Dialógica

En el bar

—Le pido un cortado, Don Fabio —dice Julián apenas cruzar la puerta.

Atrás del mostrador el viejo de rostro cansado casi ni se inmuta, pero hace un pequeño cabeceo que a Julián le basta para confirmar que fue notado.

En una mesa del centro del lugar lo espera un tipo de anteojos y pelo enrulado, que revisa meticulosamente la sección de carreras del hipódromo que trae el diario, mientras compara lo que lee con lo que tiene anotado en una pequeña libretita.

—¿Qué hacés, Gaspar? ¿Todo bien? —saluda Julián, intentando llamar su atención.

—Eh, Julián —le contesta el otro, percatándose de su presencia— Sí, sí, acá me ves, haciendo la tarea. ¿Vos? ¿en que andás?

—Y, mirá. Recién vengo de verlo al Polaco…

—Uhh… —dice Gaspar, alargando la pausa—, ¿y cómo está?

—Y… está hecho mierda el hijo de puta.

—¿Para tanto?

—Sí… con decirte que ni se levantó a abrirme la puerta. De pedo que enganché justo a la hermana que venía a dejarle unas cosas y me hizo pasar.

—¿Qué fue a dejarle? ¿Comida?

—Sí, si el loco ya ni sale de la casa… Se tiró al abandono. No se baña, no se afeita; y de seguro debe estar con la misma ropa puesta que tenía cuando lo dejó la mujer.

—Peeero, puta madre… y todo por esa mina de mierda, che.

—Es que no fue fácil para ninguno de los dos, Gaspar. Ya te va a tocar a vos también.

Gaspar hace un gesto con la mano hacia el aire, como desmereciendo el último comentario de Julián.

Se quedan un rato en silencio, pero enseguida Julián vuelve a hablar:

—Mirá, ahí viene el Zurdo.

Con la mirada, Julián apunta al flaco alto de mirada despierta que entra al bar.

El Zurdo va directo hacia el mostrador, donde saluda efusivamente a Don Fabio, que le responde como puede con la mínima suma de sus movimientos. Luego golpea varias veces la barra, como jugueteando, mientras espera por su vaso de cerveza.

Cuando llega a la mesa, Don Fabio lo sigue unos pasos atrás con el café de Julián.

—¿Cómo anda la muchachada? —saluda el Zurdo.

—No tan bien como vos, parece. ¿En qué andás? —le dice Julián.

—Vengo del centro. Me acaba de salir una…

Gaspar lo mira, interesado.

—¿La de los motorcitos?

—Sí — le contesta el Zurdo, abriendo una sonrisa enorme.

—Nah… sos un hijo de puta.

—¿Por qué? ¿Cuál es la de los motorcitos? —pregunta Julián.

—Dejá, no querés saber —le replica Gaspar.

—Dale, boludo.

El Zurdo acepta la insistencia gratamente, reacomodándose en el asiento.

—¿Viste los motorcitos esos a nafta, para cuando se corta la luz?… Bueno, un amigo de la aduana me dejó como diez a consignación, y re baratos.

—¡Buenísimo!

—Pará, pará… terminá de escuchar.

El Zurdo sonríe ladino ante la acotación de Gaspar.

—La cosa es que más de la mitad de los motorcitos no funcaban.

—¿Y entonces?… ¿Los vendiste igual? ¿Cómo hiciste?

—Me mandé a un centro de jubilados. “Los pasivos”, se llamaba encima… Fui con un carrito y cuando alguno me pedía de probar alguno, probaba uno de los que sabía que andaban… después de mostrarles un par me fui a la mierda.

Julián se queda observándolo unos segundos, y luego finalmente reacciona.

—Nooo… ¡pero sos una basura, chabón!

—¿Por qué? —pregunta el Zurdo, simulando sentirse ofendido, mientras Gaspar se caga de risa a un costado—. Falta un montón para el verano y que empiece a cortarse la luz de nuevo. La mayoría de los que estaban no creo que lleguen tan lejos. Además, escuchame, yo les hago un favor, les vendo esperanza, una sensación de legado para con su familia. Y de paso saco un par de pesos para el alquiler.

—Pero te aprovechás de los ancianos, Zurdo, ¡sos un forro!

—Que forro, ni forro… ¡Les sobra la plata, Julián! Son todos viejos de guita, gente de mierda, no te digo que me fui hasta el centro. Hasta seguro un par me parece eran milicos de carrera retirados; eran los que más rompían las bolas.

Julián vuelve a tildarse ante aquella nueva información. Ya no está seguro de su posición.

Gaspar interviene:

—Esperen. Esperen, porque acá todos me parece nos estamos olvidando de lo más importante de la historia… ¿Posta se llamaba centro de jubilados “Los pasivos”, el lugar?… ¿Qué eran? ¿todos viejitos con pañuelos de seda atados al cuello, con capelinas y estolas cayéndoles elegantemente sobre los hombros?

Los tres se ríen un rato, y aprovechan la pausa para continuar con la cerveza y el café.

—¿Y vos que onda, Julián? Contate algo, ¿en qué andás? —pregunta el Zurdo.

—Lo fui a ver al Polaco, más temprano…

—Uff… dejá, dejá. Ni me cuentes. Cada vez que me entero algo de ese chabón me dan ganas de ir a buscarlo a la casa, sopapearlo, y sacarlo a patadas para que le de un poco el sol, a ver si le funca el cerebro de nuevo.

—Y, mirá, capaz que deberíamos, eh —acota Gaspar.

Julián suspira sonoramente.

—Démosle un par de días más. En una de esas necesita un poco más de tiempo nomás —dice.

Gaspar y el Zurdo hacen un gesto desganado con los hombros, pero aceptan sin discutir.

—¿Y la mina esa con la que te estabas viendo? ¿la hippie? —pregunta ahora Gaspar a Julián.

—Ahí anda la hippie —contesta Julián, algo reticente—. Nos estamos viendo hace un par de semanas, después del taller. Tranqui. Tomamos unas cervezas, hablamos; nos dimos un par de besos… es copada la mina.

—¿Peeeero? —interviene el Zurdo, intuyendo una omisión en el acotado recuento de Julián.

—Mmmh, no sé bien cómo decirlo sin sentirme un pelotudo… A veces, como que se me hace que es demasiado inteligente.

Gaspar y el Zurdo se cagan de risa. Tan ruidosamente que hasta Don Fabio voltea desde la barra para mirarlos.

Cuando pasa la primera reacción, Gaspar vuelve a hablar:

—Si fuera inteligente no sería hippie, Julián.

—A lo mejor es una especie de oxímoron con patas —aporta el Zurdo a su vez.

—Váyanse a cagar los dos… —les replica Julián, en una mezcla equilibrada de cara de culo y risa aguantada.

—Bueno, bueno… pero a ver, ¿cómo es eso de que “se te hace” que es demasiado inteligente? —pregunta Gaspar.

—Sí, especificá, loco. Ahora queremos saber.

Julián empuja el café hacia un lado y apoya los codos en la mesa, como si se dispusiera a contar un secreto.

—Y no sé… como que a veces no le puedo ni seguir el ritmo de lo que habla. Sabe bocha de cosas. Y siempre parece que tiene una opinión bien formada de todo.

Gaspar y el Zurdo se miran y sonríen cómplices, mientras niegan con la cabeza, escépticos.

—Bueno… Igual escuchame. Hasta ahora no me parece algo tan raro, y hasta habla más de tu estupidez que de su supuesta inteligencia, eh —le tira el Zurdo a Julián.

—Sí, sí, pero no es eso solo… como que es re pragmática ella. Siempre tiene esta especie de macro visión que le permite dar un juicio conciso y elaborado sobre cualquier cosa que le hablés… te escucha de verdad. ¡Y yo hablo pelotudeces la mayor parte del tiempo! En algún momento se va a dar cuenta de que soy un pelotudo. No lo voy a poder retrasar demasiado si sigue así la cosa.

El trío de amigos amaga reírse un rato largo, pero enseguida el Zurdo vuelve a hablar para cortar la risa.

—¡Dejate de hinchar las pelotas, Julián! No seás tan inseguro… La próxima leete un libro o algo antes de ir a verla, no sé. Mirá si te vas a dejar de ver con una mina porque es inteligente y sabe escuchar. Encima que te da bola… Es como si te sacaras la lotería y devolvieras la plata porque te pesa mucho llevarla.

—Sí, no, si ya sé… —dice Julián, agachando un poco la vista.

—Mirá que si te descuidás vas a terminar como este pelotudo —insiste el Zurdo, apuntándolo a Gaspar con la mirada—. Solo, y cogiéndote a las viejas del Bingo.

—¡Eeeh… y a mí que me metés! —se defiende Gaspar, exagerado.

—Daaaale, no te hagás el mosquita muerta ahora vos también… ¿Cómo era que se llamaba la última que nos contaste?

—Que sé yo. Nunca me acuerdo los nombres —se sincera Gaspar.

—“La Cindy”, nos había dicho que se llamaba —interviene Julián.

—Aaahh, “La Cindy” —dice Gaspar, tomándose un momento para evocarla— La sin dientes… que buen culo que tenía. A esa la quería, che.

—Vos no podés querer a nadie, Gaspar… como mínimo te tienen que tirar una fija en los burros para que les prestés algo de atención.

—Bueno, che… —Gaspar parece buscar en su mente un argumento con que defenderse ante la acusación— Pasa que yo soy un bohemio. Un incomprendido —dice finalmente. A lo que Julián y el Zurdo comienzan a reírse en voz alta.

Más tarde en la noche, después de un rato de hablar de otras cosas, el Zurdo aprovecha un segundo en el que todos se quedan callados:

—¿Qué hacemos, muchachos? ¿Les parece si pedimos algo para comer?, ¿o ustedes tienen que arrancar?

—No sé —dice Julián—. Habría que preguntarle a Don Fabio, que onda. Por ahí quiere cerrar y se quiere ir a dormir ya.

Gaspar asiente, y voltea hacia la barra, haciéndole señas a Don Fabio para que se acerque a la mesa.

—¿Van a querer la cuenta, muchachos? —pregunta el viejo.

—Justo estábamos viendo eso, Don Fabio. ¿Usted tiene que cerrar? —Pregunta a su vez, Gaspar.

—Sí, hoy no puedo estar hasta muy tarde. Tengo que ir para lo de mi hermana… Se compró uno de esos generadores eléctricos a nafta, y tengo que ayudarla a instalarlo.

—Ahh…

—Uhh… —atinan a decir Julián y Gaspar, casi al mismo tiempo.

Pasa un buen rato en el que los tres permanecen incómodamente callados.

Finalmente el Zurdo abre la boca para volver a hablar.

—Bueno —carraspea nervioso—. Yo invito esta vuelta, muchachos, ¿les parece? —Cuando se levanta deja además una importante propina sobre la mesa.

Comienzan a caminar, y ninguno dice nada hasta que casi están en la puerta ya. Entonces el Zurdo se da vuelta y se dirige a Don Fabio nuevamente.

—Una pregunta, Don Fabio… Su hermana, por casualidad,  no será una así, medio con bigote y cara de milico, ¿no?…

Dialogos apócrifos II

—¿De qué hablás, Amaro? ¿Vos te escuchás a vos mismo cuando hablás?…

—María… escuchame. Necesito que por un momento no me interrumpas. Sé que suena extraño, pero necesito que escuches, y sobre todo que intentés comprenderme… creo que encontré la forma de curarte.

—…

—…

—Soltame… no me gusta cuando te ponés así.

—No, María, no entendés. Estoy hablando en serio.

—¿Pero de qué estás hablando, Amaro? Decís cosas sin sentido… una cueva, alguien llamado Supay… ¡Y Josué! ¿Qué tiene que ver Josué con todo esto?

—Algo…

—…

—El Supay es un “algo”, no creo que pueda ser un alguien. Nos necesita para ser un alguien. Nosotros le damos eso que lo hace ser un “alguien”.

—Bueno… ya está. Suficiente. Me voy a dormir, Amaro.

—Dejame explicarte mejor ¿Me dejás explicar? Necesito al menos decirlo en voz alta una vez, porque sino siento que va a desaparecer de mi mente, como el residuo de un sueño. Así que por favor, escuchá… En Sacháyoj, Santiago del Estero, en pleno monte, existe una cueva. Nunca está en el mismo lugar, y es muy raro encontrarla dos veces en la misma vida. Pero existe. En su interior, en el vientre oscuro de la cueva misma, hay un algo, un algo que también puede llegar a ser un alguien, todo va a depender de los ojos de la necesidad con que lo mires, porque el espejo de nuestros ojos siempre refleja nuestros miedos y nuestras peores miserias… a ese ser le llaman Supay.

—Suena como algo que les cuentan a los niños para que no se escapen en la hora de la siesta.

—Es que el miedo y las historias están entrelazados por múltiples combinaciones.

—¿Debería tener miedo de lo que contás, entonces?

—Sólo si motiva tu curiosidad y me permite terminar de enlazar los puntos sueltos de lo que estoy contando… El Supay es casi una fuerza de la naturaleza, es parte del Sacháyoj, de el Señor del bosque, como también lo son el río y las plantas. Pero no existen muchos que lo busquen, ni que reconozcan haberlo encontrado.

—Y vos conoces a alguien casualmente, imagino.

—Sí… a Josué.

—Josué… ¿Tu Josué? ¿nuestro Josué se encontró con este Supay?

—No de casualidad. Lo buscó por años. La historia de la cueva de la salamanca es contada en muchas partes, con diferentes variantes, sobre todo en Santiago. Pero él sabía que iba a poder verla, sólo necesitaba dar con la zona, el pueblo correcto dónde la historia tuvo su germen.

—¿Y por qué estaba tan seguro de que iba a ser capaz de verla?

—Por el peso de su miseria.

—Te das cuenta que estás hablando de nuestro amigo, ¿no?… Yo lo conozco a Josué, Amaro. ¿De que clase de miseria me hablás? ¿No tendríamos que haberla notado acaso?

—No necesariamente. Aquello de lo que estoy hablando no es algo que uno pueda exhibir orgulloso ante la mirada de los otros… Es diferente para vos. Y puede que no lo entiendas del todo porque tu manera de ver y afrontar el mundo dista de la del común en general.

—Claro, porque yo cargo mis miserias a la vista de todo el mundo, en una cómoda silla de ruedas, para que sea más fácil transportarla y todo, ¿eso querés decir?

—No, María. Sabés que eso no es lo que quiero decir… incluso ahora, cuando intentás ponerte en el lugar de víctima (que por lo cierto, no te calza), lo hacés para marcar errores en mi discurso, fallas en cualquier tipo de justificación que pueda planear para convencerte o simplemente discutirte una opinión a la par tuya. Cuando hacés esto siempre lo hacés desde la sinceridad, desde la honestidad pura… y esto en última instancia es lo que quizás te salvaguarda y a la vez te ciega ante la miseria.

—¿Y cuál es la tuya, Amaro? Según vos todos al parecer cargan con una miseria que los carcome por dentro.

—La mía ya la sabés… Mi peor miseria es mi egoísmo. Y es miseria porque se entremezcla con el amor, porque tiene que ver con vos… porque te amo, y te quiero junto a mi, y te quiero bien, y te quiero por siempre. Y no toleraría siquiera la idea de que esto no fuera posible… y todo lo demás no me importa nada.

—Amaro…

—No. Dejame terminar… por favor… Josué me contó la historia del encuentro hace mucho. Pero no lo hizo para motivarme a buscarlo, sino quizás como una descarga, o una confesión. Tuve que obligarlo a decirme el lugar.

—¿Y que pidió? ¿Qué era lo que deseaba con tanta fuerza como para buscar a este Supay?

—Trascender… Josué deseaba trascender y ser recordado más que otra cosa. Así de enorme era el tamaño de su miseria y también el precio que acabó pagando por ella.

 

Escena de dialogo de cuento inédito desechada

Asiento libre

—Sientesé, señora.

—¿Seguro, nene? Mirá que te ves más cansado que yo, eh.

—Sí, sí, por favor.

—Bueno, gracias… ¿venís de laburar, vos?

—Sí… de trabajar, y de estudiar. Ahora que llego a casa encima tengo que preparar unas cosas y después ver si hago un poco de tiempo para drogarme antes de ir a dormir.

—… ¿perdón?

—De drogarme, digo. Si hago tiempo y termino rápido lo del laburo, tengo ganas de drogarme.

—Aaaah… había entendido cualquier cosa, pibe, jaja. ¡Con razón! Escuché “rogarme” y no entendía una mierda.

—¡No! Jaja, “rogarme” no. No sabría ni por donde empezar.

—Siii, no, si yo tampoco, no te creas… y decime ¿con qué te das?

—Y, depende. Hasta hace poco me inyectaba cualquier pelotudez, pero ahora estoy probando un poco de mescalina diluida en rivotril líquido, y me está yendo re bien.

—¿Rivotril líquido? En mis épocas nos empastillábamos con esa cosa, nomás.

—Sí, ya sé. Si mi viejo me cuenta cada cosa a veces.

—Ah, tu viejo debe ser de los míos entonces… che, ¿y con eso qué hacés?¿te lo tomás como un jarabe?

—Noooo, si sale re caro una botellita de mierda de esas en la droguería. Aparte si se me va la mano con el trago capaz que paso para el otro lado. No, lo que hago es ponerme un par de gotas en cada ojo y ahí te pega al toque.

—¡Pero te vas a quedar ciego así!

—Naah, no pasa nada. Además siempre compro de marca por las dudas. Lo que hay que tener cuidado nomás es de fijarse cada tanto la fecha de vencimiento, porque si llega a estar muy pasado se te llenan los ojos de manchas después… si a un amigo de mi prima terminaron suicidándolo por eso. Dicen que compró un pack al mayorista y parece que le mandaron encanutado dentro algo de un lote vencido o algo así, y el loco empezó a ver manchas de gatos por todos lados, “gatos angoras”, decía que eran. Y después, claro, terminó volviéndose loco el pobre.

—Pobrecito… igual, escuchame, que gente de mierda para venderte algo vencido, eh.

—Y sí… todos siempre están tratando de cagarte pareciera.

—¿No le hicieron juicio a la empresa al menos?

—Al principio. Pero vio que nadie se hace cargo de nada ahora. Además esos tienen toda la guita, ¿qué vas a hacer? Si ellos quieren te la alargan todo lo que pueden, y después a uno ya ni le alcanza para comer… te terminás rindiendo por cansancio nomás cuando es así.

—Y, sí, la verdad… Bueno, mirá, un placer charlar con vos. Arrimate, que yo ya me bajo en la próxima, así cuando me levanto te sentás, ¿hasta dónde vas vos?

—¿Yo? Hasta la estación de Chibari.

—¿Chibari?… Decime, nene, ¿no serás medio shiqma, vos, no?

—Sí, por parte de mi viejo.

—¡Ah, pero sos un hijo de puta! ¿Por qué no te vas a la mierda?

—¿Eh? ¿Qué carajos le pasa?

—¡¿Por qué no me avisaste?! ¡Ahora me voy levantar toda llena de baba, mañana, por culpa de la mierda esa que transpiran ustedes por el culo!¡Forro!¡¡Babosero!!

—¡Pero por qué no se va un poco a la mierda, señora! Todo el mundo sabe que los tercera generación no tene-

—Salí, salí, ni me hablés. ¡Correte!, dejame pasar, a ver si todavía me llenas todo de esporas la cabeza también… ¡lo único que faltaba ahora! ¡¡Un shiqma babosero usando el puto colectivo!!

—¡Mah sí! ¡Andá a cagar vieja del orto!… ¡Andáaaaa…! ¡¡Andá a hacerte coger por un crezonte la concha de tu madre!!… qué vieja de mierda ésta, me dejó re caliente… ¿puede creer, Don? Se manda cualquiera.

—… y vos que querés, pibe, también. Tenía cara de xanle la vieja… son todos putos esos.

Dialogos apócrifos

Alrededor del amor

 

—Pero no tiene nada que ver eso con el amor

—¿Cómo que no? ¿a qué te referís?

—Porque el amor no se construye de a uno. Eso es otra cosa. La imagen que nos construimos del otro refiere a un ideal, no a la persona real. Por eso, el estar/sentirse enamorado y el amor en sí, son dos cosas esencialmente diferentes, para mí.

—Pero si yo te digo que estoy enamorado, eso tiene validez, tiene peso. Incluso hasta va más allá del otro. Lo que yo siento es real, o incluso más, que ese otro.

—Yo no dije que no. El amor puede tener su eslabón inicial en esa emoción desaforada y personal que vos sentís. Pero sin la acción del otro, muere en eso. No llega a ser amor. Es una derivación, un placebo, una paja mental, llamale como quieras.

—Ah, pero al final sos un tibio de mierda vos.

—jaja… ¿por qué? ¿porque te digo que preciso del otro para concebir la idea del amor?

—No. Porque todo eso me suena a que no te permitís enamorarte sino estás del todo seguro que el otro sienta algo por vos… pero el amor no pide permiso. Y vos no buscás amar, vos buscás que te amen. Y eso cambia substancialmente todo.

—Creo que no me estás entendiendo. Yo no te tomo la mano, ni busco en el fondo de tus ojos tan sólo una manera de no ahogarme en la soledad. Yo busco… No. Yo necesito la combustión de lo eterno, asirlo entre mis manos, abrazarlo, hacerlo carne. Quiero que el amor nazca en mí, lo ansío. Pero quiero que lo haga a través del otro porque necesito al otro, sino no sé si ese ideal que fabulé y me construí puede de veras existir.

—Entonces, ¿tengo que creerte que nunca te enamoraste?

—No así… no, creo que lo sabría. Tal vez hasta me sienta incapaz de ello a veces. Pero no por no haber experimentado la magia dejo de creer en ella.

Dialogo entre Girasontes antes del amanecer

—¡Dale vení! Usá tus extensiones para no caerte; cuidado con las rocas.

—Pero esperame, Sumi. ¡Siempre hacés lo mismo!

—Bueno, está bien, te espero. Pero si llegamos tarde, Lómina va a prohibirnos la salida. Y no querés pasar otra temporada bajo tierra, ¿no?

—¡No!… ya me pican los petálos; no me aguanto. Y sería el único de Raíz sin ver el sol otro año.

—Entonces tratá de no apegarte tanto al suelo, Lumi. Ramificate. Usá tu efencia, como te enseñó Madre.

—Uff… estoy tratando.

—Vas a notar de veras la diferencia cuando estés afuera… Todo es más fácil después de eso.

—… ¿y cómo es?

—¿Cómo es qué?

—Dale, Sumi, sabés qué… el sol. Alimentarse sin necesidad de arraigarse. Sólo vi dibujos, y la verdad que la gente de Raíz no dibuja muy bien que digamos.

—Jaja… no, supongo que no lo hacen.

—¿Entonces?… ¿me contás?

—A ver… ésta es tu tercer temporada, Lumi. Cómo sabés, los Girasontes tenemos prohibido ver el sol hasta alcanzar esa edad.

—Sí, ya sé. “Porque nos herrumbraríamos en la inconciencia de la raigambre”.

—Sí, lo tenés memorizado. Perfecto. Pero recién vas a entenderlo del todo cuando salgamos. Decime, Lumi, ¿qué sentiste la primera vez que te ramificaste? Aquella vez que te viste obligado a usar tu efencia para moverte.

—Sentí que me moría… y después tenía miedo de volver a hacerlo.

—Porque te sentías a salvo, a gusto. Pero al salir el sol, todo eso se potencia infinitamente… ahí es cuando somos plenos, cuando somos Girasontes. Por eso los mayores nos permiten recién salir cuando nuestra conciencia mental es mayor que la natural. Y ya de por sí es difícil entonces desprendernos y volver bajo tierra.

—… ¿y no duele?

—jaja… no, Lumi. Quizás un poco al comienzo, pero es un dolor bueno. Es abrir los ojos por primera vez.

—¿Y por qué sólo puedo salir al comienzo de la temporada?

—Por que es el único momento en que el sol pestañea. El sol está siempre. Pero una vez al año, se apaga por un momento, para amanecer, y para permitirle a los más jóvenes florecer. Sino se quemarían en su abrazo dorado. Deben nutrirse gradualmente, hasta ser capaces de recibirlo plenamente… Así que dale, ya sabés, no hay excusas. Si llegamos tarde corrés el peligro de marchitarte, y Madre me mataría. Sin contar lo que me haría Lómina…

—Bueno… me apuro… ¿Sumi?

—¿Qué?

—¿Te quedás junto a mí cuando amanezca?

—Sí, Lumi… sabés que sí.