Al despertar

Al despertar me acordé que estaba muerto. Que ya llevaba quince años así.

Y que esta semana que casi termina se cumplía otro aniversario del día de su muerte. Pero yo no lo recordé sino hasta hoy, en el sueño aquel.

Fue mucho, junto.

Por eso también me desperté temblando, y sin ganas de levantarme.

Hacía mucho que no pensaba en él.

Tenía el pelo enrulado y era petiso, pero no tanto como para que le dijeran enano o algo parecido. De eso me acuerdo. Pero cuando quiero recordar rasgos específicos de su rostro, como su nariz, sus pómulos o el color de ojos que tenía, se me escapa de la mente. Incluso después de hacer un esfuerzo enorme y evocarlo, evocarlo entero, aún entonces todavía me cuesta estar seguro de si de veras es ese su rostro, o tan sólo es alguno que mi mente fue completando y deformando.

Es una sensación horrible. Porque siento que lo estoy traicionando. A él, ni siquiera a su recuerdo. A él. Como si todavía siguiera entre nosotros y mañana pudiera verlo o cruzarlo en el colectivo.

De eso trataba el sueño, de un bucle infinito hacia el olvido, sin comienzo ni final. Sofocante. Con la sensación de bajar escaleras, de hundirme, y encontrar en cada recodo, su rostro triste y apagado, que me observaba como acusándome de algo.

Y yo, que no podía detenerme.

Que todavía no puedo.

Y esa incertidumbre de no saber si en realidad lo que yo hacía era escapar o buscarte, en el fondo de esa espiral.

Pero naufragué, y terminé despertando.

Y me acordé que estabas muerto.

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