Donde mueren los cuentos

Me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

Puede que ambas tengan infinitas formas y manifestaciones con cuales relacionarlas, pero en este momento no puedo asociarlas con otra cosa que no sean mis manos. Como si en ellas convivieran el abismo y el vértigo de la palabra.

¿Será por eso de que a veces me gusta escribir? ¿O por aquello de que toco la guitarra?

Tengo la manía de que, en mis cuentos, cuando alguno de los personajes tiene un conflicto se mira las manos, como si no creyera en ellas, como si el hecho de su misma existencia fuera cuestionado o curiosamente admirado. Hace poco comencé a notar que practico el mismo gesto en ocasiones similares: me detengo, miro mis manos vacías, las flexiono, las cierro en puño y las observo. No sé si es algo que de manera inconsciente introduje en los escritos por hacerlo yo de manera continua, o tan sólo algo que imité de mis propios personajes. Suelo hacer eso. Conjuro e invento mis propias manías y miedos.

Una vez, visitando a unos amigos, en medio de una charla me levanté, me metí en su habitación, y cerré las puertas del ropero, que podía ver abiertas desde la cocina en donde estábamos. Cuando volví, sin que nadie me preguntara, me justifiqué diciendo que si las dejaban abiertas las puertas del ropero se comían tus sueños. Lo dije quizás tan sólo por decir algo, sin pensarlo demasiado, pero en el momento en que lo dije en voz alta y que alguien lo escuchó, aquello se hizo carne en mí.

No sé si tiene mucho sentido la verdad, pero asocio inmediatamente a la puerta abierta del ropero con el vacío; una gran boca que de noche y a oscuras fagocita tus sueños y tus silencios. Y no es un monstruo. Sino que es el vacío mismo apropiándose de los espacios que dejás sin habitar y sin llenar de historias.

Allí, en el vacío, que es la fuente de mis miedos, es donde van a morir las cosas que escribo y que nadie va a leer. Las canciones que nadie nunca va a escuchar. La voz que grita, que calla, que otorga, que cede, que se tuerce y se estira hasta descarnarse en un suspiro. No porque desaparezcan, sino porque son negados.

Y no es un lugar al que se va, tan sólo al que se llega.

Allí, apretados entre los intersticios del silencio, es donde van a morir los cuentos, las palabras y los discursos bienintencionados.

¿Por qué escribir esto? ¿Para qué leerlo? ¿Por qué tarareo esa maldita canción en mi cabeza sin parar a las dos de la mañana? ¿Para qué discutir o intentar siquiera refutar cualquiera de las ciento ochenta y tres palabras estúpidas que acaban de salir de tu boca o de la mía?

No es un lugar muy bonito, pero sí muy cómodo.

Y el camino hasta él, que a su vez es caída y olvido, está sedimentado por las dudas que son tan mías como tuyas. Pero más mías ahora porque escribo sobre ellas.

Luego de un tiempo allí ya no hay más preguntas ni cuestionamientos, sólo respuestas y endeble aceptación.

El lugar al que más temo es aquel donde mueren los cuentos.

Quizás por eso a veces escribo, para no ceder al vacío, para no alimentarlo. Y en las pausas, cuando temo y dudo de mi mismo, miro mis manos para confirmar que aún siguen allí, y las observo moverse, las obligo a habitar los silencios e inventar historias.

Porque me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

 

Cadena de pensamientos al azar, con motivo del primer año del blog

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