Mes: junio 2017

En el bar

—Le pido un cortado, Don Fabio —dice Julián apenas cruzar la puerta.

Atrás del mostrador el viejo de rostro cansado casi ni se inmuta, pero hace un pequeño cabeceo que a Julián le basta para confirmar que fue notado.

En una mesa del centro del lugar lo espera un tipo de anteojos y pelo enrulado, que revisa meticulosamente la sección de carreras del hipódromo que trae el diario, mientras compara lo que lee con lo que tiene anotado en una pequeña libretita.

—¿Qué hacés, Gaspar? ¿Todo bien? —saluda Julián, intentando llamar su atención.

—Eh, Julián —le contesta el otro, percatándose de su presencia— Sí, sí, acá me ves, haciendo la tarea. ¿Vos? ¿en que andás?

—Y, mirá. Recién vengo de verlo al Polaco…

—Uhh… —dice Gaspar, alargando la pausa—, ¿y cómo está?

—Y… está hecho mierda el hijo de puta.

—¿Para tanto?

—Sí… con decirte que ni se levantó a abrirme la puerta. De pedo que enganché justo a la hermana que venía a dejarle unas cosas y me hizo pasar.

—¿Qué fue a dejarle? ¿Comida?

—Sí, si el loco ya ni sale de la casa… Se tiró al abandono. No se baña, no se afeita; y de seguro debe estar con la misma ropa puesta que tenía cuando lo dejó la mujer.

—Peeero, puta madre… y todo por esa mina de mierda, che.

—Es que no fue fácil para ninguno de los dos, Gaspar. Ya te va a tocar a vos también.

Gaspar hace un gesto con la mano hacia el aire, como desmereciendo el último comentario de Julián.

Se quedan un rato en silencio, pero enseguida Julián vuelve a hablar:

—Mirá, ahí viene el Zurdo.

Con la mirada, Julián apunta al flaco alto de mirada despierta que entra al bar.

El Zurdo va directo hacia el mostrador, donde saluda efusivamente a Don Fabio, que le responde como puede con la mínima suma de sus movimientos. Luego golpea varias veces la barra, como jugueteando, mientras espera por su vaso de cerveza.

Cuando llega a la mesa, Don Fabio lo sigue unos pasos atrás con el café de Julián.

—¿Cómo anda la muchachada? —saluda el Zurdo.

—No tan bien como vos, parece. ¿En qué andás? —le dice Julián.

—Vengo del centro. Me acaba de salir una…

Gaspar lo mira, interesado.

—¿La de los motorcitos?

—Sí — le contesta el Zurdo, abriendo una sonrisa enorme.

—Nah… sos un hijo de puta.

—¿Por qué? ¿Cuál es la de los motorcitos? —pregunta Julián.

—Dejá, no querés saber —le replica Gaspar.

—Dale, boludo.

El Zurdo acepta la insistencia gratamente, reacomodándose en el asiento.

—¿Viste los motorcitos esos a nafta, para cuando se corta la luz?… Bueno, un amigo de la aduana me dejó como diez a consignación, y re baratos.

—¡Buenísimo!

—Pará, pará… terminá de escuchar.

El Zurdo sonríe ladino ante la acotación de Gaspar.

—La cosa es que más de la mitad de los motorcitos no funcaban.

—¿Y entonces?… ¿Los vendiste igual? ¿Cómo hiciste?

—Me mandé a un centro de jubilados. “Los pasivos”, se llamaba encima… Fui con un carrito y cuando alguno me pedía de probar alguno, probaba uno de los que sabía que andaban… después de mostrarles un par me fui a la mierda.

Julián se queda observándolo unos segundos, y luego finalmente reacciona.

—Nooo… ¡pero sos una basura, chabón!

—¿Por qué? —pregunta el Zurdo, simulando sentirse ofendido, mientras Gaspar se caga de risa a un costado—. Falta un montón para el verano y que empiece a cortarse la luz de nuevo. La mayoría de los que estaban no creo que lleguen tan lejos. Además, escuchame, yo les hago un favor, les vendo esperanza, una sensación de legado para con su familia. Y de paso saco un par de pesos para el alquiler.

—Pero te aprovechás de los ancianos, Zurdo, ¡sos un forro!

—Que forro, ni forro… ¡Les sobra la plata, Julián! Son todos viejos de guita, gente de mierda, no te digo que me fui hasta el centro. Hasta seguro un par me parece eran milicos de carrera retirados; eran los que más rompían las bolas.

Julián vuelve a tildarse ante aquella nueva información. Ya no está seguro de su posición.

Gaspar interviene:

—Esperen. Esperen, porque acá todos me parece nos estamos olvidando de lo más importante de la historia… ¿Posta se llamaba centro de jubilados “Los pasivos”, el lugar?… ¿Qué eran? ¿todos viejitos con pañuelos de seda atados al cuello, con capelinas y estolas cayéndoles elegantemente sobre los hombros?

Los tres se ríen un rato, y aprovechan la pausa para continuar con la cerveza y el café.

—¿Y vos que onda, Julián? Contate algo, ¿en qué andás? —pregunta el Zurdo.

—Lo fui a ver al Polaco, más temprano…

—Uff… dejá, dejá. Ni me cuentes. Cada vez que me entero algo de ese chabón me dan ganas de ir a buscarlo a la casa, sopapearlo, y sacarlo a patadas para que le de un poco el sol, a ver si le funca el cerebro de nuevo.

—Y, mirá, capaz que deberíamos, eh —acota Gaspar.

Julián suspira sonoramente.

—Démosle un par de días más. En una de esas necesita un poco más de tiempo nomás —dice.

Gaspar y el Zurdo hacen un gesto desganado con los hombros, pero aceptan sin discutir.

—¿Y la mina esa con la que te estabas viendo? ¿la hippie? —pregunta ahora Gaspar a Julián.

—Ahí anda la hippie —contesta Julián, algo reticente—. Nos estamos viendo hace un par de semanas, después del taller. Tranqui. Tomamos unas cervezas, hablamos; nos dimos un par de besos… es copada la mina.

—¿Peeeero? —interviene el Zurdo, intuyendo una omisión en el acotado recuento de Julián.

—Mmmh, no sé bien cómo decirlo sin sentirme un pelotudo… A veces, como que se me hace que es demasiado inteligente.

Gaspar y el Zurdo se cagan de risa. Tan ruidosamente que hasta Don Fabio voltea desde la barra para mirarlos.

Cuando pasa la primera reacción, Gaspar vuelve a hablar:

—Si fuera inteligente no sería hippie, Julián.

—A lo mejor es una especie de oxímoron con patas —aporta el Zurdo a su vez.

—Váyanse a cagar los dos… —les replica Julián, en una mezcla equilibrada de cara de culo y risa aguantada.

—Bueno, bueno… pero a ver, ¿cómo es eso de que “se te hace” que es demasiado inteligente? —pregunta Gaspar.

—Sí, especificá, loco. Ahora queremos saber.

Julián empuja el café hacia un lado y apoya los codos en la mesa, como si se dispusiera a contar un secreto.

—Y no sé… como que a veces no le puedo ni seguir el ritmo de lo que habla. Sabe bocha de cosas. Y siempre parece que tiene una opinión bien formada de todo.

Gaspar y el Zurdo se miran y sonríen cómplices, mientras niegan con la cabeza, escépticos.

—Bueno… Igual escuchame. Hasta ahora no me parece algo tan raro, y hasta habla más de tu estupidez que de su supuesta inteligencia, eh —le tira el Zurdo a Julián.

—Sí, sí, pero no es eso solo… como que es re pragmática ella. Siempre tiene esta especie de macro visión que le permite dar un juicio conciso y elaborado sobre cualquier cosa que le hablés… te escucha de verdad. ¡Y yo hablo pelotudeces la mayor parte del tiempo! En algún momento se va a dar cuenta de que soy un pelotudo. No lo voy a poder retrasar demasiado si sigue así la cosa.

El trío de amigos amaga reírse un rato largo, pero enseguida el Zurdo vuelve a hablar para cortar la risa.

—¡Dejate de hinchar las pelotas, Julián! No seás tan inseguro… La próxima leete un libro o algo antes de ir a verla, no sé. Mirá si te vas a dejar de ver con una mina porque es inteligente y sabe escuchar. Encima que te da bola… Es como si te sacaras la lotería y devolvieras la plata porque te pesa mucho llevarla.

—Sí, no, si ya sé… —dice Julián, agachando un poco la vista.

—Mirá que si te descuidás vas a terminar como este pelotudo —insiste el Zurdo, apuntándolo a Gaspar con la mirada—. Solo, y cogiéndote a las viejas del Bingo.

—¡Eeeh… y a mí que me metés! —se defiende Gaspar, exagerado.

—Daaaale, no te hagás el mosquita muerta ahora vos también… ¿Cómo era que se llamaba la última que nos contaste?

—Que sé yo. Nunca me acuerdo los nombres —se sincera Gaspar.

—“La Cindy”, nos había dicho que se llamaba —interviene Julián.

—Aaahh, “La Cindy” —dice Gaspar, tomándose un momento para evocarla— La sin dientes… que buen culo que tenía. A esa la quería, che.

—Vos no podés querer a nadie, Gaspar… como mínimo te tienen que tirar una fija en los burros para que les prestés algo de atención.

—Bueno, che… —Gaspar parece buscar en su mente un argumento con que defenderse ante la acusación— Pasa que yo soy un bohemio. Un incomprendido —dice finalmente. A lo que Julián y el Zurdo comienzan a reírse en voz alta.

Más tarde en la noche, después de un rato de hablar de otras cosas, el Zurdo aprovecha un segundo en el que todos se quedan callados:

—¿Qué hacemos, muchachos? ¿Les parece si pedimos algo para comer?, ¿o ustedes tienen que arrancar?

—No sé —dice Julián—. Habría que preguntarle a Don Fabio, que onda. Por ahí quiere cerrar y se quiere ir a dormir ya.

Gaspar asiente, y voltea hacia la barra, haciéndole señas a Don Fabio para que se acerque a la mesa.

—¿Van a querer la cuenta, muchachos? —pregunta el viejo.

—Justo estábamos viendo eso, Don Fabio. ¿Usted tiene que cerrar? —Pregunta a su vez, Gaspar.

—Sí, hoy no puedo estar hasta muy tarde. Tengo que ir para lo de mi hermana… Se compró uno de esos generadores eléctricos a nafta, y tengo que ayudarla a instalarlo.

—Ahh…

—Uhh… —atinan a decir Julián y Gaspar, casi al mismo tiempo.

Pasa un buen rato en el que los tres permanecen incómodamente callados.

Finalmente el Zurdo abre la boca para volver a hablar.

—Bueno —carraspea nervioso—. Yo invito esta vuelta, muchachos, ¿les parece? —Cuando se levanta deja además una importante propina sobre la mesa.

Comienzan a caminar, y ninguno dice nada hasta que casi están en la puerta ya. Entonces el Zurdo se da vuelta y se dirige a Don Fabio nuevamente.

—Una pregunta, Don Fabio… Su hermana, por casualidad,  no será una así, medio con bigote y cara de milico, ¿no?…

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De barro

Es la tercera vez que todo se quema, todo se pudre. Cada vez el horno va comiendo más y más partes. Como si fuera una boca enorme que intenta engullir pero se atraganta y termina escupiendo cosas podridas. Apenas imágenes destrozadas de la cosa que entró e intentó ser, y dejar de no ser.

Amanda llora siempre que pasa.

Se queda observando la cosa que salió, comparándola mentalmente con lo que ella puso, con lo que ella entregó. Y la mano le tiembla. Y lo arroja al suelo. No lo pisa, no lo mira. Sólo lo niega.

Pero de algo de ella se muere cada vez que eso pasa.

Y quizás por eso llora Amanda. Porque la certeza del resabio de podredumbre quemada que sale del horno, no representa para ella más que el reflejo de lo negado, de lo muerto y de lo irremediable. Algo que se destroza en el suelo, pero está muerto antes de siquiera tocarlo.

Pero Amanda sigue creando. Como si de ello dependiera algo que no es su vida sino quizás algo más elemental: la vida de aquello que toca y modela. La urgencia de saberse vivo a través de eso y por eso a lo que planea insuflar vida, es lo que necesita para sobrevivir.

No es la primera vez que lo piensa. De un tiempo a esta parte no tiene más propósito en la vida que aquello. Sobrevivir a través de sus obras. Inventarse un sentido de pertenencia, de permanencia. Algo que la alcance y se abra camino a través de todo lo vejado y podrido en que deviene aquello que roza su propio tacto, su propia vida.

Es demasiado que pedir a un horno, y a una quimera de barro.

Y Amanda lo sabe. Y quizás por eso es que también llora.