Descompasado

La luz del velador roto en el rincón vuelve a parpadear. Lejos de irritarlo aquello lo hace sonreír como un idiota. Intenta levantarse, pero antes estira su mano hacia el suelo y busca entre la basura y los cadáveres de botellas alguna que todavía tenga algo con que poder mojar sus labios. Ni siquiera le importa cuando se corta el labio inferior con el pico quebrado de aquella que se mandó a la boca. Él mismo está demasiado roto para notarlo.

Atraviesa la habitación a los tropezones, tratando de hacerse camino hasta el piano. Su sombra aparece y desaparece al ritmo azaroso y mortecino del velador en el rincón. Pareciera que flota en lugar de avanzar. Que repta a través del aire. Cuando al fin llega levanta la tapa de las teclas con decisión, pero se detiene antes de siquiera apoyar sus manos ¿Cuánto hacía que no tocaba el piano? ¿Cuánto había pasado realmente desde que vio a Jana por última vez? Una gota carmesí cae de sus labios sobre uno de sus dedos, interrumpiendo sus pensamientos. El contraste de la sangre con su piel pálida lo maravilla y lo repugna al mismo tiempo, pero él no puede dejar de observarlo.

En un torpe movimiento para apartar aquello de su vista, su mano izquierda cae pesada sobre las teclas y la tensión de los armónicos que provoca llena entonces el vacío de la habitación con la puntada de un sonido doloroso y comprimido. Intenta respirar.

Se siente desvanecer, pero se esfuerza en mantener los ojos abiertos. Hay una segunda gota en la punta de sus labios, pero esta ya no cae sino que apenas si se desprende. Se detiene ahí, en el aire, como si contemplara el vacío y se negara a sumergirse en él. Él la observa, o cree observarla, empantanado en la sensación anhelante y difusa que le da la reverberación del sonido del piano en su cabeza. Su mirada etílica se expande y observa también a su mano derecha colgada del aire, detenida en aquel instante marchito. Pareciera moverse, pero de manera casi imperceptible, como una inhalación cercenada a medio camino. Cierra los ojos e intenta concentrarse. Los armónicos de aquel acorde disonante todavía perduraban, pero ahora parecían alejarse del piano y amontonarse por encima de su cabeza, como hormiguitas desesperadas pisándose una a la otra. Cuando volvió a abrir los ojos su mano derecha parecía haber retomado el movimiento, o al menos cambiado de lugar. Podía verla intentando dibujos invisibles en el aire, esforzándose por caer sobre el piano. Pero era una secuencia incompleta, un sinsentido de imágenes donde la mano aparecía y desaparecía de su vista. “Como si el sonido y el vacío estuvieran descompasados”, se dijo a sí mismo en lo que creyó un resabio de gloriosa lucidez. Estaba completamente seguro que su mano derecha todavía seguía en el aire cuando escuchó dentro del piano martillar las cuerdas de un LA brillante y palpitante. Luego la vió caer en un deja vú apagado de notas que ya ni siquiera estaban donde él las había buscado.

Cerró los ojos sin atreverse a moverse de donde estaba. Su percepción estaba atravesada por aquel segundo, aquel instante. La suma de los sonidos provocado por el peso de sus dedos era ahora una caricia en el silencio. Lejos de diluirse, los sonidos se habían combinado y alimentado uno del otro, y él, en su febril desvanecerse, estaba seguro de haber encontrado allí una parte de sí mismo que creía perdida hacía tiempo. Todo estaba ahí; en sus dedos y en aquello que nacía del entretejido de aquellas notas que se parían la una a la otra, apretujadas y en desorden por sobre su cabeza. Así que trató de aferrarse a aquella sensación, a aquella música, a aquel dolor, todo lo que pudo.

“Splat”, creyó escuchar entonces, pero se negó a abrir los ojos por temor a encontrarse con la segunda gota de sangre todavía a medio camino entre su boca y el piano.

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