Mes: noviembre 2016

Sombras que dibuja la luna bajo la higuera

 

En la esquina de mi casa, casi doblando la esquina, hay una higuera. Un árbol pequeño y desgarbado que se estira doblado hasta sobrepasar con su última rama la cabeza del hombre más alto de la cuadra. No sabría decir si da frutos, pero de darlos, estoy seguro que muy pocos se atreverían a comerlos, tan sólo los verdaderamente desesperados. Pues es un árbol maldito. Maldecido por las palabras que riegan sus raíces por las noches de otoño.

Apenas morir la última noche del verano y teñirse de castaño rojizo la primera hoja, es cuando comienzan a aparecer las sombras de los vecinos junto a la higuera. Y tal como si lo hubieran pactado previamente, ninguno de ellos se cruza jamás en el camino del otro. Aguardan, vigilan, espían y luego, cuando cuentan con la certeza de la soledad, entonces avanzan. Todos ellos y yo, actores de un escenario mutilado, incapaz de contener a más de uno a la vez.

Nos reconocemos en la noche, no por las siluetas que se adivinan a la luz de la luna, sino por el puño cerrado con el que todos cargamos el peso de nuestros pecados. En el, hecho un bollo, llevamos un trozo de papel de arroz, delgado y casi transparente, donde garabateamos aquello que deseamos olvidar. La higuera está allí para tragarlos y alimentarse a la vez de ellos, pues eso es lo que es, un devorador de pecados. Y todo lo que tenemos que hacer a cambio es regarlo con unas cuantas gotas de nuestra sangre, las necesarias y equivalentes al peso del olvido que anhelamos.

Y todo desaparece. Todo. Aunque tu mundo se cayera a pedazos a tu alrededor de un día para el otro, bastaría con garabatear el peor de todos esos recuerdos, y los escombros jamás podrían volver a alcanzarte.

El problema sólo se vuelve un problema cuando el precio es más alto que toda la vida que corre por tus venas. Ahí es cuando aparece aquello que nadie menciona y todos juran jamás haber probado o visto siquiera: el fruto maldito.

Las historias difieren respecto de su forma tanto como de su color. Hay quienes dicen que tiene el tamaño de una uva, y que su color es el mismo de aquel de la sangre que regó su vida; un carmesí furioso y concentrado. Otros fabulan que su color es el mismo que aquel de todo aquello que tememos y que habita en la noche, y que su forma es la de una lágrima, con la punta apenas marcada por veteados de un verde traslúcido. Sin embargo, todos concuerdan en algo: el fruto de la higuera aparece sólo una vez por temporada, y lo hace en la noche del último plenilunio de otoño. Si tus labios lo muerden puede cumplirte un deseo. Uno de esos que no bastan con olvidar; un deseo del alma. Pero el precio puede ser demasiado alto, casi tanto como atragantarse con los pecados de toda la ciudad.

Es una decisión que sólo toman los desesperados, y que nadie debe atreverse a juzgar. ¿Quién de todos nosotros podría negarse a la tentación de una conciencia limpia? ¿Qué importa el costo de vivir atormentando por los pecados ajenos cuando es el tuyo propio el que no te permite dormir por las noches?

Todos somos iguales bajo las sombras que dibuja la luna de otoño.

Y esta noche el fruto será mío, sin importar lo que tenga que hacer para obtenerlo.

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