Escritos espontáneos

De barro

Es la tercera vez que todo se quema, todo se pudre. Cada vez el horno va comiendo más y más partes. Como si fuera una boca enorme que intenta engullir pero se atraganta y termina escupiendo cosas podridas. Apenas imágenes destrozadas de la cosa que entró e intentó ser, y dejar de no ser.

Amanda llora siempre que pasa.

Se queda observando la cosa que salió, comparándola mentalmente con lo que ella puso, con lo que ella entregó. Y la mano le tiembla. Y lo arroja al suelo. No lo pisa, no lo mira. Sólo lo niega.

Pero de algo de ella se muere cada vez que eso pasa.

Y quizás por eso llora Amanda. Porque la certeza del resabio de podredumbre quemada que sale del horno, no representa para ella más que el reflejo de lo negado, de lo muerto y de lo irremediable. Algo que se destroza en el suelo, pero está muerto antes de siquiera tocarlo.

Pero Amanda sigue creando. Como si de ello dependiera algo que no es su vida sino quizás algo más elemental: la vida de aquello que toca y modela. La urgencia de saberse vivo a través de eso y por eso a lo que planea insuflar vida, es lo que necesita para sobrevivir.

No es la primera vez que lo piensa. De un tiempo a esta parte no tiene más propósito en la vida que aquello. Sobrevivir a través de sus obras. Inventarse un sentido de pertenencia, de permanencia. Algo que la alcance y se abra camino a través de todo lo vejado y podrido en que deviene aquello que roza su propio tacto, su propia vida.

Es demasiado que pedir a un horno, y a una quimera de barro.

Y Amanda lo sabe. Y quizás por eso es que también llora.

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Mover cuerpos luego de un asesinato

Dos figuras se movían en la oscuridad. Desde la calle, la luz de un auto alargaba parte de sus sombras hasta abarcar casi toda la altura del muro del pasillo. Mientras la luminosidad de los faros se alejaba, ambas figuras permanecían inmóviles, aunque discutiendo acaloradamente.

—Me parece que me cagaste, eh —dijo la sombra número uno. Su voz tenía un sonido más bien nasal, molesto y algo agudo, que contrastaba con la oscura imagen de la que formaban parte.

—¿Con qué? —preguntó la sombra número dos, tratando de imponer un tono de voz que rondaba al susurro.

—¿Cómo con qué? ¡Con el laburo! Te hiciste el boludo y agarraste al más flaquito —continuó el primero, ignorando el intento de su compañero de bajar el tono de la discusión.

—Dejá de llorar. Ni que fuera tanta la diferencia, ¿no ves que son mellizos? Son casi iguales.

—¿Y qué tiene que ver que sean mellizos? El mío es más gordo. Vos me re cagaste.

—Nooo… fijate ¿no ves? —remarcó el que aún hablaba en susurros, mientras alumbraba el rostro de la persona que arrastraba, con una linternita de bolsillo.

—¿Para qué me mostrás la cara? Si ya sé que tienen la misma cara de boludo. Pero este pesa más, te digo.

La voz nasal del primero, además de ser molesta al oído, tenía la particularidad de sonar medio gangosa cuando este se ponía nervioso. Por lo que cuando decía palabras como “boludo”, lo que se escuchaba era algo más parecido a un “bodudo”.

Cuando esto pasaba, su compañero, que prefería los susurros en ese tipo de situaciones, optaba por darle la razón o el gusto con tal de hacerlo callar.

—Bueno, a ver, dale. Cambiemos.

A tientas, y en la oscuridad del pasillo, ambos intercambiaron lugares.

—¿Y? ¿Tenía razón?

—Nah… apenas hay diferencia —dijo, aún susurrando, y simulando el esfuerzo la segunda sombra.

—Bueno… mejor entonces. Vamos.

El primero asomó la cabeza por fuera del pasillo que daba a la calle. Casi nadie pasaba por allí a esas horas, pero era mejor asegurarse. Luego volvió sobre sus pasos y le hizo una seña con la cabeza a su compañero, aun sospechando que su compañero jamás la vería mientras siguieran sumidos en la oscuridad.

Cuando se disponían a seguir camino y a seguir arrastrando los cuerpos, el segundo habló:

—Aguantá… —dijo, rompiendo por primera vez su tono susurrante.

—¿Qué pasó?

—Aguantá que me dio un calambre.

—¿Dónde?

—Acá en la gamba —susurró adolorido, marcando a ciegas la parte trasera y superior de su pierna derecha.

—Uh, bueno… Estirá que si no es peor—dijo el primero, por decir algo—. Viste que era más pesado —agregó luego, triunfal.

El segundo optó por no hacer caso, y por entregarse de lleno al quejido murmurante mientras frotaba con fruición la pierna acalambrada.

—Che, ¿y cómo hacemos? —dijo luego, más calmado—. La verdad que no da para arrastrarlos hasta el auto. Éste pesa un montón encima… a ver si me sale una hernia o me jodo la espalda todavía.

—… y no sé, podríamos hacer dos viajes. Entre los dos llevar cada cuerpo no sería tanto.

—Esa es buena —concedió el segundo. Por alguna razón mientras escuchaba hablar a su compañero no pudo evitar notar nuevamente como resaltaban determinadas letras o sílabas en todo lo que decía. Ya lo había escuchado varias veces, pero ahora, en medio de la noche, ese “do” nasal que largaba y que envolvía por completo a la letra “n”, como si estuviera resfriado, comenzaba a enervarlo.

El primer cuerpo que levantaron entre ambos fue el del mellizo más rollizo. No fue una decisión tomada a la ligera, ya que calculaban que era mucho mejor hacer un mayor esfuerzo al comienzo que luego al terminar. Lo acercaron hasta la parte trasera del auto que tenían estacionado en la calle a escasos metros y luego de abrir la cajuela lo acomodaron lo mejor que pudieron.

—¿Qué hacés? —dijo la sombra número dos, volviendo a susurrar.

—¿Con qué? —preguntó a su vez la sombra número uno, notando con aversión que su compañero trataba nuevamente de hacerlo bajar la voz.

—Con la cajuela. ¿No pensás cerrarla?

—¿Para qué? Si estamos a diez pasos nomás.

—¿Cómo que para qué? ¿Y si viene alguien?

—SON. DIEZ. PASOS… ¿Quién mierda va a venir? ¿Vos ves a alguien? Mirá alrededor. Hace un frío de cagarse. Los únicos dos pelotudos que andan a esta hora trabajando somos vos y yo. Y todo porque vos preferías venir a arriesgarte ahora antes que el fin de semana que sabíamos que estarían en la casa desde más temprano.

—Bueno… tampoco para que te enojés. Ya te dije que el sábado tenía el cumpleaños del tío de mi novia, ¿qué querías que haga?

—Andaaaa… ¿vos te escuchás hablar al menos? “tingui il cumpliñis del tii di mi nivia”. Bien que seguro le gusta a esa cuando le llevás plata de los laburos que hacemos.

—¿Y eso que significa?

—¿El qué?

—Dijiste “esa”, loco. Así todo ponzoñoso. ¿Qué onda?

—Booeeh… nada, dejá, dejá. Vamos a buscar al otro que falta así ya terminamos, ¿te parece?

Cuando volvieron al pasillo tantearon en la oscuridad del suelo tratando de ubicar al otro cuerpo. Al no encontrarlo de inmediato la sombra número dos sacó la linternita que tenía en el bolsillo del saco e iluminó con su haz el pasillo.

—¡No está!

—¿Qué? ¿Cómo que no está? ¿No lo habías matado?

—¡¿Yo?! Si ese era el tuyo.

—No, no, yo maté al gordo. Que está obviamente más muerto que el tuyo.

—¿Y como mierda sabés cual era el que mataste si estaba todo oscuro después de que les cortamos la luz?… Además, ¿qué es eso de “más muerto”? o está muerto o no lo está, es algo binario. No existe un estadío donde se está más muerto.

—En este momento, estoy seguro que el mío está más muerto que el tuyo, que al parecer se fue arrastrando… Ves, eso porque usás guantes. Yo con las manos le sentía toda la grasa del cogote al otro cuando lo ahorcaba… gracias a eso me aseguro del crack que cuenta. Ese que no se escucha siempre, pero que se siente en los dedos. Vos con los guantes no debés sentir una mierda.

Se quedaron callados unos segundos, envarados por el frío de la noche y la cuestión del momento.

—Bueno, ya fue… vamos —resolvió el número dos.

—Pero, no debe estar lejos… además, ¿al que nos contrató que le decimos?

—Nada.

—…

—Mirá. Ahora vamos, le cortamos la cabeza al gordo de la cajuela, la ponemos en una bolsa bien grande. De un lado ponemos la cabeza y del otro la llenamos de papel o lo que sea, y cuando se la mostramos tratamos de distraerlo para sacar la misma cabeza las dos veces. Giramos un poco la bolsa antes y ni cuenta se va a dar, si son mellizos aparte.

—¡Pero este es más gordo! Si los conoce bien a ambos se va a dar cuenta que lo queremos cagar.

—Y dale con que este es más gordo. Apenas si se notaba la diferencia, che… Además hace un frío de cagarse. ¿Vos te querés pasar lo que queda de la noche buscando al hermano de este?

—Y… no, la verdad que no. Pero la cabeza la cortás vos, que sos el que te mandaste la cagada.

—Sí, dale. Ya fue. Vamos al auto.

Ya en el auto en marcha y alejándose, el de la sombra primera comenzó a reírse gangosamente.

—¿Y ahora…?

—Nada, nada… ¿Adónde tenés que ir mañana temprano, eh?

—Ehmm, ¿por qué? A ningún lad- … dejá de reirte querés. Quedé en ir a buscar un disfraz para la fiesta del fin de semana. Dejá de reirte, forro.

Donde mueren los cuentos

Me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

Puede que ambas tengan infinitas formas y manifestaciones con cuales relacionarlas, pero en este momento no puedo asociarlas con otra cosa que no sean mis manos. Como si en ellas convivieran el abismo y el vértigo de la palabra.

¿Será por eso de que a veces me gusta escribir? ¿O por aquello de que toco la guitarra?

Tengo la manía de que, en mis cuentos, cuando alguno de los personajes tiene un conflicto se mira las manos, como si no creyera en ellas, como si el hecho de su misma existencia fuera cuestionado o curiosamente admirado. Hace poco comencé a notar que practico el mismo gesto en ocasiones similares: me detengo, miro mis manos vacías, las flexiono, las cierro en puño y las observo. No sé si es algo que de manera inconsciente introduje en los escritos por hacerlo yo de manera continua, o tan sólo algo que imité de mis propios personajes. Suelo hacer eso. Conjuro e invento mis propias manías y miedos.

Una vez, visitando a unos amigos, en medio de una charla me levanté, me metí en su habitación, y cerré las puertas del ropero, que podía ver abiertas desde la cocina en donde estábamos. Cuando volví, sin que nadie me preguntara, me justifiqué diciendo que si las dejaban abiertas las puertas del ropero se comían tus sueños. Lo dije quizás tan sólo por decir algo, sin pensarlo demasiado, pero en el momento en que lo dije en voz alta y que alguien lo escuchó, aquello se hizo carne en mí.

No sé si tiene mucho sentido la verdad, pero asocio inmediatamente a la puerta abierta del ropero con el vacío; una gran boca que de noche y a oscuras fagocita tus sueños y tus silencios. Y no es un monstruo. Sino que es el vacío mismo apropiándose de los espacios que dejás sin habitar y sin llenar de historias.

Allí, en el vacío, que es la fuente de mis miedos, es donde van a morir las cosas que escribo y que nadie va a leer. Las canciones que nadie nunca va a escuchar. La voz que grita, que calla, que otorga, que cede, que se tuerce y se estira hasta descarnarse en un suspiro. No porque desaparezcan, sino porque son negados.

Y no es un lugar al que se va, tan sólo al que se llega.

Allí, apretados entre los intersticios del silencio, es donde van a morir los cuentos, las palabras y los discursos bienintencionados.

¿Por qué escribir esto? ¿Para qué leerlo? ¿Por qué tarareo esa maldita canción en mi cabeza sin parar a las dos de la mañana? ¿Para qué discutir o intentar siquiera refutar cualquiera de las ciento ochenta y tres palabras estúpidas que acaban de salir de tu boca o de la mía?

No es un lugar muy bonito, pero sí muy cómodo.

Y el camino hasta él, que a su vez es caída y olvido, está sedimentado por las dudas que son tan mías como tuyas. Pero más mías ahora porque escribo sobre ellas.

Luego de un tiempo allí ya no hay más preguntas ni cuestionamientos, sólo respuestas y endeble aceptación.

El lugar al que más temo es aquel donde mueren los cuentos.

Quizás por eso a veces escribo, para no ceder al vacío, para no alimentarlo. Y en las pausas, cuando temo y dudo de mi mismo, miro mis manos para confirmar que aún siguen allí, y las observo moverse, las obligo a habitar los silencios e inventar historias.

Porque me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

 

Cadena de pensamientos al azar, con motivo del primer año del blog

Asiento libre

—Sientesé, señora.

—¿Seguro, nene? Mirá que te ves más cansado que yo, eh.

—Sí, sí, por favor.

—Bueno, gracias… ¿venís de laburar, vos?

—Sí… de trabajar, y de estudiar. Ahora que llego a casa encima tengo que preparar unas cosas y después ver si hago un poco de tiempo para drogarme antes de ir a dormir.

—… ¿perdón?

—De drogarme, digo. Si hago tiempo y termino rápido lo del laburo, tengo ganas de drogarme.

—Aaaah… había entendido cualquier cosa, pibe, jaja. ¡Con razón! Escuché “rogarme” y no entendía una mierda.

—¡No! Jaja, “rogarme” no. No sabría ni por donde empezar.

—Siii, no, si yo tampoco, no te creas… y decime ¿con qué te das?

—Y, depende. Hasta hace poco me inyectaba cualquier pelotudez, pero ahora estoy probando un poco de mescalina diluida en rivotril líquido, y me está yendo re bien.

—¿Rivotril líquido? En mis épocas nos empastillábamos con esa cosa, nomás.

—Sí, ya sé. Si mi viejo me cuenta cada cosa a veces.

—Ah, tu viejo debe ser de los míos entonces… che, ¿y con eso qué hacés?¿te lo tomás como un jarabe?

—Noooo, si sale re caro una botellita de mierda de esas en la droguería. Aparte si se me va la mano con el trago capaz que paso para el otro lado. No, lo que hago es ponerme un par de gotas en cada ojo y ahí te pega al toque.

—¡Pero te vas a quedar ciego así!

—Naah, no pasa nada. Además siempre compro de marca por las dudas. Lo que hay que tener cuidado nomás es de fijarse cada tanto la fecha de vencimiento, porque si llega a estar muy pasado se te llenan los ojos de manchas después… si a un amigo de mi prima terminaron suicidándolo por eso. Dicen que compró un pack al mayorista y parece que le mandaron encanutado dentro algo de un lote vencido o algo así, y el loco empezó a ver manchas de gatos por todos lados, “gatos angoras”, decía que eran. Y después, claro, terminó volviéndose loco el pobre.

—Pobrecito… igual, escuchame, que gente de mierda para venderte algo vencido, eh.

—Y sí… todos siempre están tratando de cagarte pareciera.

—¿No le hicieron juicio a la empresa al menos?

—Al principio. Pero vio que nadie se hace cargo de nada ahora. Además esos tienen toda la guita, ¿qué vas a hacer? Si ellos quieren te la alargan todo lo que pueden, y después a uno ya ni le alcanza para comer… te terminás rindiendo por cansancio nomás cuando es así.

—Y, sí, la verdad… Bueno, mirá, un placer charlar con vos. Arrimate, que yo ya me bajo en la próxima, así cuando me levanto te sentás, ¿hasta dónde vas vos?

—¿Yo? Hasta la estación de Chibari.

—¿Chibari?… Decime, nene, ¿no serás medio shiqma, vos, no?

—Sí, por parte de mi viejo.

—¡Ah, pero sos un hijo de puta! ¿Por qué no te vas a la mierda?

—¿Eh? ¿Qué carajos le pasa?

—¡¿Por qué no me avisaste?! ¡Ahora me voy levantar toda llena de baba, mañana, por culpa de la mierda esa que transpiran ustedes por el culo!¡Forro!¡¡Babosero!!

—¡Pero por qué no se va un poco a la mierda, señora! Todo el mundo sabe que los tercera generación no tene-

—Salí, salí, ni me hablés. ¡Correte!, dejame pasar, a ver si todavía me llenas todo de esporas la cabeza también… ¡lo único que faltaba ahora! ¡¡Un shiqma babosero usando el puto colectivo!!

—¡Mah sí! ¡Andá a cagar vieja del orto!… ¡Andáaaaa…! ¡¡Andá a hacerte coger por un crezonte la concha de tu madre!!… qué vieja de mierda ésta, me dejó re caliente… ¿puede creer, Don? Se manda cualquiera.

—… y vos que querés, pibe, también. Tenía cara de xanle la vieja… son todos putos esos.

Dialogos apócrifos

Alrededor del amor

 

—Pero no tiene nada que ver eso con el amor

—¿Cómo que no? ¿a qué te referís?

—Porque el amor no se construye de a uno. Eso es otra cosa. La imagen que nos construimos del otro refiere a un ideal, no a la persona real. Por eso, el estar/sentirse enamorado y el amor en sí, son dos cosas esencialmente diferentes, para mí.

—Pero si yo te digo que estoy enamorado, eso tiene validez, tiene peso. Incluso hasta va más allá del otro. Lo que yo siento es real, o incluso más, que ese otro.

—Yo no dije que no. El amor puede tener su eslabón inicial en esa emoción desaforada y personal que vos sentís. Pero sin la acción del otro, muere en eso. No llega a ser amor. Es una derivación, un placebo, una paja mental, llamale como quieras.

—Ah, pero al final sos un tibio de mierda vos.

—jaja… ¿por qué? ¿porque te digo que preciso del otro para concebir la idea del amor?

—No. Porque todo eso me suena a que no te permitís enamorarte sino estás del todo seguro que el otro sienta algo por vos… pero el amor no pide permiso. Y vos no buscás amar, vos buscás que te amen. Y eso cambia substancialmente todo.

—Creo que no me estás entendiendo. Yo no te tomo la mano, ni busco en el fondo de tus ojos tan sólo una manera de no ahogarme en la soledad. Yo busco… No. Yo necesito la combustión de lo eterno, asirlo entre mis manos, abrazarlo, hacerlo carne. Quiero que el amor nazca en mí, lo ansío. Pero quiero que lo haga a través del otro porque necesito al otro, sino no sé si ese ideal que fabulé y me construí puede de veras existir.

—Entonces, ¿tengo que creerte que nunca te enamoraste?

—No así… no, creo que lo sabría. Tal vez hasta me sienta incapaz de ello a veces. Pero no por no haber experimentado la magia dejo de creer en ella.

Antitrinchante

La primera acción del Hegemón fue prohibir por decreto el uso de tenedores.

A partir de ese día en adelante cualquier utilización pública de aquel cubierto falaz estaría penado con la muerte.

Fue una decisión en apariencia azarosa, basada en las recomendaciones de su corte de consejeros: “Su primera acción debe ser prohibir algo”, le habían dicho “No importa qué. Pero debe demostrar que tiene el poder”.

Aquella decisión, en un principio tomada a la ligera por la población toda, terminó por dividir el mundo en dos.

Los primeros en mostrar abiertamente su apoyo fueron los pueblos orientales, que para ese entonces formaban las tres octavas partes de la población mundial. Sentían en su fuero interno, apasionadamente, que esta primera decisión del Hegemón era una declaración de sus principios que los representaba y exaltaba como comunidad y como filosofía de vida. “Palitos chinos o muerte” rezaban las pancartas y graffitis que comenzaron a inundar las calles y las plazas en toda congregación política.

El resto del mundo ni siquiera le prestó atención a tal cosa. Después de todo era, objetivamente hablando, una ley sin peso en el devenir de la vida y del día a día, imposible de aplicar. Así que siguieron su vida como si nada. Comían fideos con tuco como siempre, enrollando el espagueti, y cuidando de no mancharse los pantalones o la camisa con el último tirón de absorción, pero nada más. Para el resto no tenían más que cerrar la puerta y todo quedaba entre familia.

Pero luego comenzaron los rumores. Al hijo de los González, al más chico, lo agarraron en la plaza y se lo llevaron; estaba comiendo la vianda de puré con milanesa que le había preparado la madre para comer en la pausa de almuerzo de la fábrica. Y no estaba solo, ese día se llevaron a otras quince personas del mismo lugar. Los cargaban en una camioneta color índigo, sin inscripciones, ni matricula, y jamás se los volvió a ver. “La antitrinchante” le decían a esta fuerza parapolicial surgida del seno de una prohibición ridícula.

Así que todos comenzaron a cuidarse más a la hora de sus comidas. E incluso de la mirada ajena, pues se sabía de los famosos acusadores del trincheo.

Se trataba de cocinar generalmente sopas o picadas; todo con tal de evitar caer en la tentación. Los hábitos se modificaron sustancialmente a raíz de esto, con un nivel de aceptación masivo a nivel mundial tal, que en los primeros tiempos hubiera parecido imposible. Forzada por la coerción social y militar, toda persona, fue acostumbrándose a lo largo de los años a dejar de lado el uso del tenedor.

La siguiente generación de hijos creció marcada por la valoración de este hecho social: usar aquel artilugio para la ingesta de comida era un acto estigmatizado que merecía y debía ser castigado por todos, sin miramientos, ni piedad. “Si no tocás lo que comes”, planteaban efusivamente a los detractores, que disminuían hasta lo invisible, “¿cómo sabés lo que comes?… ¿cómo sabés lo que sos?”.

La primera y más importante de las organizaciones revolucionarias que surgió para oponerse a esto fue la llamada Cofradía de las cuatro puntas, un grupo de estudiantes de gastronomía que se conformó en el tercer decenio del mandato del Hegemón. Al comienzo sólo aparecían como una contracultura sutil que se simulaba en el ámbito artístico de la música under, y en algún que otro concurso de comidas olvidadas o dejadas de lado. Pero de a poco fueron mostrándose como la alternativa a la política dominante. Algo importante si se tiene en cuenta que la aceptación del Hegemón había sido incuestionable desde hacía tiempo. Pero lamentablemente no supieron como avanzar a partir de allí. De ellos sólo terminó quedando el recuerdo de su acto más contestatario y arriesgado, que había sido el de tirar tenedores tallados en madera desde los edificios más importantes del mundo, en el aniversario de la ley antitenedor. Fue este el primero de muchos errores que les valdrían el desprecio de las pocas personas que los apoyaban.

Cuarenta y tres años después de aquel decreto que supo modelar a nueva toda una población mundial, el Hegemón fue encontrado muerto en su habitación. Los pulmones le habían fallado en pleno sueño. Los datos de la autopsia y los comentarios suministrados por su esposa de toda la vida, ayudaron a determinar la causa de esta fatalidad inesperada. “Vivió a sorbete la mitad de su vida adulta”, aseguraba la mujer, orgullosa. “En el último tiempo ya apenas si podía chupar más que agua licuada con pollo y calabaza. Pero así y todo siempre se negó de corazón a usar tenedor o algún elemento análogo. Se negaba a quebrar la ley por él mismo impuesta, incluso en detrimento de su propia salud. Por esto y tal vez también por la tendinitis aguda que lo aquejaba en ambas manos desde pequeño. Pero al evocar su memoria, nadie podrá negar jamás, que era un hombre consecuente con su pensamiento y decisiones”.

Julián

La recepcionista tenía las tetas asimétricas. La izquierda, la teta corazón, era notablemente más grande que la de la derecha. Julián ni siquiera podía intentar simular que no estaba viéndola, era casi hipnótico.

Pero hay que entenderlo a Julián; en realidad él es un tipo sencillo, bastante predecible si se quiere. Y las cosas como ésta casi que lo descolocan. Es que él es de los que le gusta preparar la ropa para el trabajo la noche anterior, perfectamente doblada, el que esquiva meticulosamente las baldosas flojas de la vereda, de esos que se levantan temprano el día que tienen franco sólo para ir a comprar el diario. Julián programa hasta el día de la semana en que va a masturbarse. Él es así, que se yo. Entonces cuando se le aparece una variable de éstas, de esas que te muestran lo hermoso que puede llegar a ser el azar, representado así, todo turgente, Julián no puede más que quedarse estupefacto y congelado, mirando como un boludo.

Además, hay que decirlo, a Julián la mina lo calienta por sobremanera. Aunque no, claro, él no lo va a razonar así. Él va decirse a sí mismo que se siente extrañamente atraído por la recepcionista del natatorio (ni siquiera pileta va a decir, natatorio le va a mandar). Porque así es como funciona Julián. Y tampoco va a admitir, jamás en la vida, ni a sí mismo ni a nadie, que la razón por la que le gusta la mina es por esto de las tetas asimétricas.

Y es que debe haber algo ahí, eh. Una cosa así, profunda de su pasado, como que nunca le dieron la teta de chiquito, ponele. O que siempre, en los cumpleaños de otros nenes, le daban la porción de torta más desproporcionada, no sé. Lo único seguro es que Julián se quedó mirándole los pechos a la recepcionista por minuto, minuto y medio más o menos. Lo cual es una barbaridad; porque calculá, uno cuando va a al gimnasio o a natación o lo que sea, ¿cuánto tiempo interactuás con el otro, si no hay buena onda? Nada, apenas unos segundos, le dejás la tarjeta y te vas a cambiar, o a lo sumo saludás, o hablas del clima y enseguida te las tomás. Pero Julián había estado como media hora ahí congelado frente al mostrador relojeándole las gomas a la mina.

Está bien, media hora no, pero calculale cinco minutos por lo menos, dos y medio para cada teta. ¿Cómo esperás que reaccione la mina después de eso? Porque la mina está ahí laburando, no está para que vos le mires las tetas. Menos por cinco minutos.

Pero Julián zafó, ¿podés creerlo? A lo sumo, le habrá puesto cara de orto, algo así, básico, apenas una reprimenda facial. La mina se la dejó pasar. Cualquier otra lo hubiera mandado bien a la mierda, o le hubiera dicho la clásica “si querés sacale una foto también”. Pero no, Julián zafó. Aunque claro, bastó esto apenas para que Julián despertara de su estado semiinconsciente para huir hacia el vestuario todo hecho un manojo de culpas y de vergüenza aburguesadas. Porque sí, él no era capaz de algo así, ni mucho menos. Él era de los que daban siempre el asiento en el colectivo, de los que dicen perdón y gracias en todo momento, incluso cuando a nadie le importa. Julián nunca le hizo un piropo a su madre, ni a su hermana, ni a la vecina que lo ayudaba con la tarea de pendejo; todo con tal de mantener el decoro y la virtud. O por falta de imaginación nomás, andá a saber.

La cosa es que Julián estuvo dele que dele maquinarse toda la hora, mientras nadaba, de como carajo iba hacer para disculparse, o para hacerse el boludo, o al menos para irse lo más rápido sin que lo vieran. Calculó que en la tarjeta del natatorio le quedaban dos o tres clases todavía, porque el mes recién si empezaba apenas. Pero llegó a la conclusión que eso era lo de menos. Porque prefería evitar a toda costa el enfrentamiento, o la discusión, o cualquier tipo de situación en la que la gente lo observara y lo criticara de cualquier manera posible.

Así que Julián se cambió a las apuradas. Ni siquiera se bañó. Se calzó la mochila y esperó tras el muro que había junto al vestuario. Esperó cerca de diez minutos hasta escuchar que la recepcionista se alejara. Y después se las tomó corriendo.

Demás está decir que fue la huida menos digna que se haya presenciado en la puerta de aquel y de cualquier natatorio. Julián había estado haciendo natación, y las piernas no le daban para correr mucho que digamos, así que antes de llegar a la vereda trastabilló como dos veces.

Cuando escuchó, o creyó escuchar, que lo llamaban corrió más rápido. Ni siquiera miró para atrás. Cualquiera que lo hubiera visto, pensaría que lo perseguía un fantasma o algo.

Julián no volvió más al natatorio. Ni tampoco a cualquier lugar ubicado en la cercanía del mismo, en un radio de más o menos quince cuadras. Había marcado un mapa que se consiguió de la zona y todo, para asegurarse.

Ahora corre en la plaza del barrio todas las mañanas antes de ir a trabajar. Y en invierno se caga de frío.

Catarsis etílica de un viajero temporalnoespacial

¿Por qué razón viajarías al pasado? Sólo para intentar cambiarlo… pensalo así: lo único plausible es el viaje temporal, no el espacial, solamente sos capaz de moverte, de navegar, por el mar de tus experiencias vividas. Entonces, ¿qué razón válida tendrías para aventurarte en tal viaje?, ¿la curiosidad? ¿la necesidad imperiosa de revivir algún momento? No, sólo lo harías para intentar corregirlo, arreglarlo. Te subirías a esa ventana temporal a la primera oportunidad, porque de alguna manera algo dentro tuyo siempre maquinó con el “que tal sí”… y querés descifrarlo, querés subirte a aquel tren, a aquella combinación de colectivos que te transportan a la persona que representa tu pasado y lo que fuiste. Pero lo terrible es que es casi imposible adentrarse en el pasado sin vestirse de aquel que fuiste, de aquello que juraste no volver a ser. Y entonces ya de primeras hay un resquemor molesto, de cosas gastadas, que te sube por la garganta cuando intentás permanecer impasible ante las consecuencias que  te provoca aquel viaje en el tiempo. ¿Sos vos realmente? ¿o sos el eco de un recuerdo reprimido? No importa. De veras, en serio, no importa. Porque el pasado no existe más que como evocación, como anhelo reprimido; por eso nadie vive en él. Y sí lo hacés no sos más que un idiota, un tipo que utiliza el silencio como una mortaja para justificar las cosas que no puede manejar, o que ni siquiera se atreve a intentar… es entonces cuándo te das cuenta: esto ya lo viví ¿para qué mierda estoy acá? ¿eh? Estoy acá porque una parte de mí pensó que el pasado es una plastilina maleable que se puede deformar a su antojo. Y los recuerdos son nada; son la voz interna que se suicida ante la sola presencia de unos ojos color madera y una risa estrepitosa. Y me vuelvo idiota; así en un suspiro. Soy pasado, soy alcohol, soy error, soy una sonrisa etílica detenida en el misterio de su voz. Y por eso me voy. Huyo de la conciencia de saberme prisionero del pasado. ¿Existe algo peor? Observo aquel momento repetirse intensamente, internamente, en un loop de movimientos estúpidos y cíclicos que me van comiendo vivo… y me muevo en la noche, en la oscuridad, apretado en cada una de mis decisiones incorrectas o al menos imperfectas; porque de eso estoy seguro, yo me muevo, y vos también, pero el llamado de tu voz es un grito imposible de no escuchar… y me transporta, y me mata, y me desarma, me muere, me sueña, me desangra… me muere, me sueña, me desangra…