Antitrinchante

La primera acción del Hegemón fue prohibir por decreto el uso de tenedores.

A partir de ese día en adelante cualquier utilización pública de aquel cubierto falaz estaría penado con la muerte.

Fue una decisión en apariencia azarosa, basada en las recomendaciones de su corte de consejeros: “Su primera acción debe ser prohibir algo”, le habían dicho “No importa qué. Pero debe demostrar que tiene el poder”.

Aquella decisión, en un principio tomada a la ligera por la población toda, terminó por dividir el mundo en dos.

Los primeros en mostrar abiertamente su apoyo fueron los pueblos orientales, que para ese entonces formaban las tres octavas partes de la población mundial. Sentían en su fuero interno, apasionadamente, que esta primera decisión del Hegemón era una declaración de sus principios que los representaba y exaltaba como comunidad y como filosofía de vida. “Palitos chinos o muerte” rezaban las pancartas y graffitis que comenzaron a inundar las calles y las plazas en toda congregación política.

El resto del mundo ni siquiera le prestó atención a tal cosa. Después de todo era, objetivamente hablando, una ley sin peso en el devenir de la vida y del día a día, imposible de aplicar. Así que siguieron su vida como si nada. Comían fideos con tuco como siempre, enrollando el espagueti, y cuidando de no mancharse los pantalones o la camisa con el último tirón de absorción, pero nada más. Para el resto no tenían más que cerrar la puerta y todo quedaba entre familia.

Pero luego comenzaron los rumores. Al hijo de los González, al más chico, lo agarraron en la plaza y se lo llevaron; estaba comiendo la vianda de puré con milanesa que le había preparado la madre para comer en la pausa de almuerzo de la fábrica. Y no estaba solo, ese día se llevaron a otras quince personas del mismo lugar. Los cargaban en una camioneta color índigo, sin inscripciones, ni matricula, y jamás se los volvió a ver. “La antitrinchante” le decían a esta fuerza parapolicial surgida del seno de una prohibición ridícula.

Así que todos comenzaron a cuidarse más a la hora de sus comidas. E incluso de la mirada ajena, pues se sabía de los famosos acusadores del trincheo.

Se trataba de cocinar generalmente sopas o picadas; todo con tal de evitar caer en la tentación. Los hábitos se modificaron sustancialmente a raíz de esto, con un nivel de aceptación masivo a nivel mundial tal, que en los primeros tiempos hubiera parecido imposible. Forzada por la coerción social y militar, toda persona, fue acostumbrándose a lo largo de los años a dejar de lado el uso del tenedor.

La siguiente generación de hijos creció marcada por la valoración de este hecho social: usar aquel artilugio para la ingesta de comida era un acto estigmatizado que merecía y debía ser castigado por todos, sin miramientos, ni piedad. “Si no tocás lo que comes”, planteaban efusivamente a los detractores, que disminuían hasta lo invisible, “¿cómo sabés lo que comes?… ¿cómo sabés lo que sos?”.

La primera y más importante de las organizaciones revolucionarias que surgió para oponerse a esto fue la llamada Cofradía de las cuatro puntas, un grupo de estudiantes de gastronomía que se conformó en el tercer decenio del mandato del Hegemón. Al comienzo sólo aparecían como una contracultura sutil que se simulaba en el ámbito artístico de la música under, y en algún que otro concurso de comidas olvidadas o dejadas de lado. Pero de a poco fueron mostrándose como la alternativa a la política dominante. Algo importante si se tiene en cuenta que la aceptación del Hegemón había sido incuestionable desde hacía tiempo. Pero lamentablemente no supieron como avanzar a partir de allí. De ellos sólo terminó quedando el recuerdo de su acto más contestatario y arriesgado, que había sido el de tirar tenedores tallados en madera desde los edificios más importantes del mundo, en el aniversario de la ley antitenedor. Fue este el primero de muchos errores que les valdrían el desprecio de las pocas personas que los apoyaban.

Cuarenta y tres años después de aquel decreto que supo modelar a nueva toda una población mundial, el Hegemón fue encontrado muerto en su habitación. Los pulmones le habían fallado en pleno sueño. Los datos de la autopsia y los comentarios suministrados por su esposa de toda la vida, ayudaron a determinar la causa de esta fatalidad inesperada. “Vivió a sorbete la mitad de su vida adulta”, aseguraba la mujer, orgullosa. “En el último tiempo ya apenas si podía chupar más que agua licuada con pollo y calabaza. Pero así y todo siempre se negó de corazón a usar tenedor o algún elemento análogo. Se negaba a quebrar la ley por él mismo impuesta, incluso en detrimento de su propia salud. Por esto y tal vez también por la tendinitis aguda que lo aquejaba en ambas manos desde pequeño. Pero al evocar su memoria, nadie podrá negar jamás, que era un hombre consecuente con su pensamiento y decisiones”.

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