Dialogos apócrifos II

—¿De qué hablás, Amaro? ¿Vos te escuchás a vos mismo cuando hablás?…

—María… escuchame. Necesito que por un momento no me interrumpas. Sé que suena extraño, pero necesito que escuches, y sobre todo que intentés comprenderme… creo que encontré la forma de curarte.

—…

—…

—Soltame… no me gusta cuando te ponés así.

—No, María, no entendés. Estoy hablando en serio.

—¿Pero de qué estás hablando, Amaro? Decís cosas sin sentido… una cueva, alguien llamado Supay… ¡Y Josué! ¿Qué tiene que ver Josué con todo esto?

—Algo…

—…

—El Supay es un “algo”, no creo que pueda ser un alguien. Nos necesita para ser un alguien. Nosotros le damos eso que lo hace ser un “alguien”.

—Bueno… ya está. Suficiente. Me voy a dormir, Amaro.

—Dejame explicarte mejor ¿Me dejás explicar? Necesito al menos decirlo en voz alta una vez, porque sino siento que va a desaparecer de mi mente, como el residuo de un sueño. Así que por favor, escuchá… En Sacháyoj, Santiago del Estero, en pleno monte, existe una cueva. Nunca está en el mismo lugar, y es muy raro encontrarla dos veces en la misma vida. Pero existe. En su interior, en el vientre oscuro de la cueva misma, hay un algo, un algo que también puede llegar a ser un alguien, todo va a depender de los ojos de la necesidad con que lo mires, porque el espejo de nuestros ojos siempre refleja nuestros miedos y nuestras peores miserias… a ese ser le llaman Supay.

—Suena como algo que les cuentan a los niños para que no se escapen en la hora de la siesta.

—Es que el miedo y las historias están entrelazados por múltiples combinaciones.

—¿Debería tener miedo de lo que contás, entonces?

—Sólo si motiva tu curiosidad y me permite terminar de enlazar los puntos sueltos de lo que estoy contando… El Supay es casi una fuerza de la naturaleza, es parte del Sacháyoj, de el Señor del bosque, como también lo son el río y las plantas. Pero no existen muchos que lo busquen, ni que reconozcan haberlo encontrado.

—Y vos conoces a alguien casualmente, imagino.

—Sí… a Josué.

—Josué… ¿Tu Josué? ¿nuestro Josué se encontró con este Supay?

—No de casualidad. Lo buscó por años. La historia de la cueva de la salamanca es contada en muchas partes, con diferentes variantes, sobre todo en Santiago. Pero él sabía que iba a poder verla, sólo necesitaba dar con la zona, el pueblo correcto dónde la historia tuvo su germen.

—¿Y por qué estaba tan seguro de que iba a ser capaz de verla?

—Por el peso de su miseria.

—Te das cuenta que estás hablando de nuestro amigo, ¿no?… Yo lo conozco a Josué, Amaro. ¿De que clase de miseria me hablás? ¿No tendríamos que haberla notado acaso?

—No necesariamente. Aquello de lo que estoy hablando no es algo que uno pueda exhibir orgulloso ante la mirada de los otros… Es diferente para vos. Y puede que no lo entiendas del todo porque tu manera de ver y afrontar el mundo dista de la del común en general.

—Claro, porque yo cargo mis miserias a la vista de todo el mundo, en una cómoda silla de ruedas, para que sea más fácil transportarla y todo, ¿eso querés decir?

—No, María. Sabés que eso no es lo que quiero decir… incluso ahora, cuando intentás ponerte en el lugar de víctima (que por lo cierto, no te calza), lo hacés para marcar errores en mi discurso, fallas en cualquier tipo de justificación que pueda planear para convencerte o simplemente discutirte una opinión a la par tuya. Cuando hacés esto siempre lo hacés desde la sinceridad, desde la honestidad pura… y esto en última instancia es lo que quizás te salvaguarda y a la vez te ciega ante la miseria.

—¿Y cuál es la tuya, Amaro? Según vos todos al parecer cargan con una miseria que los carcome por dentro.

—La mía ya la sabés… Mi peor miseria es mi egoísmo. Y es miseria porque se entremezcla con el amor, porque tiene que ver con vos… porque te amo, y te quiero junto a mi, y te quiero bien, y te quiero por siempre. Y no toleraría siquiera la idea de que esto no fuera posible… y todo lo demás no me importa nada.

—Amaro…

—No. Dejame terminar… por favor… Josué me contó la historia del encuentro hace mucho. Pero no lo hizo para motivarme a buscarlo, sino quizás como una descarga, o una confesión. Tuve que obligarlo a decirme el lugar.

—¿Y que pidió? ¿Qué era lo que deseaba con tanta fuerza como para buscar a este Supay?

—Trascender… Josué deseaba trascender y ser recordado más que otra cosa. Así de enorme era el tamaño de su miseria y también el precio que acabó pagando por ella.

 

Escena de dialogo de cuento inédito desechada

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