se quiere. Y las cosas como ésta casi que lo descolocan. Es que él es de los que le gusta preparar la ropa para el trabajo la noche anterior, perfectamente doblada, el que esquiva meticulosamente las baldosas flojas de la vereda, de esos que se levantan temprano el día que tienen franco sólo para ir a comprar el diario. Julián programa hasta el día de la semana en que va a masturbarse. Él es así, que se yo. Entonces cuando se le aparece una variable de éstas, de esas que te muestran lo hermoso que puede llegar a ser el azar, representado así, todo turgente, Julián no puede más que quedarse estupefacto y congelado, mirando como un boludo.

Además, hay que decirlo, a Julián la mina lo calienta por sobremanera. Aunque no, claro, él no lo va a razonar así. Él va decirse a sí mismo que se siente extrañamente atraído por la recepcionista del natatorio (ni siquiera pileta va a decir, natatorio le va a mandar). Porque así es como funciona Julián. Y tampoco va a admitir, jamás en la vida, ni a sí mismo ni a nadie, que la razón por la que le gusta la mina es por esto de las tetas asimétricas.

Y es que debe haber algo ahí, eh. Una cosa así, profunda de su pasado, como que nunca le dieron la teta de chiquito, ponele. O que siempre, en los cumpleaños de otros nenes, le daban la porción de torta más desproporcionada, no sé. Lo único seguro es que Julián se quedó mirándole los pechos a la recepcionista por minuto, minuto y medio más o menos. Lo cual es una barbaridad; porque calculá, uno cuando va a al gimnasio o a natación o lo que sea, ¿cuánto tiempo interactuás con el otro, si no hay buena onda? Nada, apenas unos segundos, le dejás la tarjeta y te vas a cambiar, o a lo sumo saludás, o hablas del clima y enseguida te las tomás. Pero Julián había estado como media hora ahí congelado frente al mostrador relojeándole las gomas a la mina.

Está bien, media hora no, pero calculale cinco minutos por lo menos, dos y medio para cada teta. ¿Cómo esperás que reaccione la mina después de eso? Porque la mina está ahí laburando, no está para que vos le mires las tetas. Menos por cinco minutos.

Pero Julián zafó, ¿podés creerlo? A lo sumo, le habrá puesto cara de orto, algo así, básico, apenas una reprimenda facial. La mina se la dejó pasar. Cualquier otra lo hubiera mandado bien a la mierda, o le hubiera dicho la clásica “si querés sacale una foto también”. Pero no, Julián zafó. Aunque claro, bastó esto apenas para que Julián despertara de su estado semiinconsciente para huir hacia el vestuario todo hecho un manojo de culpas y de vergüenza aburguesadas. Porque sí, él no era capaz de algo así, ni mucho menos. Él era de los que daban siempre el asiento en el colectivo, de los que dicen perdón y gracias en todo momento, incluso cuando a nadie le importa. Julián nunca le hizo un piropo a su madre, ni a su hermana, ni a la vecina que lo ayudaba con la tarea de pendejo; todo con tal de mantener el decoro y la virtud. O por falta de imaginación nomás, andá a saber.

La cosa es que Julián estuvo dele que dele maquinarse toda la hora, mientras nadaba, de como carajo iba hacer para disculparse, o para hacerse el boludo, o al menos para irse lo más rápido sin que lo vieran. Calculó que en la tarjeta del natatorio le quedaban dos o tres clases todavía, porque el mes recién si empezaba apenas. Pero llegó a la conclusión que eso era lo de menos. Porque prefería evitar a toda costa el enfrentamiento, o la discusión, o cualquier tipo de situación en la que la gente lo observara y lo criticara de cualquier manera posible.

Así que Julián se cambió a las apuradas. Ni siquiera se bañó. Se calzó la mochila y esperó tras el muro que había junto al vestuario. Esperó cerca de diez minutos hasta escuchar que la recepcionista se alejara. Y después se las tomó corriendo.

Demás está decir que fue la huida menos digna que se haya presenciado en la puerta de aquel y de cualquier natatorio. Julián había estado haciendo natación, y las piernas no le daban para correr mucho que digamos, así que antes de llegar a la vereda trastabilló como dos veces.

Cuando escuchó, o creyó escuchar, que lo llamaban corrió más rápido. Ni siquiera miró para atrás. Cualquiera que lo hubiera visto, pensaría que lo perseguía un fantasma o algo.

Julián no volvió más al natatorio. Ni tampoco a cualquier lugar ubicado en la cercanía del mismo, en un radio de más o menos quince cuadras. Había marcado un mapa que se consiguió de la zona y todo, para asegurarse.

Ahora corre en la plaza del barrio todas las mañanas antes de ir a trabajar. Y en invierno se caga de frío.

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