Mes: junio 2015

Un niño para armar

–Este es un texto del 2012, y fue utilizado a modo de prólogo paródico para un “Manual del Docente” (un trabajo práctico con posibles actividades para la clase de música), en mi época del profesorado– 

un niño para armar

Un niño para armar

Si tuviéramos que definir a la educación con un título práctico y entendible, que a la vez funcione de analogía y recordatorio, sin duda este sería el título correcto. Tenemos en nuestro poder las partes de un todo que todavía no está logrado, las piezas de un futuro engranaje que debemos procurar funcione a la par de las demás, que forman a la vez, una pequeña parte de esta sociedad. Si llamáramos “A” a la parte de la enseñanza y conjunción de datos que debemos impartir o introducir y “B” al recipiente vacío o niño (digámosle Pepito) que debe recibirlo, todo se reduciría simplemente a una sencilla cuestión de maña, fuerza de voluntad y dedicación mesurada y premeditada. Tenemos ante nosotros un rompecabezas armado a medias al cual debemos ayudar a terminar, sin saber siquiera como terminará al final. Solo nos toca ayudar a formar la imagen lo mayor posible y luego pasarlo al siguiente nivel. Es obvio que ante una tarea así pueda darse la posibilidad de que alguna de las piezas cueste ubicarlas más que a otras (Que la parte“A” sea incompatible con la parte “B”), pero a no temer, si continuáramos con la analogía y la lleváramos a algunos extremos, incluso hasta podríamos decir que ciertas piezas solo vienen “mal de fábrica”. Ni soñar con cambiarla claro, pero se puede al menos limar ciertas partes de lo que no funciona y permitirse bajar algunos niveles de información que de otra forma sería imposible introducir en la mayoría de estos casos que hoy día se multiplican en las aulas. Algo similar a envolver un tornillo con un pedazo de papel, para que no quede flojo en un tarugo que de primeras parece incompatible.

Siempre es primordial pensar en el bien mayor. En el futuro este niño (Pepito o “B”) puede que quede o no relegado en varios aspectos culturales y sociales de la vida, pero nadie podrá negar que en su tiempo tuvo iguales oportunidades que los demás. No estamos aquí para cambiar el mundo sino para permitir que el mismo siga funcionando, de una forma u otra.

Dr. Augusto Marchitado, Licenciado en Niñología;

 graduado de la Universidad por correo de Pelotillehue.

Autor del libro “La carpintería y la educación un solo corazón. Construyendo el futuro”

la guía para la enseñanza en Nivel Inicial “La cara de un niño lo dice todo, sobre todo la parte de la boca”

Y del libro de poemas “Palabras narcotizadas de un corazón capitalista”

un niño para armar2

Anuncios

Antitrinchante

La primera acción del Hegemón fue prohibir por decreto el uso de tenedores.

A partir de ese día en adelante cualquier utilización pública de aquel cubierto falaz estaría penado con la muerte.

Fue una decisión en apariencia azarosa, basada en las recomendaciones de su corte de consejeros: “Su primera acción debe ser prohibir algo”, le habían dicho “No importa qué. Pero debe demostrar que tiene el poder”.

Aquella decisión, en un principio tomada a la ligera por la población toda, terminó por dividir el mundo en dos.

Los primeros en mostrar abiertamente su apoyo fueron los pueblos orientales, que para ese entonces formaban las tres octavas partes de la población mundial. Sentían en su fuero interno, apasionadamente, que esta primera decisión del Hegemón era una declaración de sus principios que los representaba y exaltaba como comunidad y como filosofía de vida. “Palitos chinos o muerte” rezaban las pancartas y graffitis que comenzaron a inundar las calles y las plazas en toda congregación política.

El resto del mundo ni siquiera le prestó atención a tal cosa. Después de todo era, objetivamente hablando, una ley sin peso en el devenir de la vida y del día a día, imposible de aplicar. Así que siguieron su vida como si nada. Comían fideos con tuco como siempre, enrollando el espagueti, y cuidando de no mancharse los pantalones o la camisa con el último tirón de absorción, pero nada más. Para el resto no tenían más que cerrar la puerta y todo quedaba entre familia.

Pero luego comenzaron los rumores. Al hijo de los González, al más chico, lo agarraron en la plaza y se lo llevaron; estaba comiendo la vianda de puré con milanesa que le había preparado la madre para comer en la pausa de almuerzo de la fábrica. Y no estaba solo, ese día se llevaron a otras quince personas del mismo lugar. Los cargaban en una camioneta color índigo, sin inscripciones, ni matricula, y jamás se los volvió a ver. “La antitrinchante” le decían a esta fuerza parapolicial surgida del seno de una prohibición ridícula.

Así que todos comenzaron a cuidarse más a la hora de sus comidas. E incluso de la mirada ajena, pues se sabía de los famosos acusadores del trincheo.

Se trataba de cocinar generalmente sopas o picadas; todo con tal de evitar caer en la tentación. Los hábitos se modificaron sustancialmente a raíz de esto, con un nivel de aceptación masivo a nivel mundial tal, que en los primeros tiempos hubiera parecido imposible. Forzada por la coerción social y militar, toda persona, fue acostumbrándose a lo largo de los años a dejar de lado el uso del tenedor.

La siguiente generación de hijos creció marcada por la valoración de este hecho social: usar aquel artilugio para la ingesta de comida era un acto estigmatizado que merecía y debía ser castigado por todos, sin miramientos, ni piedad. “Si no tocás lo que comes”, planteaban efusivamente a los detractores, que disminuían hasta lo invisible, “¿cómo sabés lo que comes?… ¿cómo sabés lo que sos?”.

La primera y más importante de las organizaciones revolucionarias que surgió para oponerse a esto fue la llamada Cofradía de las cuatro puntas, un grupo de estudiantes de gastronomía que se conformó en el tercer decenio del mandato del Hegemón. Al comienzo sólo aparecían como una contracultura sutil que se simulaba en el ámbito artístico de la música under, y en algún que otro concurso de comidas olvidadas o dejadas de lado. Pero de a poco fueron mostrándose como la alternativa a la política dominante. Algo importante si se tiene en cuenta que la aceptación del Hegemón había sido incuestionable desde hacía tiempo. Pero lamentablemente no supieron como avanzar a partir de allí. De ellos sólo terminó quedando el recuerdo de su acto más contestatario y arriesgado, que había sido el de tirar tenedores tallados en madera desde los edificios más importantes del mundo, en el aniversario de la ley antitenedor. Fue este el primero de muchos errores que les valdrían el desprecio de las pocas personas que los apoyaban.

Cuarenta y tres años después de aquel decreto que supo modelar a nueva toda una población mundial, el Hegemón fue encontrado muerto en su habitación. Los pulmones le habían fallado en pleno sueño. Los datos de la autopsia y los comentarios suministrados por su esposa de toda la vida, ayudaron a determinar la causa de esta fatalidad inesperada. “Vivió a sorbete la mitad de su vida adulta”, aseguraba la mujer, orgullosa. “En el último tiempo ya apenas si podía chupar más que agua licuada con pollo y calabaza. Pero así y todo siempre se negó de corazón a usar tenedor o algún elemento análogo. Se negaba a quebrar la ley por él mismo impuesta, incluso en detrimento de su propia salud. Por esto y tal vez también por la tendinitis aguda que lo aquejaba en ambas manos desde pequeño. Pero al evocar su memoria, nadie podrá negar jamás, que era un hombre consecuente con su pensamiento y decisiones”.

Canción sin música

Dibujaste una sonrisa en un cartón

y la arrojaste al río

porque así es como te enseñaron a no olvidar

 

Inventaste un recuerdo vejado

una imagen podrida

y la noche se apagó cuando te decidiste a saltar

 

Duerme sirena

que el silencio te inventó para soñar

 

Duerme

siempre fue más fácil despertar que olvidar

Sorcha

Estuvo mirando la palma de su mano izquierda por largo rato. La abría, la cerraba; el puño era un corazón que se distendía y contraía al ritmo de sus recuerdos.

El último eslabón en la cadena de su memoria le hizo fruncir el entrecejo; cerró la mano con fuerza, y al abrirla, una punta de hielo comenzó a crecer desde el centro. Cuando terminó de crecer, delgada y afilada por ambos lados, la tomó con la otra mano y la arrojó hacia uno de los árboles que rodeaban el descanso del bosque donde se encontraba.

La pequeña estalactita de hielo asestó en el tronco de un almendro alto, de hojas blancas y rosadas.

Repitió exactamente lo mismo cuatro veces más. Ajustando el tiempo entre cada repetición a una proporción equivalente y azarosa al ritmo de sus latidos.

Al último golpe el árbol se partió al medio, desgañitándose hacia atrás como un miembro desgarrado. Algunas de los pétalos de la flor del almendro flotaron hacia donde estaba la maga de hielo, posándose en la cercanía de sus pies. Blancas, rosadas, grisáceas… como los ojos del mago.

Se levantó violentamente de la roca donde estaba sentada y comenzó a caminar decidida hacia ningún lado. Se adentró más y más en el bosque, avanzado a trancos por entre la arboleda y algunos arbustos secos. Al toque de su mano, todo lo que se interponía en su camino se inundaba de escarcha; una luna blanca que crecía y proliferaba desde el centro donde se posaban sus dedos y se expandía concéntricamente, como las ondas del agua que se producen al arrojar una roca.

Se detuvo al llegar a un claro. Giró nerviosa sobre sí misma, sin saber adonde ir, ni como actuar, ni que pensar. Era un animal enjaulado bajo la luz de la luna.

Se apretó los hombros en un abrazo de frustración y luego gritó a los cielos.

Cuando volvió a abrir los ojos, todo a su alrededor estaba completamente cubierto de una fina capa de hielo y escarcha.

No haber podido matar al mago la estaba afectando.

Había dudado. Y ella jamás dudaba.

El mundo parecía haberse detenido en aquella acción inconclusa tan sólo para recordarle la imposiblidad, la inseguridad y la sensación de debilidad en un loop de imágenes repetidas.

Y ella no era débil. No. Había crecido entre el dolor y mamado de su savia putrefacta para mantenerse con vida. Y ella no era débil; jamás podría permitírselo. Su fuerza y convicción eran la expresión última del dolor hecho carne y sangre, adherido a las capas de su piel como un escudo marchito de venganzas acumuladas.

Ella no era débil.

 

El ruido de hojas secas a sus espaldas la arrancó del ensimismamiento.

Se dio vuelta velozmente, con las manos alzadas, dispuestas al uso de la magia.

—Perdón —dijo la voz de una niña desgarbada, abrigada apenas con una camisola de hilo, y con un mechón de sus pelos alborotados y despeinados cayéndole sobre el rostro.

Sorcha no bajó los brazos. Miró detrás de la niña y a los alrededores. Aguzó el oído, tratando de captar algún otro sonido fuera de lo normal.

Cuando estuvo segura de que estaban solas, se acercó a la niña y la tomó del cuello.

—¿Quién eres? —le dijo aplicando la suficiente fuerza para que supiera que hablaba en serio, pero la necesaria para que aún así pudiera hablar.

—Soy Chani… vivo por aquí cerca, con mis padres…

—¿Y qué haces por acá sola, a estas horas?

Sorcha decidió soltarle el cuello, cuando vio que la niña estaba a punto de llorar. No por piedad, sino tan sólo por evitar la visión de tal cosa.

Le repugnaba la debilidad.

—Es por mi padre… Está borracho. Siempre que llega a casa así vengo a pasar la noche en el bosque, o al menos hasta estar segura de que la bebida lo ha dormido.

La maga de hielo observó a la niña de arriba a abajo. Parecía mal alimentada, enflaquecida hasta los huesos, y con los ojos tristes y cansados de quien no duerme en mucho tiempo. Pero a pesar de eso notó que al mirarla directamente la niña no bajaba la vista. Estaba atenta a cualquiera de sus siguientes movimientos. Quizás lo que creyó ver  en un principio no fuera debilidad, sino frustración por la propia existencia de ésta.

Sorcha volvió al centro del claro y se sentó.

—Deberías irte. Aquí afuera hay gente más peligrosa que tu padre —dijo seca.

—Tú… eres maga, ¿verdad? Vi lo que hiciste con los árboles del sendero, y los de aquí… No estaba espiando ni nada, pero te escuché gritar, y por eso me acerqué.

—Mira niña, de veras no sé que esperas que te diga.

—… quizás tú puedas ayudarme.

Ya fuera por el frío o por los nervios, la niña se abrazaba a sí misma, sin moverse del lugar; nuevamente observándola sin desviar la mirada.

Esperó unos segundos, como vio que la maga no le contestaba volvió a insistir.

—Tú puedes matarlo por mí.

Sorcha no pudo evitar esbozar una sonrisa al escuchar aquello.

La niña debía de estar desesperada.

—Te pagaré… puedes llevarte el dinero que mi padre guarda en la habitación. No es mucho pero… También puedes tomar el alhajero de mi madre. Ella ya no está, puedes tomarlo si quieres.

La maga de hielo sacó un pedazo de pan viejo que llevaba en el morral y lo partió por la mitad. Mordió una y la otra se la ofreció a la niña, invitándola a acercarse.

—¿Dónde vives exactamente?

Podría hacerlo. Quizás es lo que necesito, pensó.

—¡No es lejos! —contestó la niña apresurada, mientras tomaba el pan que le ofrecían— Son menos de doscientos pasos al noreste.

Necesito probar que no soy débil.

—Camina. Yo te seguiré —dijo, volviendo a ponerse de pie, decidida.

La niña se apresuró en marcar el camino. Adelantándose con seguridad en la oscuridad del bosque. Sorcha la seguía de cerca.

Cuando la niña se detuvo, la maga vislumbró una casa de aspecto derruido unos pasos más allá de donde terminaba el bosque. Parecía estar bastante alejada del poblado y de las otras casas.

Desde afuera, a través de una de las ventanas, podía verse la luz de una vela iluminando el interior del hogar de la niña. Cuando Sorcha se acercó pudo ver en una de las sillas a un hombro muy gordo, recostado con la cabeza hacía atrás.

Me pregunto si aquel cuello grasoso se partirá lentamente como el tronco del almendro, o caerá al instante, al vuelo de una de mis dagas de hielo.

La niña esperaba en la línea de árboles donde empezaba el bosque, mientras la maga se decidía a entrar a la casa.

Justo antes de entrar se percató de que había estado abriendo y cerrando el puño de la mano izquierda una y otra vez.

¿Dudas?, se preguntó. Pero las alejó apretando ambos puños.

 

 

Luego de unos minutos volvió a salir. La niña suspiró aliviada al verla, no había escuchado gritos ni signos de pelea, y temía que de un momento a otro fuera su padre el que saliera caminando y no la maga de cabellos de fuego.

—… ¿ya está? —preguntó ansiosa.

—No.

—¿No?

—No. No lo he hecho.

—Pero… lo prometiste.

—Nunca hice tal cosa.

La niña se abalanzó a los pies de Sorcha y tironeaba de sus ropas, desesperada.

—¡Por favor! ¡Tienes que ayudarme!… yo no puedo volver a allí.

Sorcha la observó displicente mientras la empujaba al suelo con sus piernas.

Estando allí dentro, justo en el momento en que se disponía a matar a aquel hombre que apestaba a alcohol, se dio cuenta de que no podría hacerlo. Pensó que era debilidad, y vaciló largo rato enfrascada en ese pensamiento.

Pero se dio cuenta que la libertad no era algo que se podía regalar. Sino algo que había que ganarse, algo que estaba más allá del dolor mismo, pues había que superarlo para llegar a alcanzarla.

Y con esa idea en la cabeza habló a la niña que ahora la miraba desde el suelo.

—Toma —le dijo, arrojando junto a ella una daga de hielo—. Si quieres que se haga, deberás hacerlo tú misma.

La niña la miraba sin comprender del todo.

—O puedes huir, él no te buscará —agregó—… pero si lo haces, es probable que jamás vuelvas a dormir tranquila. En todo caso será tu elección y tu mano las que decidan y marquen el sendero que seguirá tu vida… no las mías.

—Pero tengo miedo… —dijo la niña en un susurro doliente.

—Lo sé. Yo también. —Se asombró de lo que acababa de decir en voz alta, pero no dejó que la niña lo notara—. Pero tu libertad, aquella que te define, yo no puedo dártela… debes ganarla.

Y sin decir más se alejó de la niña, sin mirar atrás, ni esperar a ver que decidiría.

Yo me ganaré la mía, pensaba, mientras el sendero del bosque parecía engullirla bajo el velo gris de la luna.

 

Disclaimer… El personaje Sorcha pertenece a la Trilogía Lesath (http://www.lesathtrilogy.com/), de la escritora Tiffany Calligaris, al igual que todos los derechos sobre su obra. Este es sólo un FanFic que no tiene necesaria injerencia con la historia por ella creada, y que está hecho y motivado por un cariño particular al personaje. La historia que describí está ambientada e imaginada al final del primer libro de la trilogía.