Mover cuerpos luego de un asesinato

Dos figuras se movían en la oscuridad. Desde la calle, la luz de un auto alargaba parte de sus sombras hasta abarcar casi toda la altura del muro del pasillo. Mientras la luminosidad de los faros se alejaba, ambas figuras permanecían inmóviles, aunque discutiendo acaloradamente.

—Me parece que me cagaste, eh —dijo la sombra número uno. Su voz tenía un sonido más bien nasal, molesto y algo agudo, que contrastaba con la oscura imagen de la que formaban parte.

—¿Con qué? —preguntó la sombra número dos, tratando de imponer un tono de voz que rondaba al susurro.

—¿Cómo con qué? ¡Con el laburo! Te hiciste el boludo y agarraste al más flaquito —continuó el primero, ignorando el intento de su compañero de bajar el tono de la discusión.

—Dejá de llorar. Ni que fuera tanta la diferencia, ¿no ves que son mellizos? Son casi iguales.

—¿Y qué tiene que ver que sean mellizos? El mío es más gordo. Vos me re cagaste.

—Nooo… fijate ¿no ves? —remarcó el que aún hablaba en susurros, mientras alumbraba el rostro de la persona que arrastraba, con una linternita de bolsillo.

—¿Para qué me mostrás la cara? Si ya sé que tienen la misma cara de boludo. Pero este pesa más, te digo.

La voz nasal del primero, además de ser molesta al oído, tenía la particularidad de sonar medio gangosa cuando este se ponía nervioso. Por lo que cuando decía palabras como “boludo”, lo que se escuchaba era algo más parecido a un “bodudo”.

Cuando esto pasaba, su compañero, que prefería los susurros en ese tipo de situaciones, optaba por darle la razón o el gusto con tal de hacerlo callar.

—Bueno, a ver, dale. Cambiemos.

A tientas, y en la oscuridad del pasillo, ambos intercambiaron lugares.

—¿Y? ¿Tenía razón?

—Nah… apenas hay diferencia —dijo, aún susurrando, y simulando el esfuerzo la segunda sombra.

—Bueno… mejor entonces. Vamos.

El primero asomó la cabeza por fuera del pasillo que daba a la calle. Casi nadie pasaba por allí a esas horas, pero era mejor asegurarse. Luego volvió sobre sus pasos y le hizo una seña con la cabeza a su compañero, aun sospechando que su compañero jamás la vería mientras siguieran sumidos en la oscuridad.

Cuando se disponían a seguir camino y a seguir arrastrando los cuerpos, el segundo habló:

—Aguantá… —dijo, rompiendo por primera vez su tono susurrante.

—¿Qué pasó?

—Aguantá que me dio un calambre.

—¿Dónde?

—Acá en la gamba —susurró adolorido, marcando a ciegas la parte trasera y superior de su pierna derecha.

—Uh, bueno… Estirá que si no es peor—dijo el primero, por decir algo—. Viste que era más pesado —agregó luego, triunfal.

El segundo optó por no hacer caso, y por entregarse de lleno al quejido murmurante mientras frotaba con fruición la pierna acalambrada.

—Che, ¿y cómo hacemos? —dijo luego, más calmado—. La verdad que no da para arrastrarlos hasta el auto. Éste pesa un montón encima… a ver si me sale una hernia o me jodo la espalda todavía.

—… y no sé, podríamos hacer dos viajes. Entre los dos llevar cada cuerpo no sería tanto.

—Esa es buena —concedió el segundo. Por alguna razón mientras escuchaba hablar a su compañero no pudo evitar notar nuevamente como resaltaban determinadas letras o sílabas en todo lo que decía. Ya lo había escuchado varias veces, pero ahora, en medio de la noche, ese “do” nasal que largaba y que envolvía por completo a la letra “n”, como si estuviera resfriado, comenzaba a enervarlo.

El primer cuerpo que levantaron entre ambos fue el del mellizo más rollizo. No fue una decisión tomada a la ligera, ya que calculaban que era mucho mejor hacer un mayor esfuerzo al comienzo que luego al terminar. Lo acercaron hasta la parte trasera del auto que tenían estacionado en la calle a escasos metros y luego de abrir la cajuela lo acomodaron lo mejor que pudieron.

—¿Qué hacés? —dijo la sombra número dos, volviendo a susurrar.

—¿Con qué? —preguntó a su vez la sombra número uno, notando con aversión que su compañero trataba nuevamente de hacerlo bajar la voz.

—Con la cajuela. ¿No pensás cerrarla?

—¿Para qué? Si estamos a diez pasos nomás.

—¿Cómo que para qué? ¿Y si viene alguien?

—SON. DIEZ. PASOS… ¿Quién mierda va a venir? ¿Vos ves a alguien? Mirá alrededor. Hace un frío de cagarse. Los únicos dos pelotudos que andan a esta hora trabajando somos vos y yo. Y todo porque vos preferías venir a arriesgarte ahora antes que el fin de semana que sabíamos que estarían en la casa desde más temprano.

—Bueno… tampoco para que te enojés. Ya te dije que el sábado tenía el cumpleaños del tío de mi novia, ¿qué querías que haga?

—Andaaaa… ¿vos te escuchás hablar al menos? “tingui il cumpliñis del tii di mi nivia”. Bien que seguro le gusta a esa cuando le llevás plata de los laburos que hacemos.

—¿Y eso que significa?

—¿El qué?

—Dijiste “esa”, loco. Así todo ponzoñoso. ¿Qué onda?

—Booeeh… nada, dejá, dejá. Vamos a buscar al otro que falta así ya terminamos, ¿te parece?

Cuando volvieron al pasillo tantearon en la oscuridad del suelo tratando de ubicar al otro cuerpo. Al no encontrarlo de inmediato la sombra número dos sacó la linternita que tenía en el bolsillo del saco e iluminó con su haz el pasillo.

—¡No está!

—¿Qué? ¿Cómo que no está? ¿No lo habías matado?

—¡¿Yo?! Si ese era el tuyo.

—No, no, yo maté al gordo. Que está obviamente más muerto que el tuyo.

—¿Y como mierda sabés cual era el que mataste si estaba todo oscuro después de que les cortamos la luz?… Además, ¿qué es eso de “más muerto”? o está muerto o no lo está, es algo binario. No existe un estadío donde se está más muerto.

—En este momento, estoy seguro que el mío está más muerto que el tuyo, que al parecer se fue arrastrando… Ves, eso porque usás guantes. Yo con las manos le sentía toda la grasa del cogote al otro cuando lo ahorcaba… gracias a eso me aseguro del crack que cuenta. Ese que no se escucha siempre, pero que se siente en los dedos. Vos con los guantes no debés sentir una mierda.

Se quedaron callados unos segundos, envarados por el frío de la noche y la cuestión del momento.

—Bueno, ya fue… vamos —resolvió el número dos.

—Pero, no debe estar lejos… además, ¿al que nos contrató que le decimos?

—Nada.

—…

—Mirá. Ahora vamos, le cortamos la cabeza al gordo de la cajuela, la ponemos en una bolsa bien grande. De un lado ponemos la cabeza y del otro la llenamos de papel o lo que sea, y cuando se la mostramos tratamos de distraerlo para sacar la misma cabeza las dos veces. Giramos un poco la bolsa antes y ni cuenta se va a dar, si son mellizos aparte.

—¡Pero este es más gordo! Si los conoce bien a ambos se va a dar cuenta que lo queremos cagar.

—Y dale con que este es más gordo. Apenas si se notaba la diferencia, che… Además hace un frío de cagarse. ¿Vos te querés pasar lo que queda de la noche buscando al hermano de este?

—Y… no, la verdad que no. Pero la cabeza la cortás vos, que sos el que te mandaste la cagada.

—Sí, dale. Ya fue. Vamos al auto.

Ya en el auto en marcha y alejándose, el de la sombra primera comenzó a reírse gangosamente.

—¿Y ahora…?

—Nada, nada… ¿Adónde tenés que ir mañana temprano, eh?

—Ehmm, ¿por qué? A ningún lad- … dejá de reirte querés. Quedé en ir a buscar un disfraz para la fiesta del fin de semana. Dejá de reirte, forro.

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