Mes: febrero 2016

Donde mueren los cuentos

Me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

Puede que ambas tengan infinitas formas y manifestaciones con cuales relacionarlas, pero en este momento no puedo asociarlas con otra cosa que no sean mis manos. Como si en ellas convivieran el abismo y el vértigo de la palabra.

¿Será por eso de que a veces me gusta escribir? ¿O por aquello de que toco la guitarra?

Tengo la manía de que, en mis cuentos, cuando alguno de los personajes tiene un conflicto se mira las manos, como si no creyera en ellas, como si el hecho de su misma existencia fuera cuestionado o curiosamente admirado. Hace poco comencé a notar que practico el mismo gesto en ocasiones similares: me detengo, miro mis manos vacías, las flexiono, las cierro en puño y las observo. No sé si es algo que de manera inconsciente introduje en los escritos por hacerlo yo de manera continua, o tan sólo algo que imité de mis propios personajes. Suelo hacer eso. Conjuro e invento mis propias manías y miedos.

Una vez, visitando a unos amigos, en medio de una charla me levanté, me metí en su habitación, y cerré las puertas del ropero, que podía ver abiertas desde la cocina en donde estábamos. Cuando volví, sin que nadie me preguntara, me justifiqué diciendo que si las dejaban abiertas las puertas del ropero se comían tus sueños. Lo dije quizás tan sólo por decir algo, sin pensarlo demasiado, pero en el momento en que lo dije en voz alta y que alguien lo escuchó, aquello se hizo carne en mí.

No sé si tiene mucho sentido la verdad, pero asocio inmediatamente a la puerta abierta del ropero con el vacío; una gran boca que de noche y a oscuras fagocita tus sueños y tus silencios. Y no es un monstruo. Sino que es el vacío mismo apropiándose de los espacios que dejás sin habitar y sin llenar de historias.

Allí, en el vacío, que es la fuente de mis miedos, es donde van a morir las cosas que escribo y que nadie va a leer. Las canciones que nadie nunca va a escuchar. La voz que grita, que calla, que otorga, que cede, que se tuerce y se estira hasta descarnarse en un suspiro. No porque desaparezcan, sino porque son negados.

Y no es un lugar al que se va, tan sólo al que se llega.

Allí, apretados entre los intersticios del silencio, es donde van a morir los cuentos, las palabras y los discursos bienintencionados.

¿Por qué escribir esto? ¿Para qué leerlo? ¿Por qué tarareo esa maldita canción en mi cabeza sin parar a las dos de la mañana? ¿Para qué discutir o intentar siquiera refutar cualquiera de las ciento ochenta y tres palabras estúpidas que acaban de salir de tu boca o de la mía?

No es un lugar muy bonito, pero sí muy cómodo.

Y el camino hasta él, que a su vez es caída y olvido, está sedimentado por las dudas que son tan mías como tuyas. Pero más mías ahora porque escribo sobre ellas.

Luego de un tiempo allí ya no hay más preguntas ni cuestionamientos, sólo respuestas y endeble aceptación.

El lugar al que más temo es aquel donde mueren los cuentos.

Quizás por eso a veces escribo, para no ceder al vacío, para no alimentarlo. Y en las pausas, cuando temo y dudo de mi mismo, miro mis manos para confirmar que aún siguen allí, y las observo moverse, las obligo a habitar los silencios e inventar historias.

Porque me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

 

Cadena de pensamientos al azar, con motivo del primer año del blog

Anuncios

Dialogos apócrifos II

—¿De qué hablás, Amaro? ¿Vos te escuchás a vos mismo cuando hablás?…

—María… escuchame. Necesito que por un momento no me interrumpas. Sé que suena extraño, pero necesito que escuches, y sobre todo que intentés comprenderme… creo que encontré la forma de curarte.

—…

—…

—Soltame… no me gusta cuando te ponés así.

—No, María, no entendés. Estoy hablando en serio.

—¿Pero de qué estás hablando, Amaro? Decís cosas sin sentido… una cueva, alguien llamado Supay… ¡Y Josué! ¿Qué tiene que ver Josué con todo esto?

—Algo…

—…

—El Supay es un “algo”, no creo que pueda ser un alguien. Nos necesita para ser un alguien. Nosotros le damos eso que lo hace ser un “alguien”.

—Bueno… ya está. Suficiente. Me voy a dormir, Amaro.

—Dejame explicarte mejor ¿Me dejás explicar? Necesito al menos decirlo en voz alta una vez, porque sino siento que va a desaparecer de mi mente, como el residuo de un sueño. Así que por favor, escuchá… En Sacháyoj, Santiago del Estero, en pleno monte, existe una cueva. Nunca está en el mismo lugar, y es muy raro encontrarla dos veces en la misma vida. Pero existe. En su interior, en el vientre oscuro de la cueva misma, hay un algo, un algo que también puede llegar a ser un alguien, todo va a depender de los ojos de la necesidad con que lo mires, porque el espejo de nuestros ojos siempre refleja nuestros miedos y nuestras peores miserias… a ese ser le llaman Supay.

—Suena como algo que les cuentan a los niños para que no se escapen en la hora de la siesta.

—Es que el miedo y las historias están entrelazados por múltiples combinaciones.

—¿Debería tener miedo de lo que contás, entonces?

—Sólo si motiva tu curiosidad y me permite terminar de enlazar los puntos sueltos de lo que estoy contando… El Supay es casi una fuerza de la naturaleza, es parte del Sacháyoj, de el Señor del bosque, como también lo son el río y las plantas. Pero no existen muchos que lo busquen, ni que reconozcan haberlo encontrado.

—Y vos conoces a alguien casualmente, imagino.

—Sí… a Josué.

—Josué… ¿Tu Josué? ¿nuestro Josué se encontró con este Supay?

—No de casualidad. Lo buscó por años. La historia de la cueva de la salamanca es contada en muchas partes, con diferentes variantes, sobre todo en Santiago. Pero él sabía que iba a poder verla, sólo necesitaba dar con la zona, el pueblo correcto dónde la historia tuvo su germen.

—¿Y por qué estaba tan seguro de que iba a ser capaz de verla?

—Por el peso de su miseria.

—Te das cuenta que estás hablando de nuestro amigo, ¿no?… Yo lo conozco a Josué, Amaro. ¿De que clase de miseria me hablás? ¿No tendríamos que haberla notado acaso?

—No necesariamente. Aquello de lo que estoy hablando no es algo que uno pueda exhibir orgulloso ante la mirada de los otros… Es diferente para vos. Y puede que no lo entiendas del todo porque tu manera de ver y afrontar el mundo dista de la del común en general.

—Claro, porque yo cargo mis miserias a la vista de todo el mundo, en una cómoda silla de ruedas, para que sea más fácil transportarla y todo, ¿eso querés decir?

—No, María. Sabés que eso no es lo que quiero decir… incluso ahora, cuando intentás ponerte en el lugar de víctima (que por lo cierto, no te calza), lo hacés para marcar errores en mi discurso, fallas en cualquier tipo de justificación que pueda planear para convencerte o simplemente discutirte una opinión a la par tuya. Cuando hacés esto siempre lo hacés desde la sinceridad, desde la honestidad pura… y esto en última instancia es lo que quizás te salvaguarda y a la vez te ciega ante la miseria.

—¿Y cuál es la tuya, Amaro? Según vos todos al parecer cargan con una miseria que los carcome por dentro.

—La mía ya la sabés… Mi peor miseria es mi egoísmo. Y es miseria porque se entremezcla con el amor, porque tiene que ver con vos… porque te amo, y te quiero junto a mi, y te quiero bien, y te quiero por siempre. Y no toleraría siquiera la idea de que esto no fuera posible… y todo lo demás no me importa nada.

—Amaro…

—No. Dejame terminar… por favor… Josué me contó la historia del encuentro hace mucho. Pero no lo hizo para motivarme a buscarlo, sino quizás como una descarga, o una confesión. Tuve que obligarlo a decirme el lugar.

—¿Y que pidió? ¿Qué era lo que deseaba con tanta fuerza como para buscar a este Supay?

—Trascender… Josué deseaba trascender y ser recordado más que otra cosa. Así de enorme era el tamaño de su miseria y también el precio que acabó pagando por ella.

 

Escena de dialogo de cuento inédito desechada