Donde mueren los cuentos

Me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

Puede que ambas tengan infinitas formas y manifestaciones con cuales relacionarlas, pero en este momento no puedo asociarlas con otra cosa que no sean mis manos. Como si en ellas convivieran el abismo y el vértigo de la palabra.

¿Será por eso de que a veces me gusta escribir? ¿O por aquello de que toco la guitarra?

Tengo la manía de que, en mis cuentos, cuando alguno de los personajes tiene un conflicto se mira las manos, como si no creyera en ellas, como si el hecho de su misma existencia fuera cuestionado o curiosamente admirado. Hace poco comencé a notar que practico el mismo gesto en ocasiones similares: me detengo, miro mis manos vacías, las flexiono, las cierro en puño y las observo. No sé si es algo que de manera inconsciente introduje en los escritos por hacerlo yo de manera continua, o tan sólo algo que imité de mis propios personajes. Suelo hacer eso. Conjuro e invento mis propias manías y miedos.

Una vez, visitando a unos amigos, en medio de una charla me levanté, me metí en su habitación, y cerré las puertas del ropero, que podía ver abiertas desde la cocina en donde estábamos. Cuando volví, sin que nadie me preguntara, me justifiqué diciendo que si las dejaban abiertas las puertas del ropero se comían tus sueños. Lo dije quizás tan sólo por decir algo, sin pensarlo demasiado, pero en el momento en que lo dije en voz alta y que alguien lo escuchó, aquello se hizo carne en mí.

No sé si tiene mucho sentido la verdad, pero asocio inmediatamente a la puerta abierta del ropero con el vacío; una gran boca que de noche y a oscuras fagocita tus sueños y tus silencios. Y no es un monstruo. Sino que es el vacío mismo apropiándose de los espacios que dejás sin habitar y sin llenar de historias.

Allí, en el vacío, que es la fuente de mis miedos, es donde van a morir las cosas que escribo y que nadie va a leer. Las canciones que nadie nunca va a escuchar. La voz que grita, que calla, que otorga, que cede, que se tuerce y se estira hasta descarnarse en un suspiro. No porque desaparezcan, sino porque son negados.

Y no es un lugar al que se va, tan sólo al que se llega.

Allí, apretados entre los intersticios del silencio, es donde van a morir los cuentos, las palabras y los discursos bienintencionados.

¿Por qué escribir esto? ¿Para qué leerlo? ¿Por qué tarareo esa maldita canción en mi cabeza sin parar a las dos de la mañana? ¿Para qué discutir o intentar siquiera refutar cualquiera de las ciento ochenta y tres palabras estúpidas que acaban de salir de tu boca o de la mía?

No es un lugar muy bonito, pero sí muy cómodo.

Y el camino hasta él, que a su vez es caída y olvido, está sedimentado por las dudas que son tan mías como tuyas. Pero más mías ahora porque escribo sobre ellas.

Luego de un tiempo allí ya no hay más preguntas ni cuestionamientos, sólo respuestas y endeble aceptación.

El lugar al que más temo es aquel donde mueren los cuentos.

Quizás por eso a veces escribo, para no ceder al vacío, para no alimentarlo. Y en las pausas, cuando temo y dudo de mi mismo, miro mis manos para confirmar que aún siguen allí, y las observo moverse, las obligo a habitar los silencios e inventar historias.

Porque me gusta contar historias, y mi peor miedo es el vacío.

 

Cadena de pensamientos al azar, con motivo del primer año del blog

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Dialogos apócrifos II

—¿De qué hablás, Amaro? ¿Vos te escuchás a vos mismo cuando hablás?…

—María… escuchame. Necesito que por un momento no me interrumpas. Sé que suena extraño, pero necesito que escuches, y sobre todo que intentés comprenderme… creo que encontré la forma de curarte.

—…

—…

—Soltame… no me gusta cuando te ponés así.

—No, María, no entendés. Estoy hablando en serio.

—¿Pero de qué estás hablando, Amaro? Decís cosas sin sentido… una cueva, alguien llamado Supay… ¡Y Josué! ¿Qué tiene que ver Josué con todo esto?

—Algo…

—…

—El Supay es un “algo”, no creo que pueda ser un alguien. Nos necesita para ser un alguien. Nosotros le damos eso que lo hace ser un “alguien”.

—Bueno… ya está. Suficiente. Me voy a dormir, Amaro.

—Dejame explicarte mejor ¿Me dejás explicar? Necesito al menos decirlo en voz alta una vez, porque sino siento que va a desaparecer de mi mente, como el residuo de un sueño. Así que por favor, escuchá… En Sacháyoj, Santiago del Estero, en pleno monte, existe una cueva. Nunca está en el mismo lugar, y es muy raro encontrarla dos veces en la misma vida. Pero existe. En su interior, en el vientre oscuro de la cueva misma, hay un algo, un algo que también puede llegar a ser un alguien, todo va a depender de los ojos de la necesidad con que lo mires, porque el espejo de nuestros ojos siempre refleja nuestros miedos y nuestras peores miserias… a ese ser le llaman Supay.

—Suena como algo que les cuentan a los niños para que no se escapen en la hora de la siesta.

—Es que el miedo y las historias están entrelazados por múltiples combinaciones.

—¿Debería tener miedo de lo que contás, entonces?

—Sólo si motiva tu curiosidad y me permite terminar de enlazar los puntos sueltos de lo que estoy contando… El Supay es casi una fuerza de la naturaleza, es parte del Sacháyoj, de el Señor del bosque, como también lo son el río y las plantas. Pero no existen muchos que lo busquen, ni que reconozcan haberlo encontrado.

—Y vos conoces a alguien casualmente, imagino.

—Sí… a Josué.

—Josué… ¿Tu Josué? ¿nuestro Josué se encontró con este Supay?

—No de casualidad. Lo buscó por años. La historia de la cueva de la salamanca es contada en muchas partes, con diferentes variantes, sobre todo en Santiago. Pero él sabía que iba a poder verla, sólo necesitaba dar con la zona, el pueblo correcto dónde la historia tuvo su germen.

—¿Y por qué estaba tan seguro de que iba a ser capaz de verla?

—Por el peso de su miseria.

—Te das cuenta que estás hablando de nuestro amigo, ¿no?… Yo lo conozco a Josué, Amaro. ¿De que clase de miseria me hablás? ¿No tendríamos que haberla notado acaso?

—No necesariamente. Aquello de lo que estoy hablando no es algo que uno pueda exhibir orgulloso ante la mirada de los otros… Es diferente para vos. Y puede que no lo entiendas del todo porque tu manera de ver y afrontar el mundo dista de la del común en general.

—Claro, porque yo cargo mis miserias a la vista de todo el mundo, en una cómoda silla de ruedas, para que sea más fácil transportarla y todo, ¿eso querés decir?

—No, María. Sabés que eso no es lo que quiero decir… incluso ahora, cuando intentás ponerte en el lugar de víctima (que por lo cierto, no te calza), lo hacés para marcar errores en mi discurso, fallas en cualquier tipo de justificación que pueda planear para convencerte o simplemente discutirte una opinión a la par tuya. Cuando hacés esto siempre lo hacés desde la sinceridad, desde la honestidad pura… y esto en última instancia es lo que quizás te salvaguarda y a la vez te ciega ante la miseria.

—¿Y cuál es la tuya, Amaro? Según vos todos al parecer cargan con una miseria que los carcome por dentro.

—La mía ya la sabés… Mi peor miseria es mi egoísmo. Y es miseria porque se entremezcla con el amor, porque tiene que ver con vos… porque te amo, y te quiero junto a mi, y te quiero bien, y te quiero por siempre. Y no toleraría siquiera la idea de que esto no fuera posible… y todo lo demás no me importa nada.

—Amaro…

—No. Dejame terminar… por favor… Josué me contó la historia del encuentro hace mucho. Pero no lo hizo para motivarme a buscarlo, sino quizás como una descarga, o una confesión. Tuve que obligarlo a decirme el lugar.

—¿Y que pidió? ¿Qué era lo que deseaba con tanta fuerza como para buscar a este Supay?

—Trascender… Josué deseaba trascender y ser recordado más que otra cosa. Así de enorme era el tamaño de su miseria y también el precio que acabó pagando por ella.

 

Escena de dialogo de cuento inédito desechada

Boca quimera

En el bosque de los símbolos me encontré con tu boca. Allí, bajo su sombra de infinito sopor, dormí una siesta que casi me aniquila. Desperté ciego y con el sabor amargo e inconfundible de tus letras muertas infectando mi boca, aquel que otrora cayera de tus labios como savia primigenia. Nunca olvidé su sabor.

Tanteé el suelo, en busca del sendero, buscando escapar. Pero cuando finalmente lo hallé, dudé de mi camino; pues temí perderme, temí tu silencio.

Resolví quedarme. Esperar tu regreso. Custodiar tus palabras y tu boca quimera.

Que ahora son mías, como tuya mi libertad.

Asiento libre

—Sientesé, señora.

—¿Seguro, nene? Mirá que te ves más cansado que yo, eh.

—Sí, sí, por favor.

—Bueno, gracias… ¿venís de laburar, vos?

—Sí… de trabajar, y de estudiar. Ahora que llego a casa encima tengo que preparar unas cosas y después ver si hago un poco de tiempo para drogarme antes de ir a dormir.

—… ¿perdón?

—De drogarme, digo. Si hago tiempo y termino rápido lo del laburo, tengo ganas de drogarme.

—Aaaah… había entendido cualquier cosa, pibe, jaja. ¡Con razón! Escuché “rogarme” y no entendía una mierda.

—¡No! Jaja, “rogarme” no. No sabría ni por donde empezar.

—Siii, no, si yo tampoco, no te creas… y decime ¿con qué te das?

—Y, depende. Hasta hace poco me inyectaba cualquier pelotudez, pero ahora estoy probando un poco de mescalina diluida en rivotril líquido, y me está yendo re bien.

—¿Rivotril líquido? En mis épocas nos empastillábamos con esa cosa, nomás.

—Sí, ya sé. Si mi viejo me cuenta cada cosa a veces.

—Ah, tu viejo debe ser de los míos entonces… che, ¿y con eso qué hacés?¿te lo tomás como un jarabe?

—Noooo, si sale re caro una botellita de mierda de esas en la droguería. Aparte si se me va la mano con el trago capaz que paso para el otro lado. No, lo que hago es ponerme un par de gotas en cada ojo y ahí te pega al toque.

—¡Pero te vas a quedar ciego así!

—Naah, no pasa nada. Además siempre compro de marca por las dudas. Lo que hay que tener cuidado nomás es de fijarse cada tanto la fecha de vencimiento, porque si llega a estar muy pasado se te llenan los ojos de manchas después… si a un amigo de mi prima terminaron suicidándolo por eso. Dicen que compró un pack al mayorista y parece que le mandaron encanutado dentro algo de un lote vencido o algo así, y el loco empezó a ver manchas de gatos por todos lados, “gatos angoras”, decía que eran. Y después, claro, terminó volviéndose loco el pobre.

—Pobrecito… igual, escuchame, que gente de mierda para venderte algo vencido, eh.

—Y sí… todos siempre están tratando de cagarte pareciera.

—¿No le hicieron juicio a la empresa al menos?

—Al principio. Pero vio que nadie se hace cargo de nada ahora. Además esos tienen toda la guita, ¿qué vas a hacer? Si ellos quieren te la alargan todo lo que pueden, y después a uno ya ni le alcanza para comer… te terminás rindiendo por cansancio nomás cuando es así.

—Y, sí, la verdad… Bueno, mirá, un placer charlar con vos. Arrimate, que yo ya me bajo en la próxima, así cuando me levanto te sentás, ¿hasta dónde vas vos?

—¿Yo? Hasta la estación de Chibari.

—¿Chibari?… Decime, nene, ¿no serás medio shiqma, vos, no?

—Sí, por parte de mi viejo.

—¡Ah, pero sos un hijo de puta! ¿Por qué no te vas a la mierda?

—¿Eh? ¿Qué carajos le pasa?

—¡¿Por qué no me avisaste?! ¡Ahora me voy levantar toda llena de baba, mañana, por culpa de la mierda esa que transpiran ustedes por el culo!¡Forro!¡¡Babosero!!

—¡Pero por qué no se va un poco a la mierda, señora! Todo el mundo sabe que los tercera generación no tene-

—Salí, salí, ni me hablés. ¡Correte!, dejame pasar, a ver si todavía me llenas todo de esporas la cabeza también… ¡lo único que faltaba ahora! ¡¡Un shiqma babosero usando el puto colectivo!!

—¡Mah sí! ¡Andá a cagar vieja del orto!… ¡Andáaaaa…! ¡¡Andá a hacerte coger por un crezonte la concha de tu madre!!… qué vieja de mierda ésta, me dejó re caliente… ¿puede creer, Don? Se manda cualquiera.

—… y vos que querés, pibe, también. Tenía cara de xanle la vieja… son todos putos esos.

Casi

Laureano nació un 29 de Febrero de un año bisiesto, en el límite exacto e imaginario de una ciudad sureña y confederada de los Estados Unidos, y otra abolicionista. Hijo de una madre esclava y de un esclavista terrateniente de bigotes largos y apellido doble. Nació mulato, enclavado en la ambigüedad que le daban el color tostado, casi claro de su piel y la heterocromía de sus ojos; uno verde y otro azul. “Casi podría ser blanco”, dijo su madre al verlo por primera vez, luego de parirlo en el fondo de una carreta. Y aquel “casi” lo definió por gran parte de su vida.

Fue criado a escondidas, en el granero de un nuevo dueño, un nuevo amo. Aprendiendo de su madre palabras en Francés y modales de señorito Inglés, mientras que de los demás esclavos mamaba el amor por el canto y los tambores. Nunca entendió que su madre no fuera capaz de traducir para él ninguna de aquellas palabras al Francés o al Inglés. Eran palabras con vida y ritmo propios, como si al hablar y cantar en ese idioma de esclavos fuera en realidad parte de lo mismo.

En su adolescencia, Laureano se escapaba del granero, se vestía con ropas de amo y se escabullía en las kermesses del pueblo. Despertaba miradas y murmullos, recelos y preguntas. Pero sobre todo despertaba pasión en las mujeres. Y él se aprovechaba de eso.

Cuando se convirtió en adulto su madre lo separó del grupo y lo confrontó. “Hoy dejás de ser negro”, le dijo. Luego le dio unas cuantas monedas, ropa bonita y una pipa hecha de nogal. Le explicó con un mapa rudimentario como llegar a los campos de su padre y le detalló exactamente lo que iba a decir. Si todo salía bien, él ocuparía el lugar de un primo desconocido de un país del otro lado del mar.

Al alejarse, todo lo que Laureano podía pensar era en lo diferente que se sentiría si su madre en lugar de haber dicho lo que dijo, le hubiera dicho “Hoy dejás de ser esclavo”.

Todo salió como lo planeado, y Laureano pudo vivir junto a su padre sin que este lo supiera.

Pero no lo soportaba. Se escapaba a las fiestas de negros y se encamaba con esclavas por placer.

En la noche del 29 de Febrero de su vigésimo aniversario de vida, Laureano asesinó a su padre, mientras este dormitaba, clavándole la pipa de nogal en su carótida.

Con la sangre aún fresca en sus manos y una bolsa llena de monedas doradas, regresó a buscar a su madre. Pero ésta lo negó, lo hechó y lo maldijo en una mezcla timorata de idiomas escupidos en su rostro.

Laureano se alejó de ella a paso lento, pero decidido. Y con la sangre que coloreaba sus manos, escribió en la pared del granero donde se crió, en idioma de negros, la frase que más tarde colmaría las ciudades en los albores de la guerra civil: ¿Qué harías si no tuvieras miedo?

 

Ejercicio de escritura en base a una frase de un graffiti — “¿Qué harías si no tuvieras miedo?” —

Dialogos apócrifos

Alrededor del amor

 

—Pero no tiene nada que ver eso con el amor

—¿Cómo que no? ¿a qué te referís?

—Porque el amor no se construye de a uno. Eso es otra cosa. La imagen que nos construimos del otro refiere a un ideal, no a la persona real. Por eso, el estar/sentirse enamorado y el amor en sí, son dos cosas esencialmente diferentes, para mí.

—Pero si yo te digo que estoy enamorado, eso tiene validez, tiene peso. Incluso hasta va más allá del otro. Lo que yo siento es real, o incluso más, que ese otro.

—Yo no dije que no. El amor puede tener su eslabón inicial en esa emoción desaforada y personal que vos sentís. Pero sin la acción del otro, muere en eso. No llega a ser amor. Es una derivación, un placebo, una paja mental, llamale como quieras.

—Ah, pero al final sos un tibio de mierda vos.

—jaja… ¿por qué? ¿porque te digo que preciso del otro para concebir la idea del amor?

—No. Porque todo eso me suena a que no te permitís enamorarte sino estás del todo seguro que el otro sienta algo por vos… pero el amor no pide permiso. Y vos no buscás amar, vos buscás que te amen. Y eso cambia substancialmente todo.

—Creo que no me estás entendiendo. Yo no te tomo la mano, ni busco en el fondo de tus ojos tan sólo una manera de no ahogarme en la soledad. Yo busco… No. Yo necesito la combustión de lo eterno, asirlo entre mis manos, abrazarlo, hacerlo carne. Quiero que el amor nazca en mí, lo ansío. Pero quiero que lo haga a través del otro porque necesito al otro, sino no sé si ese ideal que fabulé y me construí puede de veras existir.

—Entonces, ¿tengo que creerte que nunca te enamoraste?

—No así… no, creo que lo sabría. Tal vez hasta me sienta incapaz de ello a veces. Pero no por no haber experimentado la magia dejo de creer en ella.

Jazmín

Azul gris dilata, comparece asida a los cuerpos, al cielo silueta de luz

Bajo el agua, suave quieta me mece sentida tu boca

Caníbal tu risa tosiendo lame fuego

Cielo estalla. Son tus huellas desarma desordena y desaparece

Calma paloma ciego y norte

Son mentiras miradas me ahorca

Sube serpiente calma voz rosada, oscura me sangra alimenta

Jazmines

Simple sal

Y callas. Tu mar dilata gris espacios

Soy siento, mesura viento

Caí en el tormenta salva sueña y muere

Desierta

 

África

Luego de la tercera luna, finalmente halló la madera para su tamani.

Uno de los mayores lo acompañó para verificar que la impaciencia y la necesidad de hablar no lo hicieran cometer un error. Pero su labor no era más que servir como un refuerzo espiritual; el niño era el único que podía decidir. Ya llevaba ocho años cumplidos, cinco de ellos expresándose con las lenguas amalgama, y era hora que diera vida a la suya propia.

Pasó sus manos varias veces sobre la textura del tronco caído para cerciorarse, como si buscara en la ríspida corteza una señal donde poder reconocerse; un vislumbre en la urdimbre de voces posibles donde resonara la suya propia.

Su peor miedo era el silencio. Aquel que identificaba con un vasto y lóbrego paisaje donde las manos carecían de sentido, y donde él era relegado al vacío absoluto, lejos de la ronda, sin tamani ni yembé. Pero también lo preocupaba elegir mal. Si por apresurarse llegara a equivocarse, aquello sería similar a tener que caminar larga parte de su vida con unas piernas que no serían las suyas.

El anciano que lo acompañaba notó su angustia, y se acercó a él. Conocía al niño desde pequeño, e incluso sin lazos de sangre que los unieran, ambos eran padre, hermana, hijo y tierra.

—¿Seguimos? —preguntó el anciano.

El niño le contestó en señas. En aquel rudimentario lenguaje de gestos y movimientos que había desarrollado para hacerse entender.

No. Es éste, estoy seguro.

—¿Por qué? —inquirió el anciano sonriendo.

El niño devolvió la sonrisa. Luego apoyó ambas manos en el tronco, descansando parte de su peso en él, y con su mano derecha hecha un puño dio varios golpecitos a todo lo largo.

Él mismo me lo dijo —contestó el niño. Los movimientos apasionados y gestos que reemplazaban la palabra hablada denotaban su emoción—. Ahora finalmente todos podrán oír mi voz.

Al anciano puso también sus manos sobre el tronco, cercanas a la del niño.

—Lo que aquí tienes ahora es tan sólo una nueva boca para tus manos, y otra lengua para tu alma… la voz siempre estuvo—le dijo el anciano, agregando a ello una lenta y amable pausa—, y es la misma q todos amamos… ¡Ahora, vamos! Volvamos para poder oírla cantar.

Un niño para armar

–Este es un texto del 2012, y fue utilizado a modo de prólogo paródico para un “Manual del Docente” (un trabajo práctico con posibles actividades para la clase de música), en mi época del profesorado– 

un niño para armar

Un niño para armar

Si tuviéramos que definir a la educación con un título práctico y entendible, que a la vez funcione de analogía y recordatorio, sin duda este sería el título correcto. Tenemos en nuestro poder las partes de un todo que todavía no está logrado, las piezas de un futuro engranaje que debemos procurar funcione a la par de las demás, que forman a la vez, una pequeña parte de esta sociedad. Si llamáramos “A” a la parte de la enseñanza y conjunción de datos que debemos impartir o introducir y “B” al recipiente vacío o niño (digámosle Pepito) que debe recibirlo, todo se reduciría simplemente a una sencilla cuestión de maña, fuerza de voluntad y dedicación mesurada y premeditada. Tenemos ante nosotros un rompecabezas armado a medias al cual debemos ayudar a terminar, sin saber siquiera como terminará al final. Solo nos toca ayudar a formar la imagen lo mayor posible y luego pasarlo al siguiente nivel. Es obvio que ante una tarea así pueda darse la posibilidad de que alguna de las piezas cueste ubicarlas más que a otras (Que la parte“A” sea incompatible con la parte “B”), pero a no temer, si continuáramos con la analogía y la lleváramos a algunos extremos, incluso hasta podríamos decir que ciertas piezas solo vienen “mal de fábrica”. Ni soñar con cambiarla claro, pero se puede al menos limar ciertas partes de lo que no funciona y permitirse bajar algunos niveles de información que de otra forma sería imposible introducir en la mayoría de estos casos que hoy día se multiplican en las aulas. Algo similar a envolver un tornillo con un pedazo de papel, para que no quede flojo en un tarugo que de primeras parece incompatible.

Siempre es primordial pensar en el bien mayor. En el futuro este niño (Pepito o “B”) puede que quede o no relegado en varios aspectos culturales y sociales de la vida, pero nadie podrá negar que en su tiempo tuvo iguales oportunidades que los demás. No estamos aquí para cambiar el mundo sino para permitir que el mismo siga funcionando, de una forma u otra.

Dr. Augusto Marchitado, Licenciado en Niñología;

 graduado de la Universidad por correo de Pelotillehue.

Autor del libro “La carpintería y la educación un solo corazón. Construyendo el futuro”

la guía para la enseñanza en Nivel Inicial “La cara de un niño lo dice todo, sobre todo la parte de la boca”

Y del libro de poemas “Palabras narcotizadas de un corazón capitalista”

un niño para armar2

Antitrinchante

La primera acción del Hegemón fue prohibir por decreto el uso de tenedores.

A partir de ese día en adelante cualquier utilización pública de aquel cubierto falaz estaría penado con la muerte.

Fue una decisión en apariencia azarosa, basada en las recomendaciones de su corte de consejeros: “Su primera acción debe ser prohibir algo”, le habían dicho “No importa qué. Pero debe demostrar que tiene el poder”.

Aquella decisión, en un principio tomada a la ligera por la población toda, terminó por dividir el mundo en dos.

Los primeros en mostrar abiertamente su apoyo fueron los pueblos orientales, que para ese entonces formaban las tres octavas partes de la población mundial. Sentían en su fuero interno, apasionadamente, que esta primera decisión del Hegemón era una declaración de sus principios que los representaba y exaltaba como comunidad y como filosofía de vida. “Palitos chinos o muerte” rezaban las pancartas y graffitis que comenzaron a inundar las calles y las plazas en toda congregación política.

El resto del mundo ni siquiera le prestó atención a tal cosa. Después de todo era, objetivamente hablando, una ley sin peso en el devenir de la vida y del día a día, imposible de aplicar. Así que siguieron su vida como si nada. Comían fideos con tuco como siempre, enrollando el espagueti, y cuidando de no mancharse los pantalones o la camisa con el último tirón de absorción, pero nada más. Para el resto no tenían más que cerrar la puerta y todo quedaba entre familia.

Pero luego comenzaron los rumores. Al hijo de los González, al más chico, lo agarraron en la plaza y se lo llevaron; estaba comiendo la vianda de puré con milanesa que le había preparado la madre para comer en la pausa de almuerzo de la fábrica. Y no estaba solo, ese día se llevaron a otras quince personas del mismo lugar. Los cargaban en una camioneta color índigo, sin inscripciones, ni matricula, y jamás se los volvió a ver. “La antitrinchante” le decían a esta fuerza parapolicial surgida del seno de una prohibición ridícula.

Así que todos comenzaron a cuidarse más a la hora de sus comidas. E incluso de la mirada ajena, pues se sabía de los famosos acusadores del trincheo.

Se trataba de cocinar generalmente sopas o picadas; todo con tal de evitar caer en la tentación. Los hábitos se modificaron sustancialmente a raíz de esto, con un nivel de aceptación masivo a nivel mundial tal, que en los primeros tiempos hubiera parecido imposible. Forzada por la coerción social y militar, toda persona, fue acostumbrándose a lo largo de los años a dejar de lado el uso del tenedor.

La siguiente generación de hijos creció marcada por la valoración de este hecho social: usar aquel artilugio para la ingesta de comida era un acto estigmatizado que merecía y debía ser castigado por todos, sin miramientos, ni piedad. “Si no tocás lo que comes”, planteaban efusivamente a los detractores, que disminuían hasta lo invisible, “¿cómo sabés lo que comes?… ¿cómo sabés lo que sos?”.

La primera y más importante de las organizaciones revolucionarias que surgió para oponerse a esto fue la llamada Cofradía de las cuatro puntas, un grupo de estudiantes de gastronomía que se conformó en el tercer decenio del mandato del Hegemón. Al comienzo sólo aparecían como una contracultura sutil que se simulaba en el ámbito artístico de la música under, y en algún que otro concurso de comidas olvidadas o dejadas de lado. Pero de a poco fueron mostrándose como la alternativa a la política dominante. Algo importante si se tiene en cuenta que la aceptación del Hegemón había sido incuestionable desde hacía tiempo. Pero lamentablemente no supieron como avanzar a partir de allí. De ellos sólo terminó quedando el recuerdo de su acto más contestatario y arriesgado, que había sido el de tirar tenedores tallados en madera desde los edificios más importantes del mundo, en el aniversario de la ley antitenedor. Fue este el primero de muchos errores que les valdrían el desprecio de las pocas personas que los apoyaban.

Cuarenta y tres años después de aquel decreto que supo modelar a nueva toda una población mundial, el Hegemón fue encontrado muerto en su habitación. Los pulmones le habían fallado en pleno sueño. Los datos de la autopsia y los comentarios suministrados por su esposa de toda la vida, ayudaron a determinar la causa de esta fatalidad inesperada. “Vivió a sorbete la mitad de su vida adulta”, aseguraba la mujer, orgullosa. “En el último tiempo ya apenas si podía chupar más que agua licuada con pollo y calabaza. Pero así y todo siempre se negó de corazón a usar tenedor o algún elemento análogo. Se negaba a quebrar la ley por él mismo impuesta, incluso en detrimento de su propia salud. Por esto y tal vez también por la tendinitis aguda que lo aquejaba en ambas manos desde pequeño. Pero al evocar su memoria, nadie podrá negar jamás, que era un hombre consecuente con su pensamiento y decisiones”.