Poética

Huecos

Ella nunca vino. Por eso tuve que cerrar las ventanas, las puertas, y los huecos disimulados de la sonrisa yerma que me apretaban la quijada desde que empecé a idealizarla. Todo con tal de no dormirla entre los pliegues de mis sueños.

Al moverlos, los postigos oxidados de los huecos de mi casa criaron cuervos en un lamento ferroso; quejándose, lamentándose. Así fue como noté el desarraigo que había detrás de cada uno de ellos. Hacía falta ventilarlos y dejarlos al sol, pero yo no estaba de ánimo, así que tan sólo me ofrendé al insomnio en otro abrazo sofocante.

Y los huecos quedaron huérfanos sin que a nadie le importase demasiado.

Nunca fui bueno para el dolor. Así que por el puro morbo del resentimiento me dediqué a imaginarla jamás llegando a ningún lado, como un bulto atrofiado que el pavimento iba deformando con los años; quieto y tullido, con las piernas atrapadas entre sonrisas muertas y un par de abrazos baratos desperdigados sobre algún colchón. Cualquier otro colchón. Pero me aburrí de odiarla demasiado pronto. Entonces me regalé un recuerdo inventado, uno plagado de cosas tiernas y gestos pequeños: una silla quieta, un mantel vacío, y un rejunte de palabras complicadas que servían para agasajar cada mentira que se me ocurriera improvisar.

Nada de eso duró demasiado. Me di cuenta pronto que el fuego de las ideas sin cuerpo ni corazón morían una tras otra apenas rozar el aire. No importaba que forma les diera ni lo que yo pudiera hacer al respecto. Más que otra cosa, aquello tan sólo desgastaba el silencio enquistado en las pupilas de la noche.

Cuando llegó la mañana me senté en el suelo. No hacía frío, pero yo estaba completamente vacío y decidido a contradecirme una vez más. Tomé la frazada, un almohadón aplastado y el sueño fatuo de su propia existencia, para abrazarlo junto a mí y darme algún tipo de calor.

Jamás me dormí. Sólo me consagré a los huecos que su olvido iba dejando bajo la ventana y el mantel.

Cuando grité su nombre, nadie estaba allí para escucharlo.

Con tus ojos

El último bastión es tu mirada. Hay una inclinación a lo oscuro en ella, pero así y todo la adivino tras el eco de lo ausente. No protege lo que queda, y de alguna forma lo condena, pero así y todo es lo último que queda, lo poco que sostiene.

Y así, cuando camino te olvido un poco, pero más siento que me abandonás. El poder de la ausencia crea un vacío extraño; algo se va llenando de la nada y se deja atravesar por las lanzas que el sonido empuja por la ventana.

De cero parto entonces, inmiscuyéndome en el rayo que golpea desde lo alto sobre el silencio. Y mi golpe es tu silencio.

No es fácil. Pero cuando siento brechas en el ritmo puedo delinear tus ojos en el aire. Y como la absurda caricia del manto que deja caer la brisa en tu rostro; así te escucho, con tus ojos…

Boca quimera

En el bosque de los símbolos me encontré con tu boca. Allí, bajo su sombra de infinito sopor, dormí una siesta que casi me aniquila. Desperté ciego y con el sabor amargo e inconfundible de tus letras muertas infectando mi boca, aquel que otrora cayera de tus labios como savia primigenia. Nunca olvidé su sabor.

Tanteé el suelo, en busca del sendero, buscando escapar. Pero cuando finalmente lo hallé, dudé de mi camino; pues temí perderme, temí tu silencio.

Resolví quedarme. Esperar tu regreso. Custodiar tus palabras y tu boca quimera.

Que ahora son mías, como tuya mi libertad.

Jazmín

Azul gris dilata, comparece asida a los cuerpos, al cielo silueta de luz

Bajo el agua, suave quieta me mece sentida tu boca

Caníbal tu risa tosiendo lame fuego

Cielo estalla. Son tus huellas desarma desordena y desaparece

Calma paloma ciego y norte

Son mentiras miradas me ahorca

Sube serpiente calma voz rosada, oscura me sangra alimenta

Jazmines

Simple sal

Y callas. Tu mar dilata gris espacios

Soy siento, mesura viento

Caí en el tormenta salva sueña y muere

Desierta

 

Canción sin música

Dibujaste una sonrisa en un cartón

y la arrojaste al río

porque así es como te enseñaron a no olvidar

 

Inventaste un recuerdo vejado

una imagen podrida

y la noche se apagó cuando te decidiste a saltar

 

Duerme sirena

que el silencio te inventó para soñar

 

Duerme

siempre fue más fácil despertar que olvidar

Para leer en la oscuridad

Para respirarte

para vivir contigo una vez

y morir cien veces

 

Para adivinarte entre cosquillas,

entre sollozos;

como el ángel gris que se posa en el candil,

cuidarte con mentiras

a media luz

entre sombras.

 

Distraído en la suavidad de tu piel

perderme y encontrarte

leer en tus labios el silencio

y asumir la derrota

consumirme en tu aliento

leerte a oscuras…

despedirme a oscuras….